Mamma Mía

9 mayo 2021

Ocho de mayo 2021 – Madrid.

A raíz del último suceso en Madrid, he decidido gastar dos palabras en el blog.

El sábado noche se ha terminado el estado de alarma.
Estaba muy cansada y me fui a dormir pronto, tras acostar a los niños. Mis ritmos han cambiado drásticamente desde hace unos años, son más saludables pues me levanto y me acuesto pronto, sin embargo mi desgaste diario ha empeorado…
Como en todas las monedas, hay dos caras y justo de ello quiero hablar.

A medianoche, en punto, como en la mejor celebración de nochevieja, gritos, aplausos, cantos, ruidos, provenientes de la calle, me despertaron. Dormía con la ventana abierta y a pesar de estar en un ático que da a un patio interior, el ruido llegó a despertar el sueño de una madre arrastrada por los suelos. Me fui a la ventana y grabé un video que publiqué en mi IG stories, donde no se veía la calle, pero se escuchaba el ruido. En ese momento, escuchar la felicidad de otros, os confieso que casi me emocionó. Durante un momento los aplausos me recordaron a los de las ocho, lo que se convirtió en el gesto emblemático del confinamiento, un momento de unión y esperanza de la humanidad.

Cuando desperté por la mañana, probablemente horas antes que el resto de Madrid, había recibido varios mensajes en relación a mis stories de la noche, algunos eran de aprobación, otros eran de disgusto por lo sucedido.
Mientras, empezaban a viralizarse  imágenes de Madrid “encendida”; aglomeraciones de personas sin mascarillas (obligatorias), actuando como los animales de un circo.

Lo que desde un ático se percibía como el canto de la alegría, en realidad confirmaba la ignorancia de la calle.

Pues desafortunadamente siempre hay quien malinterpreta el significado de “libertad” y que inmunda el valor de una palabra importantísima en la historia, des-aprovechándola de manera equivocada.

Siempre hay quien confunde un cambio de reglas, con el derecho de convertirse en un bárbaro.

Siempre hay quien peca de egoísmo, pasando del respeto por el prójimo, que es el fundamento de una sociedad sana.

Pero, aún peor es quien no aprende.
Quien no entiende que la vida es una enseñanza y persigue en su ignorancia emocional. Sin florecer, prefiriendo la esterilidad empática. Desperdiciando la ocasión más grande que tenemos y quizás la única.

Siempre hay otra cara de la moneda, también las cosas buenas, también los cambios, las novedades la tienen.

No soy la persona más informada, os soy sincera, dosifico las noticias como si fuera vitamina d.
De hecho he preferido evitar videos e imágenes del sábado noche, pues hay una parte de mí que no quiere decepcionarse, la parte que cree en el potencial del ser humano.

Esperaba estas nuevas regulaciones con la misma ganas que todos. Deseo celebrar un paso hacia delante, una pequeña victoria que asocio principalmente al plan de vacunación y que veo premiar a un sector que se ha sentido muy golpeado. Deseo poder reunirme con mis amigos, disfrutar de una cena sin prisa, deseo saborear la esperanza de que todo esto tenga un tiempo limitado.

Pero más que esto, deseo renacer sin olvidar. Empezar justo desde ahí: desde el dolor, desde el miedo, desde el aislamiento, desde esa condición instable que nos ha sometido a una gran prueba y a un gran esfuerzo. Porque en el corazón de esta pandemia, que todavía existe y cosecha víctimas, está la evolución y no una revolución.

Apelo a todos los padres del mundo, porque en nosotros veo el potencial para un cambio.
Los que hoy estamos educando a la generación futura, acompañando a nuestros hijos en este loco y maravilloso mundo.
Es nuestro deber iluminarles.
Y enseñarles la moneda en sus dos caras, para que conozcan y asimilen la inteligencia emocional que le servirá para respetar, amar y ser conscientes de qué significa realmente ser personas LIBRES.


1 comentarioEnviado por: lcaldarola

6 mayo 2021

Desde que soy madre me he hecho fanática de la organización

Me he refugiado en el cuarto de los niños para escribir el nuevo post. Hay un sol fuerte y cálido que entra poderoso por la grande ventana llenando de luz todo mi alrededor.
Estoy sudando por la capa de calor que se ha creado, convirtiendo el dormitorio en una sierra sin plantas.

Parece que por fin haya llegado la primavera.

Abro la ventana y disfruto de la cortesía de pocas y débiles ráfagas de aire. Es una sensación extremadamente agradable recibir un soplo de aire fresco cuando hace calor, la misma que se me produce al beber agua cuando tengo mucha sed. Lo que definiría como un simple y verdadero placer.

Estoy medio enojada porque no he alcanzado “los objetivos” propuestos del día, además no he podido entrenar, así que las toxinas del malhumor están todas ahí afectando a mi tranquilidad.

Quiero creer que haya otras personas como yo, capaces de perder el hilo conductor y no poder volver a encontrarlo en todo el día. Es decir desperdiciar el tiempo cuando no sobra.

Son días donde parece imposible concentrarse o inspirarse, donde las cosas se quedan a medias, suspendidas en un tiempo entre el ayer y el mañana.

Hoy es ese día.
Lo veo agarrarme con toda su picardía, tirarme, levantarme, pellizcarme, distraerme con cualquier cosa.

¿Hay alguna solución? ¿Una poción mágica para ser inmunes al desperdicio de tiempo? O es porque esos días sirven para parar y disfrutar de otras. ¿Para gozar del nada y del todo?

El móvil me recuerda que debería llamar al centro de salud para las vacunas de los niños. Pospongo.

A los dos minutos llega otro recordatorio: imprimir el poema sobre la primavera x Leonardo. Pospongo.

Tengo la agenda del móvil pidiéndome vacaciones. No la culpo, tengo recordatorios para todo: citas, publicaciones, cumpleaños, compras, llamadas, actividades extraescolares, citas medicas, manicuras, incluso recordatorios para otros recordatorios… Todos imprescindibles y sin los cuales estaría más perdida que Wally, como diría mi amiga Mirian.

Desde que soy madre, me he hecho fanática de la organización, mientras antes prefería lo excitante y espontáneo de lo imprevisible, ahora, con niños de por medio, ya no es compatible e incluso podría revelarse catastrófico.

No me resulta fácil y debido a mi innata tendencia a la desorganización, tengo que recorrer a miles de recordatorios: un ejercito de fieles ayudantes que me proporciona un anhelado orden en el día a día. Diversamente sería un atasco de intenciones que acabarían erradicándome la calma y la dignidad.

En menos de una hora regresaran los niños del parque, sucios y hambrientos, el mero pensamiento me estorba de mi tarea, suena como un reloj que amenaza con su tic tac.
Necesito acabar por lo menos lo que he empezado, porque de otro modo, habré tirado el día entero.

Pasta con espinacas…. ensalada con huevo duro… ¿pizza?

Dejadme en paz, todavía me quedan cuarenta y cinco minutos…Una llamada, es José… Escucho el bip de la lavadora que ha terminado el ciclo.

Maldita sea, cierro el ordenador y bajo a tender la lavadora, probablemente la única cosa que he llevado a cabo hoy. Es impresionante, la maternidad es tan densa, como para ocupar todas las horas de un día, las que le pertenecen y las otras también.

Pasta con espinacas y pecorino romano, a los niños le ha encantado.


Conjunto de Longchamp.


Paccheri con espinacas y pecorino romano.

 

 

 


2 ComentariosEnviado por: lcaldarola

2 mayo 2021

Queridos hijos

Queridos hijos.

Sabed que, aunque oficialmente el día de la madre se celebra una vez al año, dentro de mi vive una celebración perpetua desde que os tuve y que no va a parar.
Ser vuestra madre supera cualquier posible expectativa y aunque no haya fantaseado mucho durante los meses de vuestra espera, sois exactamente lo que quería.

El destino me eligió para esta misión y es lo que hago desde hace unos años, ser vuestra madre.

La persona cuya victorias se coserán como parches en vuestras alma y cuyos errores pesarán en vuestra espalda dos veces más fuerte.
Aquella que os ama incondicionalmente. En el bien y en el mal, a pesar de vuestras decisiones y sabiendo que el cambio nunca será proporcional. Una madre no espera.
Una madre da y lo hace sin rémoras, cada vez que se le pida.

Principalmente me dedico a proporcionaros todo lo que necesitáis para crecer y ser personas plenas. Veréis, ser hijos es bastante fácil, aunque algunas veces no os lo parecerá y es posible que os sintáis incomprendidos o decepcionados, aun así, la tarea más difícil esta vez me toca a mí.

Para empezar a las madres les toca superar muchas pruebas. La primera es el mismo deseo de maternidad, pues no siempre es espontáneo. Algunas veces la maternidad empieza ganando una lucha.

La segunda es una larga y lenta metamorfosis del cuerpo, la que yo llamo “guardián de los deseos” se transforma para un fin más grande y lo hace sin respeto, dejando aquellas marcas, que testimonian la magnificencia de tu acto y que amarás y odiarás a la vez.
He tardado meses en acostumbrarme al cambio. Aprendiendo a querer mi nuevo cuerpo, al que consideraría raro o enfermo si no supiese que de esta manera se genera otra vida. Y finalmente, cuando me he encariñado con la silueta que os acoge, después de haber mecido dulcemente el envoltorio que nos separa, he tenido que despedirme de él.

Es la tercera prueba: nuestra primera separación.
Después de haber compartido las entrañas….
Es un duelo de adentro, que se manifiesta a través del sufrimiento físico. Y es enorme.
El nacimiento es un acto desconocido, todos los vivimos y todos los olvidamos. Pero radica como huella en el alma. Es un trauma al que solo una madre puede acceder, estando ahí juntos, protegiéndoos del miedo y haciéndoos sentir profundamente amados.

Esto es lo que hacen las madres, lo que hago yo. Amaros cada día, como solo se puede amar a una criatura que se ha generado dentro de ti, aceptar que vendrán más separaciones y por encima de todo, respetar la libertad que afirma: sois mis hijos pero no sois míos.
Acordaros que el hecho de ser vuestra madre no me atribuye el automático derecho a ser petulante, ni a vosotros la obligación de complacerme.
Recibid el amor y sed libres.


Mi traje es de Longchamp. Los niños llevan ropa de Bobo Choses de la colección recycled, upcycled, hecha con materiales naturales.


2 ComentariosEnviado por: lcaldarola

26 abril 2021

Siempre me pareció complicado describir al amor

Siempre me pareció complicado describir al amor, mis experiencias no fueron lo suficientemente exhaustivas para definir claramente un concepto tan complejo.
Fue el amor el que se reveló espontáneamente un día, cuando mi cuerpo, por impulso de la naturaleza, se contrajo repetidamente liberando a una criatura perfecta, capaz de hacer vibrar de amor autentico, con el solo acto de nacer.

En aquel momento, cogiendo entre los brazos su frágil y pequeño cuerpo, todavía conectado al mío con el cordón umbilical, supe que era participe de algo trascendental y definitivo. Con empeño había traído una nueva vida en un mundo que yo dejaba temporalmente detrás.

El peso que creció dentro de mí, anclado a mi tripa como la extension fiel de mi cuerpo, era ahora el testigo de mi nueva misión. La bendición y la “condena” del regalo que me había sido donado. Ser madre, me convirtió, para siempre, en el guardián de una nueva vida.
Hasta que viviese, alguien sería más importante que yo, sanaría sus heridas, sería la única que podría hacerle sentir completamente seguro, como cuando estaba protegido por la fortaleza de mi cuerpo y calmado por el latido sincronizado de nuestros corazones.

Así de repente este niño tiró por los aires mi vida pasada y la remplazó por una nueva, donde la “vieja” yo ahora era una madre, que no conocía el egoísmo.

Aprendí un nuevo concepto del tiempo, valioso e indomable, que hiere y cura, que nos alía y nos separa.

Exploré el crecimiento observando la semilla florecer.

Descubrí una nueva forma de hablar: a través del tacto, de las miradas, de las sonrisas o de los llantos.

Fui “única” dispensadora de comida, cada vez y de cualquier forma en que me la pidió: llorando o arrancándome la camiseta.

Fui rescatadora de los terrores nocturnos, renunciando a mi descanso (por amor). Para que mi hijo supiera que yo estaba a su lado desde el principio y que lo seguiría estando hasta el final.

Juntos conquistamos metas de la mano, seguimos ambos creciendo, pero en ningún momento NO sentí pena por ello; cada etapa se llevó su entusiasmo y su nostalgia, en igual medida.

Es curioso como se revela el amor: una llamarada de emociones que te zarandean hacia todos lados.
Y aunque estando profundamente feliz, pude encontrarme llorando en seguida. Una madre lleva este peso en silencio.

Los hijos siguen adelante y un día te das cuenta de que son el espejo de tu pasado, que a través de ellos estás recorriendo tu infancia, pero en tamaño de adulto. Es cuando empiezan las dudas: te preocupas por si eres buena madre, si les das suficiente para cubrir las que fueron tus faltas. Poco a poco te acostumbras a las reflexiones y a los cambios constantes. Familiarizas con la dualidad de la maternidad, por un lado te sientes importante, por el otro extremadamente vulnerable.

Ser madre significa gozar de ellos pero también sufrir por cada una de sus decepciones y derrotas. Significa enfadarse y chillar como una loca, para luego arrepentirse y castigarse. Significa ser valiente y amar incondicionalmente, tanto hasta sentir el corazón dolerte.
Significa luchar constantemente para ser tu mejor versión, no obstante la presión a la que estamos sometidas a diario.

Los hijos nos fuerzan a serlo, la mejor versión de nosotras mismas.

Un día leí esta frase: Hace falta un verdadero guerrero para amar a alguien tanto y por no perder completamente la cabeza mientras todo ello está pasando.

Cuando hablo de mí, lo primero que digo es que soy madre, no significa que no sea otras cosas también, soy hija, mujer, hermana…. trabajo, tengo hobbies… sin embargo hacer lo que hago como madre, me hace sentir fuerte. La maternidad es mi mayor logro personal, me hace sentir completa.

Y con el tiempo serán mis hijos quienes cuidarán de mí, quienes sanarán mis heridas. En ellos encontraré mi fortaleza.

Los verdaderos triunfos de la vida vienen de las personas por las cuales hemos dado el máximo. Por eso, antes de todo, siempre seré una madre. Porque eso dice al mundo que soy una guerrera.


3 ComentariosEnviado por: lcaldarola

22 abril 2021

La gente Bella no surge de la nada

No recuerdo a mis padres pedirme ser feliz. Como si no serlo fuese una condición a la que tener miedo o por la que avergonzarse.

La felicidad, a pesar de ser un sentimientos más entrañable que otro, no era obligatoria. Por lo menos cuando otros sentimientos eran más urgentes.

He crecido siendo cómplice de mis emociones, dejando que se manifestasen en completa libertad a través de mi. 
Todas, sin discriminación, porque ser fiel a mi interior siempre me pareció la opción más valiente y sincera.
Desconfío de los que celan sus sentimientos y emociones, de los que se censuran porque creen que solo lo bueno merece ser enseñado o incluso de los que se auto-convencen, hasta creerlo, que siempre todo va bien.
Prefiero la gente transparente, también cuando está de bajón. Prefiero una tristeza sincera a una sonrisa falsa.
Os dejo un texto que me ha gustado.

La gente Bella no surge de la nada (E.K-R)

«Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que los llena de compasión, humildad y una profunda inquietud amorosa. La gente bella no surge de la nada.»


2 ComentariosEnviado por: lcaldarola

19 abril 2021

Ser el hermano mayor es una responsabilidad cuyo peso a veces se me olvida.

Me fui a dormir derribada, después de echarle una bronca a Leonardo, con causa pero sin razón.
Mientras las palabras fluían como riachuelos perpetuos y enojados, ya me había dado cuenta de cuanto fuese innecesaria, sin embargo no fui capaz de pararme. Las palabras que arrastran el agotamiento de un día algo más complicado de lo normal, son indomables y traicioneras. Fue así como percibí la necesidad de liberarme, unido al remordimiento.

Entonces, hice una reflexión.

Cuando la oscuridad envolvía la habitación donde mis hijos dormían. Acurrucados en un edredón perteneciente a otra temporada, pero aún imprescindible a causa de unos inesperados días de “primaverno”.
Dos siluetas vibraban de impida niñez, desprendían tanta inocencia, como para convertirme en la única culpable de mi enfado.

Rebobinando una hora atrás, se podría ver a dos niños jugando a los “juegos de fuerza”: juegos con una componente de gritos agudos y pilla-pilla en tres metros cuadrados (donde puntualmente vienes involucrada tipo árbol dentro de un huracán)… En fin, un aglomerado de todas las cosas molestas, por las que los nervios salpican.

Los míos, que ya estaban a flor de piel, saltaron por los aires sin avisar y me convertí en la mamá que no me gusta.

La que no tiene paciencia y que está todo el rato regañando.
La que tiene cara de enfadada y cuerpo cansado.
La mamá “fea”: sumisa hasta llegar a una metamorfosis física que me afea.

En tan pocos segundos, todos los esfuerzos, empleados por ser la mamá que me gusta y me gratifica, se desvanecieron con una facilidad asombrosa. Los esfuerzos cotidianos, los sacrificios, se volatilizaron y como siempre, me sentí definitivamente una c…..

Pero es como funciona y las madres lo sabemos, hay días buenos y días malos. A veces cumplimos con nuestras expectativas y con las de nuestros hijos, otras veces resulta imposible y lo único que nos apetecería es estar solas.
(Sola y con una copa de vino en mi caso).

En cualquier caso mi reflexión iba sobre otra cosa:
La tendencia, sin quererlo, a ser menos permisivas con los hijos mayores y optar por medidas más estrictas, mientras que con los más pequeños, las intenciones se ablandan y el tono es menos tajante.
Pues resulta más fácil enfadarse con las personas adultas y entre dos niños, el mayor da menos pena.

Son las medidas que traicionan, que se llevan la ternura, haciendo del tamaño el principal pecador y la diana más fácil de golpear.
No debería ser así, sin embargo pasa repetidas veces y cada una de ellas deja mal sabor de boca.

Así que la última imagen que mi hijo mayor tuvo de su madre, antes de acostarse, fue diferente de la de su hermano. Ambos vieron una mamá enfadada, la mamá fea, pero mientras uno esquivó, el otro tomó doble ración, cuando no se lo merecía.
No se merecía ser el pararrayos de mis frustraciones, solo por ser la persona más grande de la familia en aquel momento. Cierto que no se había portado de manera ejemplar y que sí, podía colaborar más, pero sigue siendo un niño pequeño! Y no se le puede exigir a un niño entender a los adultos y actuar en consecuencia… No se puede y sobre todo no se debe!

Ser el hermano mayor es una responsabilidad cuyo peso a veces se me olvida.
Por un lado las expectativas de nosotros padres, que suben: a parte de entender las cosas, ser un ejemplo a seguir para los pequeños de casa. Cada enfrentamiento con ellos, vuelve de rebote más fuerte.
Por otro lado darse cuenta que el “efecto ternura” se mitiga y mamá dedica esos gestos – “tuyos” hasta hace poco- a otra persona.
Hay alguien que se está apropiando de tus cosas; no solo los objetos, también de la mamá bella, la que sonríe, la que habla con dulzura, la que cuida con extrema cautela. Es pasar de primera a segunda división, ser el juguete viejo.

Es lo que perciben.
A pesar de que no es verdad, porque las madres no acabamos nunca de amar a nuestros hijos. Serán nuestra absoluta prioridad, todos en igual medida, mientras vivamos. En ningún momento uno de ellos pasará a ser menos importante. NUNCA.


4 ComentariosEnviado por: lcaldarola

8 abril 2021

Amo mis hijos y ser su madre. Pero…

Amo mis hijos y ser su madre.
Pero no pasa día sin que no sienta la desesperación tomar posesión de mi, aunque solo sea por un instante.

A veces me pierdo mirando al cielo fuera de la ventana y sueño con volver a volar, despreocupada, libre y porque no, un poco egoísta. Son meras fantasías, pues la realidad me recuerda que mis alas se han convertido en un par de espectaculares y eficientes pies y así será para el resto de mi vida.
Aún disfrutaré de algún vuelo, pero con una mochila llena de responsabilidades cargada sobre mis hombros. No la reniego, decidí yo misma ponérmela.

A menudo extraño al silencio, armonioso y conciliador.
Cuando se hace insoportable, me encierro en un cuarto y me concentro en el calor de las lágrimas, por no oír los gritos y los golpes que hacen pedazos la tranquilidad. Si toco fondo sé que puedo volver a soportar. Al final, son los ruidos provocados por las personas que más amo en el mundo y cuando todo calla, el silencio se convierte en un huésped extraño en mi casa.

La mayoría de los días son una competición entre adultos para escaquearse un momento, porque ambos lo necesitamos tanto que si hay que pelearse, es lícito. Aunque luego la condena es más pesada y no sirven las penas ni las excusas.

Todo tiene un peso: los objetos, las palabras, los gestos, las elecciones… No somos conscientes de ello hasta que no los sentimos sobre nuestra conciencia. Sin embargo lo tienen, siempre lo han tenido.
La maternidad también tiene su peso y también es imperceptible hasta que la vivamos personalmente.
Para mí pesa como una pluma y cien toneladas. A veces noto las toneladas y me siento asfixiar, otras veces todo vuelve a ser soportable y es cuando percibo la pluma.

Amo mis hijos y ser su madre. Ellos me enseñan cada día algo nuevo, ellos son la extensión de mi carne y huesos, de mi mente y de mi alma.


3 ComentariosEnviado por: lcaldarola

5 abril 2021

Toda la vida que no vivimos

Un día de lluvia. Escribía: 

Si no fuera porque el cuerpo me pide comida no me levantaría de la cama. El dormitorio es bastante más oscuro que el de mi casa, es un interior bajo y apenas filtra la luz. Orlando duerme beato a mi lado, sus piececitos apoyados en mi muslo derecho, me hacen cosquillas. Pienso en el café mientras escucho el ruido familiar de la lluvia que desde algunas horas moja el paisaje. El tiempo está más imprevisible que mi humor, ayer había un sol veraniego y hoy parece una mañana de Noviembre.
Calculo llevar despierta una hora y media, en la que no he hecho nada más que mirar los mensajes en el móvil, pensar en las últimas vacaciones en Cerdeña con mi familia, hace dos julios y admirar la belleza inocente de Orlando, que dormido, todavía preserva los rasgos de bebé, o por lo menos es lo que me parece. Necesito creerlo un poco más.
Me duele la mandíbula, como cada mañana desde hace unos meses. Es mi nuevo habito nocturno; un bruxismo, inesperado a estas alturas de mi vida, pero obvio por otro lado, considerando que en este último año mi cuerpo ha manifestado claramente su disconformidad. Además en perfecta sintonía con mi estado de ánimo.

Apunto en mi agenda mental: después de una Navidad sin Navidad, llega una Pascua que no sabe ni a huevo de chocolate con sorpresa, ni a primavera. Más bien me ha pillado con una obra en casa, razón por la que escribo desde otro piso.

Como decía, noto que mi cuerpo responde más lentamente de lo normal, debido a los cambios de hábitos que he adoptado desde el comienzo de la pandemia, supongo. Una vida menos social y de consecuencia menos dinámica, incluso demasiado sedentaria en mi opinión. Así que empiezo a notar algunos achaques típicos de una maquina que ha estado parada durante un tiempo.
Pero sobre todo, se me escapan las ganas de las manos, estoy conociendo por primera vez la “atrofia de la energía” y un poco de pereza, sobre todo ante la idea de empezar el día.

Sigue siendo muy raro y me resulta todavía complicado acostumbrarme a lo que está pasando, aunque ya no es una novedad, sigo anhelando volver al nivel anterior. Me siento atrapada en un tiempo que sigue adelante, pero sin dejarme vivirlo. Una parálisis atemporal donde un año pesa más que cuatro, donde no hay gracia ni riqueza, donde la vida se ha convertido en no vivir.

Como dice Alessandro Baricco, celebre escritor italiano, en un post :

¿Y de esta otra muerte cuando hablamos? La muerte trepadora, que no se ve. No hay decreto que la tenga en cuenta, no hay gráficos cotidianos, oficialmente no existe. Pero cada día, desde hace un año, ella está ahí: toda la vida que no vivimos, por no arriesgarse a morir.


4 ComentariosEnviado por: lcaldarola

29 marzo 2021

Hasta que los candados sean ligeros y permitan correr. Corred.

Mi prima Pio es como una hermana para mí. Vivíamos en el mismo edificio y jugábamos juntas cada tarde, durante toda nuestra niñez. Yo fui la primera en dejar el nido y ella se despidió con una carta que me entregó personalmente, de madrugada, al portal de casa mientras el taxista guardaba mis maletas en el maletero.
En aquella época los cambios daban miedo, el desapegue de la familia me creaba cierta tristeza, no era de esas personas que tienen a los padres muy encima, tenía mi espacio, mi libertad y disfrutaba de mi familia, tal cual.

Además, era bastante tímida y responsable a pesar de todo, me preocupaba más el dormir sola que disfrutar de las fiesta que podría montarme en mi nuevo piso.
No era consciente de la necesidad intrínseca humana de estar solos. Pero con el tiempo lo descubrí.

Pio se marchó a Londres pocos días después. Fui a verla una sola vez, al siguiente año. Yo, mientras, me había mudado en Milán, donde me quedé hasta irme a Madrid.

Pio vino a verme muchas veces a Madrid, cada vez que José se iba de viaje y también en otras ocasiones.
Mi prima tiene un año menos que yo, no tiene hijos y viaja por el mundo como y cuando le da la gana.
Es mi alter ego: yo tengo dos hijos pequeños, el colegio, la gestión de una familia…etc. Un candado que, de vez en cuando, te da acceso a la libertad (vigilada).
Hoy caminaba por la calle, intercambiando eternas notas vocales con ella. Me comentó sus viajes planificados dentro de un par de años, y pensé: que suerte poder viajar.

Navegar por el Mundo, recorrerlo de arriba a abajo. Descubrir sus colores, olores, tradiciones. Ver la historia con los propios ojos, conocer gente y más gente y más gente, escuchar idiomas, mirarse con personas desconocidas y lejanas. Vibrar junto a la naturaleza. Inhalar la libertad por la nariz y vaciarse por completo para poder aprender cosas nuevas. Ser constantemente un libro en blanco. Saciar la curiosidad y asombrarse miles de veces por las maravillas que forman parte de nuestro planeta. Las que muchos no hemos visto o que hemos visto a medias.

Años atrás viajaba bastante por trabajo, también por placer (menos) y todavía me alimento de esos recuerdos. Pero como decía, la vida te va poniendo candados a medida que nos hacemos mayores y las responsabilidades muchas veces no encajan con el personaje libre y desenfadado que guardamos dentro.

He vuelto a casa y no puedo pensar a otra cosa, mirando por la ventana las nubes blancas cruzar el cielo azul, he deseado tanto volar que he tenido la necesidad de escribirlo.
Como madre, como mujer: ex niña y futura vieja, me gustaría gritarlo fuerte:

A mis hijos, a los muy jóvenes, (porque todavía me siento identificada en esta categoría) a los que no tienen hijos pequeños o alguien que cuidar, a los que pueden y hasta que puedan.
Hasta que los candados sean ligeros y permitan correr. Corred. Ir a la izquierda y a la derecha, arriba y abajo, donde el dedo apunte en el mapa, donde os lo susurren los sueños. Viajad y descubrid lo que los otros no pueden, viajad para contar lo que otros no saben, para que la existencia se enriquezca de todo lo que esta vida ofrece y luego, a medida que los candados se hagan más pesado y más numerosos, recordareis cuando volabais.

Sin parar.


Foto de Deborah Torres. @ouh.mamma


6 ComentariosEnviado por: lcaldarola

21 marzo 2021

Ese cuerpo

Cada vez que me apetece publicar, en mi propia galería de Instagram, una foto que me retrata menos vestida o en una pose que puede resultar provocante o atrevida, titubeo. Me detengo, injustamente, porque me disgusta que se me pueda interpretar erróneamente. Simplemente porque pensarlo o incluso comentarlo, es derecho de todos. A pesar de que seamos desconocidos – incluso entre conocidos –  y que nadie puede cambiar algo con su juicio como si de una varita mágica que apunta se tratase.
Sin embargo, todo suma sin quererlo y una foto absolutamente común, una entre millones de fotos parecidas o iguales, en “mi caso”, podría sorprender o desconcertar.
Porque no es exactamente lo que se espera de una mujer próxima a los cuarenta y encima madre.

Los gestos que salen de la convención de una forma mentís simple y árida suelen ser mirados con desconfianza y exigen una explicación.
Pues un mero “me apetece” no vale.

Igual que no nos valía el: “porque sí” o “porque lo digo yo” de nuestras madres.

El juego lleva a la incomoda necesidad de justificarse. Una mirada que sutilmente te invita a una autocritica, como si el tiempo y los hijos detuviesen cualquier acto femenino o sexual que te perteneciese y que ya no. Porque en un momento dado de tu vida, esas son cosas que ya no las deberías hacer.

Cosas como:

Desnudarte y sentir a través de tu cuerpo, ofrecerlo a quien te apetece, disfrutar de él. A pesar de las cicatrices de una cesárea, de unos pechos menos turgentes o de unas curvas demás que te recuerdan que ese mismo cuerpo, durante meses, ha sido el lugar que ha acogido una vida. Una maquina perfecta de procreación y una puerta hacia el mundo.
Ese cuerpo que es el templo de tu alma y que generosamente se ha puesto a disposición, transformándose, de la gestación de un ser hasta entonces desconocido.
Un cuerpo que ha florecido sangrando. El símbolo más humano de la vida misma.
Un cuerpo que merecería ser bandera, en lugar que algo que ocultar y que debería ser mirado con amor y respeto. Siempre.


2 ComentariosEnviado por: lcaldarola

Post Anterior