Mamma Mía

25 febrero 2020

Porque las expectativas son malas

En el 2012 enviaba a mi novio una reflexión:

Las expectativas presuponen que te esperas algo o que algo vaya en una determinada manera. En cualquier caso “te encuentras esperando”. Y la espera es excitante a veces, pero también penosa. La espera es la negación de la acción. Es trabajar en el pasado.
Las expectativas sacrifican el tiempo, canalizan las energías en algo que ya está perdido. Son arrítmicas.

Independientemente de lo abstracto que fuese el concepto, lo que me resulta curioso es que ya estaba rallada con este tipo de cosas hahah.

Ergo,

si hay algo más molesto que la decepción, es la incapacidad de ciertas personas de atenerse a lo que ofrece la realidad, sin previamente idealizarla.
Porque jamás coinciden ambas cosas.
Las idealizaciones son una peligrosa distorsión de la realidad, la euforia de la embriaguez que precede a la resaca. Pero aun conociendo el malestar durante la resaca, resulta difícil no emborracharse.
Parece que los seres humanos tenemos la feroz necesidad de creer en el “es mejor”, cosiendo y entrelazando parches de mejoras a personas, cosas, hechos… Y aportarle así un valor significativo para nosotros.

Desafortunadamente la cuenta siempre llega a la mesa, los sueños bonitos se acaban al despertar y la verdad sale a la luz.

Por lo tanto, las relaciones idealizadas, tanto como las que se fundan sobre reciprocas expectativas, probablemente no tienen futuro, o se quedan atrapadas en una jaula de frustración penosa.

Todas las veces que he idealizado a una persona o una situación me he decepcionado y como consecuencia he sufrido. Después de repetir el mismo error varias veces, he entendido que la idealización viene de una necesidad y es mejor empeñar los esfuerzos en cubrir dicha necesidad en lugar de distorsionar las cosas.

Casi siempre me he focalizado en lo que los otros me ofrecían, sin embargo ahora encuentro más satisfactorio dar, sin esperar, ni planificar, Esforzarme en mejorar y conseguir la madurez necesaria para aceptar que las cosas no siempre van como nos gustaría, que el amor no siempre es reciproco y que los hijos un día te dejarán.


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17 febrero 2020

Cosas que no he vuelto a hacer con mi segundo hijo.

Cada mujer lleva la maternidad a su manera: intensa, dramática, pasota, preocupada, agobiada, enfadada, feliz, tranquila…. Mi “primera vez” fue un mix de todas ellas. Me sentí haber englobado a cien mujeres diferentes en mi frágil cuerpo.

Fue una experiencia abrumadora, con picos de agotamiento alternados con una sensación de amor cósmico. Volvería a hacerlo desde el principio, de hecho lo hice. Tuve a mi segundo hijo y fue otra historia.

Empezando por el embarazo, diferente del primero, siguiendo con el parto, diferente del primero y lo que sentí al ver su cara por primera vez, fue diferente también.

La primera vez ciertamente es la más original, pues es la primera, todo es una incógnita acompañada por nervios y curiosidad. Por otro lado la experiencia que te llevas con la segunda- tercera- cuarta….. maternidad, es de gran ayuda y muchas cosas que he hecho como madre primeriza, no he vuelto a hacerlas cuando he tenido el segundo.

Poe ejemplo:

El exceso de cuidado.
El momento del baño no tenía nada a que envidiar a una spa, quizás a veces he pasado de las velas, pero la temperatura de la habitación, los productos, las toallas bordadas con su nombre (alguien te las va a regalar seguro) y el masaje post baño nunca han faltado.
Es más, yo siempre le he calentado la ropa antes de ponérsela.

El segundo hijo me ha concienciado con el tema del desgasto de agua. En lugar que largos baños, hay duchas rápidas con la promesa de que luego le dejaré ver unos dibujos.

A propósito de los dibujos, va otro punto.

Los dibujos enemigos/amigos.
La televisión no es buena, pero tampoco es taaan mala.
Antes tenía mochilas llenas de juguetes de uso exclusivo de las comidas fuera de casa, para entretener a Leonardo en los restaurantes. Salía agotada y hambrienta casi siempre.
Con el segundo hice la paz con you tuve. Además dos mochilas sería cargar demasiado.
La televisión se ha convertido en un aliado. ¡Ver la tele responsablemente!

Las comidas eternas.
Es posible (aunque no estoy segura), de que no tenía nada más importante que hacer, porque cada día dedicaba “el tiempo necesario” para que Leonardo acabara toda la comida: primer plato, segundo plato y postre.
Con la llegada de Orlando, descubrí el plato único, una maravillosa y practica invención de alguna madre sabia, que consiste en una receta que tuviera primero y segundo juntos.

La ropa.
Tengo la suerte de que me regalan muchas prendas para los niños, aun así con mi primer hijo me pasaba un buen rato en las tiendas mirando todas las prendas que le quedarían genial (incluso miraba las de niña). Tenía la sensación de que necesitaba algo que no tenia (no es cierto) y se la compraba.
¡Los hermanos heredan un patrimonio!

Exceso de vigilancia.
Hablo de no quitarle los ojos de encima, ni dándole la espalda. Incluso en tu propia casa. Me lo llevaba al baño, a la cocina, al vestuario, aunque fuera por pocos segundos. El “por si acaso” me quitó un poco de sentido común.
La cautela sin agobio la he aprendido con el tiempo.

Miedo a que se haga daño.
Recuerdo perfectamente las carreras que me pegaba cada vez que Leonardo se iba a caer o tropezar, había desarrollado un nivel de vigilancia que me permitía averiguar la caída antes de que pasara y salvarle de lastimarse las rodillas.
Orlando es un teremoto y si no hubiera cambiado mi aprensión, estaría desquiciada o lista para una competición de triatlón.

Hipocondría.
Sigo trabajando en ello, me harían falta otros tres hijos para superarla jajaj.

Organización.
Las primeras discusiones de pareja se basaron en este tema. Teníamos un plan y nunca lográbamos salir puntuales de casa, siempre había algo que olvidaba o un imprevisto de último minuto.
Primero aprendí a ser una persona impuntual y luego a prever los imprevistos antes de que sucedieran, a hacer las cosas bien y con desenvoltura.

La lista podría seguir…. Nunca se termina de aprender.

Si os apetece, añadir algunas anécdota más ☺

Buena semana.


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13 febrero 2020

Cuando el corazón se va de paseo

Después de malas elecciones, de lagrimas a cantaros, de carreras sobre tacones para huir de alguien, de excusas, de llamadas desconsoladas a mis hermanas, de copas de más, de mentiras, de cigarros de consuelo con las amigas, de maquillajes estropeados por amor….

Me cuestioné si el “corazón” puede cambiarse de sitio, vagabundear por nuestro interior según las necesidades o según sus ganas. La respuesta que me di fue afirmativa.

Si no tomar decisiones sería más fácil.
Si no saber lo que queremos sería más obvio.

Si el corazón no fuese tan novelero, estaría mejor protegido de las intemperies de los sentimientos y tal vez se pondría menos enfermo y menos frecuentemente.
Me dijeron: “sigue a tu corazón y no te equivocaras”, sin embargo, me he equivocado muchas veces y creo que coincidió justo cuando no estaba en su sitio.

Al corazón le gusta viajar, pero siempre visita los dos mismos lugares: el cerebro y la vagina. Y en ambos casos se crea un lío. Lo importate es ayudarle a volver, para que no se pierda.

Mi corazón personalmente tiene la tendencia a bajar más que a subir. Creo que por ello me he enamorado muchas veces en mi vida, aunque no han sido todos amores profundos y duradero. Algunos se han consumado en una sola mirada o en un roce inesperado dentro del tren. Los que han sido intensos y más duraderos han pasado por fases en las que mi corazón estuvo yéndose y regresando, y mis humores con él. Y mis sentimientos con él.
Siempre mereció la pena, casi siempre salí perjudicada y vulnerable.
Cuando el corazón baja, el ardor devora cualquier lógica y conjeturas y te lleva más allá de la línea roja, la que te han enseñado que no se debe cruzar.

Menos veces mi corazón subió al cerebro, creando un estado de contradicción tal, capaz de confundirme a mí misma y no saber “el qué y el cómo hacerlo”. En cada una de aquellas veces perdí la coherencia y la capacidad de sentirme a la altura de la situación. Creí poder manipular los sentimientos y engañar a las emociones y siempre fui derrotada.

El corazón hace lo que le da la gana, así que si decides seguirlo (lo recomiendo), hay que saber que eso no garantiza tranquilidad ni ser invencible, ni que de esta manera estarás a salvo.
El corazón viaja por el cuerpo, baja y sube continuamente, sin avisarte, sin darte explicaciones. Viajar con él es de valientes y al fin y al cabo, si te equivocas, por lo menos puedes agradecerte haberlo hecho con el corazón.

Dedicado a las mujeres que se lían solas (yo incluida), con ironía y con mi palabra de que “todo va a salir bien” y si así no fuera “todo pasa”. Sin los días malos no existirían los días buenos, sin los errores no existiría el crecimiento.


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7 febrero 2020

Damos la culpa a los hijos demasiadas veces y demasiado gratuitamente.

Damos la culpa a los hijos demasiadas veces y demasiado gratuitamente. Por todo.

Porque es más fácil enfadarse con alguien, que contigo mismo.
Porque dar la culpa a otro, automáticamente te expía de la tuya. Y aceptar las propias faltas requiere una valentía que no siempre tenemos.

Sin embargo ellos no son los responsables de nuestro estado de ánimo, tan solo por el hecho de existir y reflejar nuestros miedos y limites.
Están donde hemos elegido que estén y se hacen cargo de pesos demasiado grandes para sus pequeños hombros. Y más, nos perdonan.

Nos perdonan los arrebatos repentinos.
Nos perdonan las palabras que pesan demasiado para ellos.
Nos perdonan los castigos innecesarios.
Nos perdonan los errores.
Nos perdonan ser padres imperfectos.

Porque nos aman y nos aceptan tal como somos. No nos piden que seamos diferentes, ni nos exigen que cambiemos todo por ellos.
Únicamente necesitan que estemos allí. Que les acompañemos en el camino tortuoso que hemos elegido para ellos.
Y no se imponen, al contrario de lo que haríamos nosotros. Nos dejan decidir por ellos y que les impongamos nuestras reglas, sean justas o no.

No piden que les demos más de lo que necesitan.
Ellos solo quieren que seamos felices.

No tienen planeado interponerse en nuestras vida para fastidiarla, para que estemos más estresados en el trabajo o porque no tengamos “tiempo de calidad” con el cual disfrutar de lo que más nos gusta y apetece. No tienen malas intenciones, al revés, disfrutan de nuestra calma y de las sonrisas reconfortantes.
Aceptan los cambios, independientemente de que se trate de una casa, un país o la llegada de un hermano.

A cambio, nadie les pide su opinión.

Y cuando no entendemos sus necesidades, nos las expresan a su manera, infantil y directa. Sabiendo que la incomprensión podría llevarnos a enfadarnos con ellos. Es bastante frecuente que perdamos la paciencia (sobre todo por un lloro o una rabieta) Mientras que en realidad, les tocaría a ellos enfadarse por no ser escuchados. Aun así luego se le pasa y nos dan besos babosos y abrazos apretados, porque somos sus padres y para ellos nadie es mejor.

Los niños revolucionan la vida, pero aun sin ellos, evolucionaría y cambiaría. A mi con ellos me gusta más.


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3 febrero 2020

Los cuarenta son los nuevos treinta

Tengo 37 años y dos hijos, mi pareja tiene tres años menos que yo. A pesar de mis “murmullos” sobre el paso de los años, podemos considerarnos padres jóvenes. La mayoría de nuestros amigos no tienen hijos, la mayoría de los padres que conocemos son mayores que nosotros. (La mayoría no significa todos, claro).
Tengo la sensación de que cada vez se posponen más los hijos y que la edad biológica está variando bastante. Resultado los cuarenta son los nuevos treinta. (Respiro).
La cosa es que hoy es domingo, llevo una mañana en casa con Orlando utilizando mis mejores recursos para entretenerle, ya que Orlando se aburre de un juego antes de acabarlo y a la hora de comer me pregunto si es almuerzo o cena. No me malinterpretéis, amo estar con mis hijos, pero tenemos intereses diferentes. (Río).
He escrito un mensaje a Ana, que la considero mi mejor amiga madre aquí, por lo menos con la que comparto más cosas ahora mismo. Le he dicho que me da una pena infinita no tenerla cerca porque haríamos un montón de planes y seguramente nos aliviaríamos las dos.

Volviendo al tema, la mayoría de los padres aun con toda la voluntad, tenemos los planes limitados y una rutina bastante cerrada, por lo tanto hay menos ocasiones de “conocernos y reconocernos”, lo usual es encontrarse en situaciones fugaces como la salida del colegio, o que requieren atención hacia los niños, en el parque en los cumpleaños, por ejemplo. Profundizar es complicado y más aun encontrar afinidades tales para crear una amistad. Lo más fácil es cuando en los grupos de amigos, se empiezan a tener hijos a la vez.

Sin embargo, mis amigas solteras me cuentan lo difícil que es encontrar una pareja con la que quedarse, los amigos solteros más o menos lo mismo. Las relaciones son banderas revoloteadas al viento. Mientras los hijos son una cadena que te ata para siempre y esto da un poco de miedo. Y cuando uno se empieza a plantear una familia, si eso pasa, es más porque el tiempo ha empezado la cuenta atrás y arrastra el miedo de que si no serás madre, un día te arrepentirás (bajo mi punto de vista es peor tener un hijo por miedo, ya que la posibilidad de arrepentirse en este caso es aun más alta y la cuenta la pagáis entre dos), que por ganas, o porque encuentras los requisitos ideales (que sepáis que nunca, pero nunca, será el momento perfecto).

Todo el proceso requiere un tiempo que, me parece, que se ha alargado con respecto al pasado y mientras tanto, el estilo de vida entre padres y no padres es bastante diferente aun siendo de la misma edad.
Es como si hubieran dos situaciones diferentes y lejanas, que viven en la misma vida sin compartirla nunca y que la elección ya no fuera si tener hijos o no, más bien si cambiar radicalmente la propia vida o no.


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30 enero 2020

Los que encuentren el amor. Cuídenlo

Los caprichos son demanda de atención.

No lo digo solo como madre, lo afirmo como hija y mujer. Todavía tengo mis momentos caprichosos y sé bien que son una táctica grosera de pedir atención.

Cuando por la mañana, aún antes de ir al colegio, Orlando está enfadado y llora, grita y lanzas los juguetes, no es porque se haya levantado con el pie izquierdo, seguramente sea porque, por las prisas de llegar tarde, no le he dedicado un momento de mimos al despertar. En lugar de ponerme nerviosa por su comportamiento, si paro un momento y me siento con él en el sofá, inmediatamente todo para y vuelve el silencio. Mientras él disfruta de las atenciones que le hacían falta. Orlando tiene solo dos años y medio, necesita sentirse protegido desde que abre los ojos, saber que yo estoy allí y que le quiero.

Todos nos levantamos mejor si alguien nos hace una caricia o nos dedica un saludo especial, es demasiado sencillo como para no hacerlo.

Cuando por la noche nos acostamos los tres en la cama, hay días en los que estoy más cansada (físicamente o mentalmente) y como consecuencia tengo menos paciencia, estos días es cuando los niños tardan más en dormirse, puesto que no les acaricio el pelo, ni le cuento anécdotas de cuando era pequeña y me pongo a contestar a los mensajes en el móvil. Estoy agotada y tan solo deseo tomarme una copa de vino y hablar con José o ver una serie o leer. Sin embargo si me armo de paciencia y me pongo en su lugar, soy capaz de darle lo que ellos necesitan en ese momento y mágicamente hacer que se duerman más rápidamente y felices.

Se trata de un periodo que acabará en unos años y cuando llegue el día en el que sean suficientemente mayores, como para no necesitarme, me lo dirán, puede que incluso me rechacen (espero que no).

Cuando estoy con ellos y tengo cosas que hacer o no les considero porque estoy pensando en mis cosas, la lían parda. Así que paso de no hacerles caso a convertirme en una histérica con la bronca en el cañón. La verdad es que conozco la solución: jugar con ellos media hora, les dejaría satisfechos y yo luego tendría tiempo para mi. Lo sé porque lo he probado, porque hay días buenos también, (la mayoría afortunadamente).

Cada vez que he estado o estoy menos dispuesta, menos afectuosa o más nerviosa, mis hijos son “hijos peores”.

Ser madre es un acto de gran generosidad pues se trata de anteponer a tus necesidades, las de otra persona. No significa en absoluto cambiar y dejar de ser los que somos, tanto menos dejar de apasionarnos, de divertirnos, de hacer el amor, de viciarnos, para encerrarnos en un papel que al fin y al cabo nos parecerá oprimente.

Los hijos no quitan, los hijos dan. Pero lo hacen a su manera, con la torpeza y la indulgencia de niño, con los lloros, las rabietas y las babas.

Leí una frase que me gustó mucho, decía:

“Los que encuentren el amor. Cuídenlo”.

El amor no es solo entre una pareja, el amor está en lo que hacemos, en las relaciones con nuestros padres y con nuestros hijos, está en nuestro interior. Me atrevería a decir que todos lo hemos encontrado, de maneras diferentes y propia, pero cuidarlo es el verdadero reto. Las cosas que más merecen la pena son las que requieren el cien por cien de nosotros, siempre y en cualquier caso. Pero no siempre estamos dispuestos o en condiciones de darlo. Como para todo, hay que ejercitarse, entrenar y aprender.

“Los que encuentren el amor. Cuídenlo”.

 

 


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27 enero 2020

Mientras en Málaga

Hay noches mejores que otras, la del viernes pasado ha sido sin duda de las peores.
José y yo ingenuamente pensamos tener un momento para nosotros solos, hace tiempo que no compartimos aquella espontánea intimidad de pareja que los hijos te arrancan sin mucho decoro. Sin embargo las circunstancias nos privaron una vez más de nuestra oportunidad.
Orlando, que aguantó, bajo nuestro asombro, más o menos tres semanas sin enfermarse, tuvo una recaída tremenda que culminó el viernes pasado. Caímos rendidos los tres en nuestra cama, ya que Leonardo se quedó a casa de su tío. Eran poco más de las diez pero venía de una noche mala. El sueño se adueñó de mi cuerpo con una arrogancia que bien conozco y que hace que me duerma enfadada cada vez que estoy muy cansada. Durante las tres horas que se me concedió dormir, soñé con algo que olvidé en seguida. A partir de la 1.00, la noche se convirtió en un vaivén de lamentos, lloros, pañuelos, agua, pis, dibujos (la supervivencia va más allá de cualquier filosofía), Dalsy, reflexiones. Llegué a percibir ruidos desde la planta de abajo del piso, comprobamos que eran fruto de mi imaginación.
Deseé que llegara pronto la mañana y cuando finalmente llegó, quise posponerla.
La noche convierte todo en más sombrío, grave, enorme, si bien por la mañana seguía pensando que teníamos que ir a urgencia para que un pediatra visitara a Orlando.
Así que mientras mis amigos de camino a Málaga para los premios Goya, grababan stories en Instagram, yo me ponía un chándal para ir con mi hijo al Hospital.

La sala de espera estaba peor que la de hacienda un martes por la mañana. Las sillas no eran suficientes y mucha gente esperaba de pies, mientras los niños jugaban en el suelo.
El tren de influencers, actores y gente impecable dejaba la lluviosa Madrid, mientras el aglomerado de padres en “condiciones deseables” y que crecía cada minuto, fluía sin armonía por toda la habitación, manteniendo la mirada desconsolada y fija hacia la pantalla que marcaba los turnos de cada uno. Orlando y yo esperamos más de dos aburridas horas, durante las cuales pude hacer una comparación mental y bastante retórica entre “los que tienen hijos y los que no”.
Todos los que estábamos allí dentro teníamos sin duda peor cara, menos horas de sueño y una destreza excelente con los niños. No miento, deseé estar también en el tren de la alegría, pero a la vez me sentí en paz mirando a mi alrededor. Reconocí en cada padre y madre la conciencia de adulto que fue también niño, la que siento viva dentro de mi. El conocimiento construido con los sacrificios y la comprensión detrás de cada gesto dedicado a los propios hijos.
La realidad, cruda y densa, que con insolencia se manifestaba en la sala de espera de un hospital pediátrico, me pareció dramáticamente romántica.

El fin de semana se consumió con especial lentitud, casi asfixiante. No seguí los premios activamente, sinceramente no tuve la fuerza ni la voluntad. Aun así, la maternidad sigue siendo lo mejor que me ha pasado.


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20 enero 2020

Londres

No me gusta viajar en avión. En mi escala de “medio de transporte” sin duda ocupa la ultima posición. No es que no me guste en sí, tampoco le tengo pánico, pero nunca me subo en un avión con la misma tranquilidad de cuando bajo.

Los niños dormían cuando se encendieron las sígnalas de abrocharse los cinturones. Había turbulencia, lo notamos ya algunos minutos antes del aviso. Miré a José, que lo lleva siempre mejor que yo, a los señores de al lado que hablan y al azafato que me sonrió…. “Conmigo no cuela” pensé, se que deberías sonreírme también si nos estaríamos estrellando. Pero no es el caso. Solo es una turbulencia y es mejor acostumbrarse porque no nos deja tregua. Cuando faltan pocos metros al roce de las ruedas contra de la pista y el avión sigue a merced del viento, me pregunto si es posible aterrizar sobre una ala. En una película de acción probablemente si, en nuestro caso el avión vuelve a acelerar y a tomar cuota, otra vez estamos arriba. Durante unos segundos mis rezos se mezclan a unas palabrotas, que gracias a Dios el comandante interrumpe para avisar que a Madrid hay un viento muy fuerte y que no nos ha permitido aterrizar, así que vamos a dar un par de vueltas antes de volver a intentarlo. Bueno, ¡¿que subidón no?¡ Es justo lo que me apetecía escuchar… José no me mira, así que ya no se donde mirar, tengo una mano sudada encima de Orlando la otra ni me acuerdo de tenerla. Estoy poseída de una enorme ganas de poner mis pies en el suelo, familiar y seguro.

El viaje a Londres no fue por vacaciones, aunque lo alargamos de un día para aprovecharlo. Los niños participaron a una campaña de Zara kids y yo fue involucrada para el estilismo.
Alojamos en Shoreditch House, equivalente a un “Soho House” pero mantiene el nombre del barrio que lo hospeda. Conocí el club cuando iba a Berlín, pues José era socio y me enamoré, así que cuando estamos de viaje en una ciudad donde haya uno, intentamos quedarnos a dormir.
Os soy sincera, no es la mejor opción para ir con niños, pues al ser un club exclusivo hay reglas muy estrictas y hay algunas áreas donde los niños no pueden estar. Aun así me encanta.
Las habitaciones son pequeñas, pero bonitas y realmente dotadas de todos los conforts. Cualquier cosa te hayas olvidado, pues ahí está.

No puedo todavía enseñar nada sobre los días de shooting, hasta que no salga la campaña tengo que mantener el secreto, pero el jueves y viernes lo dedicamos principalmente al trabajo y dimos una vuelta por el barrio de Shoreditch, que está de moda para salir o ir a tomar algo.
El sábado quedamos con amigos en el Centro y paseamos por allí, mientras por la tarde fuimos al Tate Museum y a dar un paseo por London Bridge (donde hay unas vistas espectaculares). Cenamos con otros amigos, la comida no me gustó en ninguno de los sitio al que fuimos a ser sincera.
A las diez y media caímos redondos en la cama, ni la energía de Orlando pudo con ello.

Me gustaría poder pasaros más tips e información, pero la verdad es que no tuvimos suficiente tiempo para ver esta inmensa ciudad, que por cierto me ha encantado. Fue anteriormente una vez sola, en otra zona, pero recuerdo poco. Sobre todo estoy agradecida por haber podido disfrutar de este viaje con los niños, de que tengan la posibilidad de hacer experiencias como estas, de ver cosas diferentes, escuchar idiomas diferentes e aprender cada día a ser resilientes.

Os deseo una buena y ventosa semana.


Mi jersey es de Acne Studio. Las botas de House of Holland. Orlando lleva total look de Bobo Choses. Leonardo lleva look de Les Ecoliers. Zapatillas de una edición especial de Reebok  y The Animal Observatory.


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13 enero 2020

El tiempo lo cambia todo.

Había cosas que me hacían gracia, que me dejaban con la mirada tonta durante unos segundos y me parecían peculiares en él. Por ejemplo, cuando iba a Berlín a visitarle, José, solía prepararme para desayunar un zumo de naranja exprimido a mano, con sus propias manos. Me reía mucho.

De pequeña cualquier cosa que hacían mis padres me parecía bien, cualquier gesto suyo me parecía digno de un héroe, cualquier cosa que decían me parecía la adecuada. Sus besos eran mis preferidos y sus abrazos lo más anhelados.

Pasaron los días, los meses, los años y todas esas cosas cambiaron de ser graciosas a molestas, o inadecuadas, o sencillamente banales.
Los gestos perdieron su originalidad, las caras empezaron a repetirse, las novedades se convirtieron en rutina. El entusiasmo de los comienzos se afinó con el limar del tiempo.

El tiempo lo cambia todo.

Él, que por un lado nos cura las heridas y por el otro nos detiene en un limbo perezoso. Él, que nos hace sabios mientras nos forja la piel con arrugas y pliegues que aceptamos con dificultad. Él, que donde da, quita y donde quita, devuelve.

El tiempo ha cambiado los zumos de naranja, el sabor de los besos, el deseo, la mirada, la curiosidad. Te anima a huir de lo que has construido con amor y devoción. Solamente para cambiar y conquistar algo nuevo, diferente de lo que tienes. Así pues, volver a saborear el triunfo.

Entiendo que es la única forma de crecer y ser más fuertes, de superar el ego, de aprender…. Entiendo que tampoco vamos a cambiar la necesidad de emocionarse que tenemos. Entiendo que la vida es una lucha, más o menos dura, que hay periodos más o menos claros y que vacilar delante de ciertas situaciones es lo más natural. Entiendo que nos pasa a todos. Yo solo pido que José empiece a usar un exprimidor, porque en casa tenemos dos.

Me resulta difícil escribir en tono irónico, ligero, despegado. Me gusta el drama, siempre me ha gustado y además soy una apasionada de las preguntas sin respuestas. Pensaba darle otro rumbo, pero veo que no lo he conseguido, aunque el concepto es: todo cambia para volver a ser lo mismo. Una y otra vez.

El jueves nos vamos a Londres por un proyecto, no publicaré en el Blog pero os iré contando cosas y a la vuelta prepararé un post sobre el viaje.

Un abrazo y feliz semana.


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8 enero 2020

Mi familia no es una familia perfecta

Estas vacaciones han sido diferentes de todas las anteriores, más calladas y reflexivas, menos felices y caóticas, menos pasionales quizás.
Una mañana me desperté y me di cuenta de que mi familia no solo no es perfecta, si no que está muy lejana de la perfección. Durante años idealicé un modelo que no corresponde con la realidad, para no admitir que somos una familia como tantas o, en algún caso, puede que hasta peor. Preferí una familia ideal a la mía, a pesar de que mis padres nunca nos engañaron intentando aparentar perfectos. Necesité creer en algo más, una versión mejorada de la realidad.
He tardado tiempo para aceptar y perdonar mi hipocresía. La revelación llegó de rebote cuando tuve a mi propia familia. Se me abrió un mundo sobre lo que conlleva ser padre. Por fin tuve la posibilidad de mirar desde ambas perspectivas, y como madre estoy intentando rescatar a la hija decepcionada.

A pesar de ser consciente de mis límites y defectos, he buscado la perfección en los demás. He tenido la arrogancia de sentirme defraudada cada vez que no la he encontrado, mientras que hubiera sido más satisfactorio comprender que mis vacíos no son culpa de nadie, ni de mis padres ni míos, porque todos hemos actuado con el amor.

He deseado que mis padres fueran mejores padres, que mis novios fueran mejores novios, que mis notas en el colegio fueran más altas, que mis amigos fueran mejores personas. De manera egoísta, he exigido más a todos y también a mi misma, olvidando la humanidad que nos diferencia de las divinidades. Pues en el defecto veía la debilidad y en la debilidad veía el fracaso.
No ha sido fácil aceptar la equivocación, a pesar de la familiaridad entre nosotras y tampoco a ser menos pretenciosa, todavía me peleo con ello.
Me defino una persona espontánea y sincera, sin embargo me he mentido más de una vez para protegerme, pensando que la realidad, tal y como es, sería más peligrosa que mi versión decorada de ella.

Los años te curan de muchas tonterías y aunque esté solo a mitad de mi camino, me estoy haciendo una idea más fiel a lo que es la humanidad, ojalá un día pueda llegar a comprenderla y a amarla en lugar de condenarla.

Hijos no puedo prometeros ser la madre de vuestros sueños, pero os doy mi palabra de que jamás os mentiré o fingiré ser una persona diferente a la que soy realmente. Que jamás os esconderé mis debilidades ni maquillaré mis defectos para que no podáis verlos y así sentiros frustrados ante de los vuestros. Lucharé para que seáis capaces de aceptar los errores y las derrotas, porque serán muchas. Intentaré enseñaros ideales al alcance de la realidad, para que podáis volar alto sin quemaros con el fuego de las utopías.
Os decepcionaré miles de veces pero en cada una de ellas habré dado lo mejor de mi.

Con amor, mamá.


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