Mamma Mía

22 abril 2021

La gente Bella no surge de la nada

No recuerdo a mis padres pedirme ser feliz. Como si no serlo fuese una condición a la que tener miedo o por la que avergonzarse.

La felicidad, a pesar de ser un sentimientos más entrañable que otro, no era obligatoria. Por lo menos cuando otros sentimientos eran más urgentes.

He crecido siendo cómplice de mis emociones, dejando que se manifestasen en completa libertad a través de mi. 
Todas, sin discriminación, porque ser fiel a mi interior siempre me pareció la opción más valiente y sincera.
Desconfío de los que celan sus sentimientos y emociones, de los que se censuran porque creen que solo lo bueno merece ser enseñado o incluso de los que se auto-convencen, hasta creerlo, que siempre todo va bien.
Prefiero la gente transparente, también cuando está de bajón. Prefiero una tristeza sincera a una sonrisa falsa.
Os dejo un texto que me ha gustado.

La gente Bella no surge de la nada (E.K-R)

«Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que los llena de compasión, humildad y una profunda inquietud amorosa. La gente bella no surge de la nada.»


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19 abril 2021

Ser el hermano mayor es una responsabilidad cuyo peso a veces se me olvida.

Me fui a dormir derribada, después de echarle una bronca a Leonardo, con causa pero sin razón.
Mientras las palabras fluían como riachuelos perpetuos y enojados, ya me había dado cuenta de cuanto fuese innecesaria, sin embargo no fui capaz de pararme. Las palabras que arrastran el agotamiento de un día algo más complicado de lo normal, son indomables y traicioneras. Fue así como percibí la necesidad de liberarme, unido al remordimiento.

Entonces, hice una reflexión.

Cuando la oscuridad envolvía la habitación donde mis hijos dormían. Acurrucados en un edredón perteneciente a otra temporada, pero aún imprescindible a causa de unos inesperados días de “primaverno”.
Dos siluetas vibraban de impida niñez, desprendían tanta inocencia, como para convertirme en la única culpable de mi enfado.

Rebobinando una hora atrás, se podría ver a dos niños jugando a los “juegos de fuerza”: juegos con una componente de gritos agudos y pilla-pilla en tres metros cuadrados (donde puntualmente vienes involucrada tipo árbol dentro de un huracán)… En fin, un aglomerado de todas las cosas molestas, por las que los nervios salpican.

Los míos, que ya estaban a flor de piel, saltaron por los aires sin avisar y me convertí en la mamá que no me gusta.

La que no tiene paciencia y que está todo el rato regañando.
La que tiene cara de enfadada y cuerpo cansado.
La mamá “fea”: sumisa hasta llegar a una metamorfosis física que me afea.

En tan pocos segundos, todos los esfuerzos, empleados por ser la mamá que me gusta y me gratifica, se desvanecieron con una facilidad asombrosa. Los esfuerzos cotidianos, los sacrificios, se volatilizaron y como siempre, me sentí definitivamente una c…..

Pero es como funciona y las madres lo sabemos, hay días buenos y días malos. A veces cumplimos con nuestras expectativas y con las de nuestros hijos, otras veces resulta imposible y lo único que nos apetecería es estar solas.
(Sola y con una copa de vino en mi caso).

En cualquier caso mi reflexión iba sobre otra cosa:
La tendencia, sin quererlo, a ser menos permisivas con los hijos mayores y optar por medidas más estrictas, mientras que con los más pequeños, las intenciones se ablandan y el tono es menos tajante.
Pues resulta más fácil enfadarse con las personas adultas y entre dos niños, el mayor da menos pena.

Son las medidas que traicionan, que se llevan la ternura, haciendo del tamaño el principal pecador y la diana más fácil de golpear.
No debería ser así, sin embargo pasa repetidas veces y cada una de ellas deja mal sabor de boca.

Así que la última imagen que mi hijo mayor tuvo de su madre, antes de acostarse, fue diferente de la de su hermano. Ambos vieron una mamá enfadada, la mamá fea, pero mientras uno esquivó, el otro tomó doble ración, cuando no se lo merecía.
No se merecía ser el pararrayos de mis frustraciones, solo por ser la persona más grande de la familia en aquel momento. Cierto que no se había portado de manera ejemplar y que sí, podía colaborar más, pero sigue siendo un niño pequeño! Y no se le puede exigir a un niño entender a los adultos y actuar en consecuencia… No se puede y sobre todo no se debe!

Ser el hermano mayor es una responsabilidad cuyo peso a veces se me olvida.
Por un lado las expectativas de nosotros padres, que suben: a parte de entender las cosas, ser un ejemplo a seguir para los pequeños de casa. Cada enfrentamiento con ellos, vuelve de rebote más fuerte.
Por otro lado darse cuenta que el “efecto ternura” se mitiga y mamá dedica esos gestos – “tuyos” hasta hace poco- a otra persona.
Hay alguien que se está apropiando de tus cosas; no solo los objetos, también de la mamá bella, la que sonríe, la que habla con dulzura, la que cuida con extrema cautela. Es pasar de primera a segunda división, ser el juguete viejo.

Es lo que perciben.
A pesar de que no es verdad, porque las madres no acabamos nunca de amar a nuestros hijos. Serán nuestra absoluta prioridad, todos en igual medida, mientras vivamos. En ningún momento uno de ellos pasará a ser menos importante. NUNCA.


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8 abril 2021

Amo mis hijos y ser su madre. Pero…

Amo mis hijos y ser su madre.
Pero no pasa día sin que no sienta la desesperación tomar posesión de mi, aunque solo sea por un instante.

A veces me pierdo mirando al cielo fuera de la ventana y sueño con volver a volar, despreocupada, libre y porque no, un poco egoísta. Son meras fantasías, pues la realidad me recuerda que mis alas se han convertido en un par de espectaculares y eficientes pies y así será para el resto de mi vida.
Aún disfrutaré de algún vuelo, pero con una mochila llena de responsabilidades cargada sobre mis hombros. No la reniego, decidí yo misma ponérmela.

A menudo extraño al silencio, armonioso y conciliador.
Cuando se hace insoportable, me encierro en un cuarto y me concentro en el calor de las lágrimas, por no oír los gritos y los golpes que hacen pedazos la tranquilidad. Si toco fondo sé que puedo volver a soportar. Al final, son los ruidos provocados por las personas que más amo en el mundo y cuando todo calla, el silencio se convierte en un huésped extraño en mi casa.

La mayoría de los días son una competición entre adultos para escaquearse un momento, porque ambos lo necesitamos tanto que si hay que pelearse, es lícito. Aunque luego la condena es más pesada y no sirven las penas ni las excusas.

Todo tiene un peso: los objetos, las palabras, los gestos, las elecciones… No somos conscientes de ello hasta que no los sentimos sobre nuestra conciencia. Sin embargo lo tienen, siempre lo han tenido.
La maternidad también tiene su peso y también es imperceptible hasta que la vivamos personalmente.
Para mí pesa como una pluma y cien toneladas. A veces noto las toneladas y me siento asfixiar, otras veces todo vuelve a ser soportable y es cuando percibo la pluma.

Amo mis hijos y ser su madre. Ellos me enseñan cada día algo nuevo, ellos son la extensión de mi carne y huesos, de mi mente y de mi alma.


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5 abril 2021

Toda la vida que no vivimos

Un día de lluvia. Escribía: 

Si no fuera porque el cuerpo me pide comida no me levantaría de la cama. El dormitorio es bastante más oscuro que el de mi casa, es un interior bajo y apenas filtra la luz. Orlando duerme beato a mi lado, sus piececitos apoyados en mi muslo derecho, me hacen cosquillas. Pienso en el café mientras escucho el ruido familiar de la lluvia que desde algunas horas moja el paisaje. El tiempo está más imprevisible que mi humor, ayer había un sol veraniego y hoy parece una mañana de Noviembre.
Calculo llevar despierta una hora y media, en la que no he hecho nada más que mirar los mensajes en el móvil, pensar en las últimas vacaciones en Cerdeña con mi familia, hace dos julios y admirar la belleza inocente de Orlando, que dormido, todavía preserva los rasgos de bebé, o por lo menos es lo que me parece. Necesito creerlo un poco más.
Me duele la mandíbula, como cada mañana desde hace unos meses. Es mi nuevo habito nocturno; un bruxismo, inesperado a estas alturas de mi vida, pero obvio por otro lado, considerando que en este último año mi cuerpo ha manifestado claramente su disconformidad. Además en perfecta sintonía con mi estado de ánimo.

Apunto en mi agenda mental: después de una Navidad sin Navidad, llega una Pascua que no sabe ni a huevo de chocolate con sorpresa, ni a primavera. Más bien me ha pillado con una obra en casa, razón por la que escribo desde otro piso.

Como decía, noto que mi cuerpo responde más lentamente de lo normal, debido a los cambios de hábitos que he adoptado desde el comienzo de la pandemia, supongo. Una vida menos social y de consecuencia menos dinámica, incluso demasiado sedentaria en mi opinión. Así que empiezo a notar algunos achaques típicos de una maquina que ha estado parada durante un tiempo.
Pero sobre todo, se me escapan las ganas de las manos, estoy conociendo por primera vez la “atrofia de la energía” y un poco de pereza, sobre todo ante la idea de empezar el día.

Sigue siendo muy raro y me resulta todavía complicado acostumbrarme a lo que está pasando, aunque ya no es una novedad, sigo anhelando volver al nivel anterior. Me siento atrapada en un tiempo que sigue adelante, pero sin dejarme vivirlo. Una parálisis atemporal donde un año pesa más que cuatro, donde no hay gracia ni riqueza, donde la vida se ha convertido en no vivir.

Como dice Alessandro Baricco, celebre escritor italiano, en un post :

¿Y de esta otra muerte cuando hablamos? La muerte trepadora, que no se ve. No hay decreto que la tenga en cuenta, no hay gráficos cotidianos, oficialmente no existe. Pero cada día, desde hace un año, ella está ahí: toda la vida que no vivimos, por no arriesgarse a morir.


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29 marzo 2021

Hasta que los candados sean ligeros y permitan correr. Corred.

Mi prima Pio es como una hermana para mí. Vivíamos en el mismo edificio y jugábamos juntas cada tarde, durante toda nuestra niñez. Yo fui la primera en dejar el nido y ella se despidió con una carta que me entregó personalmente, de madrugada, al portal de casa mientras el taxista guardaba mis maletas en el maletero.
En aquella época los cambios daban miedo, el desapegue de la familia me creaba cierta tristeza, no era de esas personas que tienen a los padres muy encima, tenía mi espacio, mi libertad y disfrutaba de mi familia, tal cual.

Además, era bastante tímida y responsable a pesar de todo, me preocupaba más el dormir sola que disfrutar de las fiesta que podría montarme en mi nuevo piso.
No era consciente de la necesidad intrínseca humana de estar solos. Pero con el tiempo lo descubrí.

Pio se marchó a Londres pocos días después. Fui a verla una sola vez, al siguiente año. Yo, mientras, me había mudado en Milán, donde me quedé hasta irme a Madrid.

Pio vino a verme muchas veces a Madrid, cada vez que José se iba de viaje y también en otras ocasiones.
Mi prima tiene un año menos que yo, no tiene hijos y viaja por el mundo como y cuando le da la gana.
Es mi alter ego: yo tengo dos hijos pequeños, el colegio, la gestión de una familia…etc. Un candado que, de vez en cuando, te da acceso a la libertad (vigilada).
Hoy caminaba por la calle, intercambiando eternas notas vocales con ella. Me comentó sus viajes planificados dentro de un par de años, y pensé: que suerte poder viajar.

Navegar por el Mundo, recorrerlo de arriba a abajo. Descubrir sus colores, olores, tradiciones. Ver la historia con los propios ojos, conocer gente y más gente y más gente, escuchar idiomas, mirarse con personas desconocidas y lejanas. Vibrar junto a la naturaleza. Inhalar la libertad por la nariz y vaciarse por completo para poder aprender cosas nuevas. Ser constantemente un libro en blanco. Saciar la curiosidad y asombrarse miles de veces por las maravillas que forman parte de nuestro planeta. Las que muchos no hemos visto o que hemos visto a medias.

Años atrás viajaba bastante por trabajo, también por placer (menos) y todavía me alimento de esos recuerdos. Pero como decía, la vida te va poniendo candados a medida que nos hacemos mayores y las responsabilidades muchas veces no encajan con el personaje libre y desenfadado que guardamos dentro.

He vuelto a casa y no puedo pensar a otra cosa, mirando por la ventana las nubes blancas cruzar el cielo azul, he deseado tanto volar que he tenido la necesidad de escribirlo.
Como madre, como mujer: ex niña y futura vieja, me gustaría gritarlo fuerte:

A mis hijos, a los muy jóvenes, (porque todavía me siento identificada en esta categoría) a los que no tienen hijos pequeños o alguien que cuidar, a los que pueden y hasta que puedan.
Hasta que los candados sean ligeros y permitan correr. Corred. Ir a la izquierda y a la derecha, arriba y abajo, donde el dedo apunte en el mapa, donde os lo susurren los sueños. Viajad y descubrid lo que los otros no pueden, viajad para contar lo que otros no saben, para que la existencia se enriquezca de todo lo que esta vida ofrece y luego, a medida que los candados se hagan más pesado y más numerosos, recordareis cuando volabais.

Sin parar.


Foto de Deborah Torres. @ouh.mamma


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21 marzo 2021

Ese cuerpo

Cada vez que me apetece publicar, en mi propia galería de Instagram, una foto que me retrata menos vestida o en una pose que puede resultar provocante o atrevida, titubeo. Me detengo, injustamente, porque me disgusta que se me pueda interpretar erróneamente. Simplemente porque pensarlo o incluso comentarlo, es derecho de todos. A pesar de que seamos desconocidos – incluso entre conocidos –  y que nadie puede cambiar algo con su juicio como si de una varita mágica que apunta se tratase.
Sin embargo, todo suma sin quererlo y una foto absolutamente común, una entre millones de fotos parecidas o iguales, en “mi caso”, podría sorprender o desconcertar.
Porque no es exactamente lo que se espera de una mujer próxima a los cuarenta y encima madre.

Los gestos que salen de la convención de una forma mentís simple y árida suelen ser mirados con desconfianza y exigen una explicación.
Pues un mero “me apetece” no vale.

Igual que no nos valía el: “porque sí” o “porque lo digo yo” de nuestras madres.

El juego lleva a la incomoda necesidad de justificarse. Una mirada que sutilmente te invita a una autocritica, como si el tiempo y los hijos detuviesen cualquier acto femenino o sexual que te perteneciese y que ya no. Porque en un momento dado de tu vida, esas son cosas que ya no las deberías hacer.

Cosas como:

Desnudarte y sentir a través de tu cuerpo, ofrecerlo a quien te apetece, disfrutar de él. A pesar de las cicatrices de una cesárea, de unos pechos menos turgentes o de unas curvas demás que te recuerdan que ese mismo cuerpo, durante meses, ha sido el lugar que ha acogido una vida. Una maquina perfecta de procreación y una puerta hacia el mundo.
Ese cuerpo que es el templo de tu alma y que generosamente se ha puesto a disposición, transformándose, de la gestación de un ser hasta entonces desconocido.
Un cuerpo que ha florecido sangrando. El símbolo más humano de la vida misma.
Un cuerpo que merecería ser bandera, en lugar que algo que ocultar y que debería ser mirado con amor y respeto. Siempre.


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15 marzo 2021

A las jóvenes mujeres

El otro día leí un post de una mamá italiana cuyo blog se llama “Una mamma Green” y pensé que sería bonito traducirlo y compartirlo con vosotras.

Appello alle giovani donne. (Una mamma green).

Pide una cerveza ligera, si lo deseas. Un vino espumoso, un Cosmopolitan como Carrie Bradshow, o una Coca Zero. Pero si tienes ganas de un tinto fuerte, de una cerveza triple, de un Whisky… Pues, no pienses ni por un momento que sean cosas que las mujeres no toman.

Hazte tatuar una pluma, si te gusta. Una mariposa estilizada, un hada que revoletea, un diente de león que esparce sus semillas en el viento. Pero si prefieres a un drakar de veinte centímetros, una calavera, un lobo feroz, no te atrevas a renunciar pues “no son sujetos femeninos”.

No des por sentado tener que ser multitasking. Hacer cien cosas contemporáneamente no es una actitud, sino a menudo es simplemente la única opción. Lo harían los hombres – lo hacen también los hombres – a falta de alternativas.

Enfádate hasta que te toque vivir en un mundo en el que los colegios estén llenos de profesoras, pero los rectorados universitarios rebosan de profesores. En el que las cocinas caseras están llenas de cocineras, pero los restaurantes estrellados rebosan de chef hombres. En el que las facultades de medicina están llenas de estudiantes brillantes, pero los repartos de cirugía y cardiología rebozan de hombres. En el que la gestión de las familias pesa prevalentemente sobre las madres, pero la administración de las empresas, de las instituciones publicas, de los medios queda firmemente en manos de los hombres.

Tiñe tu pelo del matiz que te gusta. Pero déjalos blancos o grises sin remordimientos, si te apetece. Largos o cortos, rizados o lisos. Sin sentirte en la obligación de justificarlos con un maquillaje importante o joyas lujosas. Tiñe tu pelo o no, líberamente. Como haría cualquier hombre canoso.

Come sano, quédate en forma, preserva tu salud como puedas. Pero para de creer, por favor, a quien se obstina en contar que solo los delgados son sanos, que solo los delgados son guapos. Pues si no eres delgada, evidentemente, eres vaga, débil, sin fuerza de voluntad. Cada cuerpo está bien, pero finalmente un cuerpo delgado “es mejor”.

No des por sentado que haya un hijo en tu destino. La plenitud de la vida no pasa por la maternidad, no necesariamente. Siempre ha sido así para los hombres, no existe alguna razón biológica por lo que no tenga que valer lo mismo para las mujeres.

No te avergüences de tus lagrimas, pero no des por sentado tener que llorar si o si. Llama a las menstruaciones con su nombre. Es un endometrio que se escama obedeciendo a un flujo de hormonas: nada diferente de un parpado que pestañea, de un diafragma que se levanta y se baja durante la respiración. Sangre nueva que fluye fuera de tu cuerpo: nada de sucio, nada de inmundo, nada de infecto o de algún modo inoportuno.

No pienses nunca que tu placer pueda ser una variable auxiliar. Que el placer físico sea un privilegio para pocas, una suerte ocasional o quizás una verdad para callar con pudor y retención. Tienes un cuerpo que puede vibrar, si aprendes a conocerlo y a darle lo que desea. Y gozar, en el pleno respeto de ti misma, es un derecho al que estás llamada a ejercer.

Siéntete libre de maquillarte, aunque solo sea para ir a tirar la basura. Regálate el más complejo de los cuidados faciales, pasa tu tiempo libre a mejorar tu rutina de belleza, si eso te hace sentir bien. Pero no te dejes convencer de que necesitas maquillaje, pintauñas y tacones para no ser “descuidada”.  Y que “no te quieres lo suficiente” si no te gusta untarte de cremas o ir al centro estético. Si te sientes perfectamente cómoda con un chándal y zapatillas.

El respeto de nosotros y de los demás, la dignidad y el supuesto decoro no tienen nada (nada!) que ver con el aspecto exterior.

Cuídate de quien te dice que “una buena madre” no puede ausentarse muchas horas por trabajo, que tiene que saber hacer una masa casera y hacer esculturas con el azúcar glas. Que nunca tiene que enfadarse. El mundo está lleno de padres ejemplares que trabajan todo el día sin ningún remordimiento, que nunca han amasado un bizcocho y que pierden la paciencia sin crucificarse por ello: ¿Por que debería ser diferente para las mujeres?

No des por descontado que acudir a un niño, llevarle al pediatra, hablar con sus profesores o prepararle la comida sean, en el fondo, tareas exclusivamente femeninas.

No des por descontado que, como mujer, tú estés más predispuesta a cuidar, organizar, recordar. Y quizás incluso a consolar, mimar, perdonar. No es así, en el modo más absoluto. Solo es que, a los hombres, estas cosas, antes nadie se las exigía. Nadie se las enseñaba. Estudia, lee, viaja. Alimenta cada día tu curiosidad, pues es la única manera de ser libre.

Se lo que eres, porque eres tú. No porque eres una mujer o porque no eres un hombre. Se lo que eres, cualquier cosa que ello signifique. Sin miedo, sin vergüenza, sin cadenas.


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5 marzo 2021

Entonces pensé que éramos como mis cartas

Cada día durante tu ausencia, me escabullía dentro del portal de tu edificio y subía las escaleras de dos en dos hasta la puerta de tu piso. A hurtadillas, como una gata que no quiere que nadie la note.
Una vez arriba, me sentaba delante de la puerta para recuperar el aliento mientras te imaginaba por el otro lado preparándote un café, o buscando algo en la estantería, con tu típica expresión concentrada, que convertías en una mueca divertida cada vez que me pillabas mirándote de lejos.

Me quedaba sentada nada más que un puñado de segundos, pues te confieso que me sentía miserable y que casi siempre me arrepentía de estar ahí. Matemáticamente en esa pausa vacilaba, pero finalmente repetía el mismo gesto del día anterior y del día siguiente.
Apoyaba el oído en la madera robusta, enmarcada como lo eran las puertas antiguas y fingía ser el sujeto de una pintura. Desde dentro no provenía ningún ruido. Tú no estabas, yacía el silencio y yo lo aprovechaba para hacer deslizar el sobre blanco con la fecha correspondiente, en la fisura entre la puerta y suelo.

Te contaba cosas; sensaciones, recuerdos… en raros casos te he dejado solo una foto o una frase, la mayoría eran buenas parrafadas. El flujo que se genera dentro del alma y que da vueltas por el cuerpo hasta llegar a las extremidades: cerebro, mano, boca, (me recuerda el nombre de la enfermedad “mano boca pies”, pero con otra secuencia) para que lo expulses y no se te quede dentro pudriéndose.

Era mi ejercicio cotidiano, como comer, correr y estudiar.

Había encontrado una antigua maquina de escribir a la que había atribuido como única función la de convertir mis emociones hacia ti en letras. Era un nuevo hábito, sagrado y necesario para sobrevivir a tu ausencia.
Cada noche, antes de salir a cenar o a la vuelta, sacaba la maquina, encajaba la hoja y escribía. A diferencia de los sobres todos iguales e impecables, las hojas en las que escribía eran random. No quería comprar un paquete de folios y prefería currarme la búsqueda, así que a veces me coincidían hojas corrientes de papel blanco, otras veces eran paginas de cuadernos, trozos de papel de envolver, cartón fino… incluso había conseguido escribir una carta sobre un papel de horno.
Sabía que este detalle te haría gracia.

Me preguntaba continuamente que opinarías sobre mi comportamiento, si lo aprobarías o no.
También había formulado diferentes escenarios de tu vuelta y de cuando te encontrarías el montón de sobres en la entrada del piso. Por cierto, quería que supieras que los había lanzados con fuerza por debajo de la puerta, para que no se quedasen todos amontonados. (Hubiera sido el colmo si hubieses tenido que llamar a los bomberos para entrar en casa y descubrir que la puerta no se abría a causa de mis cartas).
En mi escenario preferido, después del susto, te dejabas las maletas en el pasillo y con el abrigo todavía puesto, te sentabas en el suelo y empezabas a abrirlas una a una. Las primeras las leías asombrado, las siguientes con una sonrisa cómplice (que amo), las últimas tumbado en el sofá con una copa de vino tinto y unas ganas tremendas de llamarme.

Un día llegué a tu portal más tarde de lo habitual, a causa de un repentino contratiempo, que en aquel momento me había hecho enfadar. Todo había empezado de manera diferente, era el típico día en que todo se tuerce. El portal estaba cerrado y había tenido que esperar a que entrase alguien. Afortunadamente una chica con dos enormes maletas y la expresión simpática, se había bajado de un taxi justo delante de mi y me había abierto con su llave. Ella se subió en ascensor mientras que yo, como siempre, había ido brincando los escalones de dos en dos.

A veces la realidad supera a las expectativas por fantasía y cuando llegué a la quinta planta, tu puerta estaba abierta y la chica que me había abierto estaba arrastrando las enormes maletas dentro de tu piso. Había podido entrever parte del pasillo y mis cartas, todavía esparcidas por el suelo. De todos mis escenarios, habías elegido el que jamás imaginaría.
Bajé las cinco plantas corriendo, aguantándome la respiración hasta salir del portal, donde volví a respirar.
Corría viento, el aire me abofeteaba y a la vez el sol primaveral me calentaba. Había empezado a caminar rápidamente, intentando asimilar lo sucedido; lo bastante para entender, pero no lo suficiente para no poderlo olvidar.

Te habías ido, esta vez para siempre.

Durante el camino hacia mi casa, recordé como nos habíamos conocido, era un recuerdo lejano, me resultaba más fácil recordar nuestra relación, tres años participando el uno en la vida del otro.

Un día me llamaste para decirme que la inquilina del piso te había enviado cuarenta y seis cartas, entonces te conté toda la historia y reímos mucho. Me hablaste de tu viaje que se había convertido en estancia.
No habías vuelto, todavía seguías ahí y habías pasado por varios amores.

Entonces pensé que éramos como mis cartas; folios llenos de sentimientos y de esperanza, viajeros en búsqueda de alguien que nos descubriese. Destinados a unirnos durante un tiempo y luego a despedirnos, para seguir cada uno su propia aventura.


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1 marzo 2021

SE LLAMA CALMA

Echo de menos la sensación del viento que sopla con fuerza en dirección opuesta a la mía, librándome el pelo en el aire, como la melena de un caballo que corre salvaje.
Pisar la arena cuando ya no está caliente y observar el destello del mar encrespado, sabiendo que en pocos segundos estaré inmergida en su agua, observando un espectacular atardecer.

Extraño la libertad que se desprende en estos gestos, el bienestar que te genera la comunión con la naturaleza y el silencio.

Nunca he valorado tanto el silencio como ahora, este lugar inaccesible al mundo exterior. Colchón suave en cuyas curvas rebotan los ruidos innecesarios: noticias, palabras que sobran, falsas intenciones, estúpidos compromisos, superficialidad, que comúnmente abundan.

En el silencio es fácil escucharse, sin la contaminación exterior no hay indecisión, solo lo que necesitas.
He llegado a una edad que me permite respetarme a mí misma, he ganado cierta confianza y experiencia para que no haya otros que opinen o piensen por mí.
Y no me apetece conformarme, no me interesa encajar a la fuerza, no quiero fingir para halagar a otro.

Deseo sentir la brisa soplar en mi rostro cada día de mi vida y alejar cualquier cosa que lo impida. Quedarme solo con lo importante para mí.

La vida te ofrece la posibilidad de amar y algunas veces ser correspondido, en este caso, voy a intentar no equivocarme.
El  “pecado” más tonto que alguien puede hacer es asemejarse a alguien diferente.

Foto de @romerodeluquefoto

SE LLAMA CALMA (Dalai Lama)

Se llama calma y me costó muchas tormentas.
Se llama calma y cuando desaparece…. salgo otra vez a su búsqueda.
Se llama calma y me enseña a respirar, a pensar y repensar.

Se llama calma y cuando la locura la tienta se desatan vientos bravos que cuestan dominar.

Se llama calma y llega con los años cuando la ambición de joven, la lengua suelta y la panza fría dan lugar a más silencios y más sabiduría.

Se llama calma cuando se aprende bien a amar, cuando el egoísmo da lugar al dar y el inconformismo se desvanece para abrir corazón y alma entregándose enteros a quien quiera recibir y dar.

Se llama calma cuando la amistad es tan sincera que se caen todas las máscaras y todo se puede contar.

Se llama calma y el mundo la evade, la ignora, inventando guerras que nunca nadie va a ganar.

Se llama calma cuando el silencio se disfruta, cuando los ruidos no son solo música y locura sino el viento, los pájaros, la buena compañía o el ruido del mar.

Se llama calma y con nada se paga, no hay moneda de ningún color que pueda cubrir su valor cuando se hace realidad.

Se llama calma y me costó muchas tormentas y las transitaría mil veces más hasta volverla a encontrar.

Se llama calma, la disfruto, la respeto y no la quiero soltar…


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22 febrero 2021

El lugar donde se recoge toda la inocencia

Mi método de medición del crecimiento de mis hijos son sus pies. El lugar donde se recoge toda la inocencia, junto a las pelusas de los calcetines.

Hay algo en las facciones redondeadas y perfectas de estas extremidades que produce un exceso de ternura. Ahí donde se asoma la fragilidad y se afirma la independencia.

Es su parte del cuerpo que más echo de menos a medida que se estiran, y aun manteniendo el tamaño de niños, no es el imán donde gravitan todos los besos. Tienen el presentimiento de la madurez y de la despedida cualquier día tras las vacaciones de verano.

Sus pies son los guardianes en carne y hueso de la vida y las madres lo percibimos desde que los tenemos. Cada vez que sonamos una melodía al pasar el pulgar sobre cada uno de sus maravillosos dedos. Cada vez que emocionadas se los besamos, cada vez durante el cambio del pañal, nos los apoyamos en la cara para hacerles reír.

Los pies de los niños son santos,
también con la “porquería” atrapada debajo de los dedos cerrados cuando son bebes,
también cuando desatan miles de pelusas en el agua de la ducha,
también cuando están sudados y los calcetines solo se quitan al revés.

Hasta el día, que la ternura se enfría un poco y los besos resultan incomodos. Cuando ya no hace falta agacharse para atar a los cordones antes de salir de casa y en el zapatero no caben todos los pares de antes.

Todavía cada vez que miro los pies a mis hijos siento la dulzura poseerme el alma y pienso:

Deseo que crezcáis libres.
Sin embargo, no sé como podré miraros correr en la dirección opuesta a la mía.
Ahora siempre volvéis a mis brazos, ahora soy vuestra casa. Todavía nos queda tiempo antes de la carrera hacia el otro lado. Pero el tiempo huye y no hay manera de agarrarse a él, solo podemos aprovecharlo y no olvidar esos piececitos que nos hicieron una sola persona feliz.


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