Mamma Mía

19 octubre 2020

La luz de la tarde en Octubre… (en mi salón)

La luz de la tarde en Octubre es de una belleza poética, filtra polvorosa por la ventana iluminando los objetos con dulzura. Es capaz de transformar completamente la atmosfera de una habitación. Me recuerda a la escena interior de una pintura Romántica.
Acurrucada en la silla, revestida con terciopelo azul aguamarina, acabo de un sorbo mi café caliente y apoyo la taza encima de la mesa. Desafío a un rayo de sol, como hacía de pequeña, cuando miraba fijamente al sol para ver si era capaz de mantener los ojos abiertos. Una vez más pierdo. La bella luz de Octubre, todavía lleva un sendero del verano que la empodera y te obliga a cerrar los ojos.
La dejo envolverme, percibo su calor sobre la piel y me siento en paz. Sé que durará poco, porque los días son un atasco de tareas y compromisos, pero no quiero perderla. Es ahora, aquí… Un instante sencillo y mágico que disfruto como se hace con las cosas sinceras de la vida.

Como una canción que suena de fondo mientras se acerca el atardecer. El perfume de una vela que ilumina la mesa de cristal. Las caricias suaves de los pies con las sabanas calurosas por la mañana. Un fruto jugoso en una mañana de calor.

Es asombroso como “nuestra estructura” está construida para sentir, antes que cualquier otra cosa y cada parte, es un engranaje perfecto para
Ver
Escuchar
Oler
Saborear
Tocar.

Tenemos cincos sentidos que nos permiten hacerlo todo, herramientas súper potentes, gracias a las cuales somos capaces de sentir con cada parte de nosotros mismos. Los sentidos nos guían y por ello hay que protegerlos, seguir usándolos todos, constantemente. Lo mejor que hacemos siempre, es porque hemos recurrido a uno (o más) de nuestros sentidos. No dejemos que la pereza o que la digitalización nos alejen de lo que nos hace únicos.

Os dejo algunas fotos del salón con las últimas modificaciones.
Buen comienzo de semana.

 

 


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12 octubre 2020

La incomprensión

La incomprensión

Es el tumor de una relación.

Peor que el desamor, que fugaz no deja secuelas, que hace su deber con frialdad y luego se marcha.

La incomprensión deteriora lentamente, como el tiempo hace con las cosas.
Araña al corazón, como el viento hace con las rocas, hasta cambiarles la forma, para siempre.
Esparce lagrimas, escupe rabia, crea inseguridad. Debería estar prohibida, como las armas, porque es peligrosa.
Actúa en el tiempo, dosificando su veneno y ocultando su amenaza. Hasta cuando ya no haya arreglo. Entonces presumida se manifiesta, para asestar el último golpe, con el que derrota.

El remordimiento, la conciencia, los errores ya lejanos, la rabia y a veces el odio.

La maldita incomprensión lo destroza todo. Porque es enemiga del amor.
Crea barreras siempre más largas, muros siempre más espesos, puertas cerradas con llave…. Mutila a la empatía.

Las parejas, pero también las otras relaciones humanas, pueden funcionar solo si hay tolerancia y comprensión, si se acepta la relación como el encuentro entre personas únicas en el mundo.
A priori no tenemos nada igual, solo muchas cosas parecidas, una especialmente: la humanidad. Por lo tanto, entenderse es un trabajo difícil y mantener la armonía es un sacrificio diario. Aceptar al prójimo no es descontado, no nacemos tolerantes y preparados para que las relaciones con las que nos embarcamos sean un éxito, nadie nos prepara para ello.
Venimos al mundo y nos adaptamos. Esta es la verdadera capacidad humana, la adaptación.

Todo el resto es aprendizaje.

Aprendemos a leer y a escribir desde pequeños, aprendemos idiomas para poder contactar con el resto del mundo, para abatir las fronteras, para que la incomprensión verbal no sea un problema. Aprendemos a distinguir el bien del mal y como consecuencia a comportarnos. Aprendemos la estructura de una sociedad, posiblemente aprendemos también a respetarla. Aprendemos como viajar y ver lugares lejanos. Aprendemos nuestros deberes, nuestros derechos (no significa que tengamos la posibilidad de avalarnos de ellos). Aprendemos las reglas que nos imponen.

Aprendemos, pero no significa que comprendemos. Para comprender hay que olvidar todo lo que se ha aprendido y empezar a amar como niños.


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5 octubre 2020

Confinamiento domiciliar

Hace unas semanas, no recuerdo exactamente qué día, nos confinamos. Es más, José se quedó aislado en una habitación. (La nuestra! Por lo que me convertí en la dueña del sofá).

Tuvo que acudir de manera presencial a una reunión de trabajo, en la zona de Castellana. Una reunión larga varias horas, con un grupo reducido de personas.
A la mañana siguiente recibió una llamada. Justo una de las que en este periodo esperas que no llegue. Una compañera se encontraba mal, le había subido un poco de fiebre y se sentía débil, síntomas que (junto a muchos otros) entran en el cuadro del Covid-19. Avisó que iba a hacerse una PCR y que una vez tuviera los resultado avisaría.

En nuestra casa, como supongo que en las de los otros compañeros de José, se encendió el estado de alarma y a pesar de que durante meses hemos leído y escuchado continuamente sobre el tema, hemos dudado sobre cómo actuar. Afortunadamente el servicio medico de la empresa de José nos guió sobre como actuar.
José no tenia ningún síntoma, pero empezamos a tomar precauciones. El estado de alarma oficial tardó un día más, cuando la compañera confirmó haber contraído el virus. No tuve miedo, pero prometo que mi nivel de estrés subió de golpe al máximo. Desafortunadamente no soy capaz de mantener “la sangre fría” cuando las circunstancias se tuercen y el pánico, en diferente medidas según el caso, me invade quitándome la capacidad de pensar.

Decidimos someternos ambos a la PCR. José fue por la mañana, yo por la tarde.
Llegué al centro, donde me quedé un par de horas en total, entre pasar por una sala y otra. Os diré sinceramente que estuve bastante angustiada, había mucha gente. Sin embargo los médicos parecían calmos y había pocos “astronautas”, eso me tranquilizó un poco.

El corazón me latía a tal velocidad que tuvieron que tomarme la saturación dos veces. Bien.
“Estoy muy asustada” Le dije a los dos chicos que preparaban los “palitos” para la prueba. “Me han dicho que duele mucho”.
No lo negaron.
Me senté en la silla, miré al techo y pum, un palito hasta arriba, donde las aperturas del cuerpo no son visibles. Se metió rápido entre mis mucosas y me exploró “cerca del cerebro”, así es como lo percibí. Fueron pocos segundos, luego otro palito hizo lo mismo en mi garganta, me provocó una leve arcada.
Se acabó. Había hecho mi primer test para el Coronavirus.

No se dar una explicación a lo que pasó, pero José nunca recibió los resultados del test que hicimos ese día. Mientras que a mi me llamaron al día siguiente para comunicarme que había dado negativo. Disfruté del alivio que las buenas noticias te regalan.
Durante todo el aislamiento domiciliar, José no tuvo síntomas, ni los más mínimos, ninguno de nosotros tuvo algo sospechoso. Por esta razón no hice el test a los niños, pero nos quedamos en cuarentena, sin cole, sin calle…. “sin vivir yo”. Sin los resultados de José, no pudimos estar juntos, él estaba confinado en la habitación de arriba, mientras tanto yo gestionaba el resto. Sé que no puedo compararlo con situaciones realmente graves, lo nuestro fue más una experiencia, pero salí de ello algo histérica. José decidió hacerse la serológica y resultó ser negativa. Probablemente nos confinamos sin necesidad, pero es lo que toca hacer, ser responsables y confiar.

Desde entonces es un vaivén de confinamientos, en el cole, en las oficinas….. y a pesar de que es probable que este virus lo pasaremos, la mayoría indemnes, sigue siendo un coloso que mata, asusta y que se ha empeñado en una batalla misteriosa. ¿Donde nos llevará?

¿Donde nos llevará?

Si os apetece podéis compartir conmigo vuestras experiencias. Estoy segura que serán de ayuda.


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28 septiembre 2020

Que bonito que nos hayamos encontrado en esta vida

Lui, empiezo a creer que la vida es un paréntesis entre eventos, a veces maravillosos, otras veces dramáticos.
Y que con treinta y siete años ha llegado el momento de aceptarlo, si así no fuese no estaré nunca en paz.

Anoche, creo haber tenido una crisis de ansia, me latía el corazón tan rápido que me despertó. Una luz débil entraba por la ventana del pasillo y apenas iluminaba. Ha sido raro mirar a mi alrededor, reconocer el suelo que piso cada día, las puertas que abro y cierro continuamente, los objetos que me pertenecen… sin sentirlos míos.

Una sensación de extrañeza me mordía el estómago, me he levantado para coger las flores de Bach y he vuelto a dormir.
He dormido, mal, pero hasta que el cielo se ha hecho claro. Estoy bastante orgullosa de cómo he aprendido a dominar las angustias.
Sin embargo aún me peleo con mis demonios interiores.

Tú me entiendes, porque nos parecemos también en esto. ¿De donde vendrá?…. Será algún rastro que me he dejado en el vientre de mamá y que tú has recogido….
Menos mal que nos anestesiamos mutuamente.

¿Sabes también que pienso? Que poner tanto esfuerzo en vivir con intensidad los eventos, nos distrae de la vida misma. La larga línea recta entre paréntesis curvos.
He estado ansiosa de enamorarme, de cumplir años, de hacer viajes, de destacar en algo… Hacer, hacer y hacer… Y nunca he realmente disfrutado del café de la mañana.

El café de la mañana no es un café cualquiera. Me lo preparo cuando la casa todavía está envuelta de silencio y abro las ventanas para dejar entrar el aire fresco. Es un momento de intimidad con mi día. Sé, que si por cualquier razón tuviera que dejarlo, lo echaría de menos.
Disfrutar de ese café significa aceptar la vida tal y como es, como acepto mis debilidades y las de los demás. Significa saber captar un momento fugaz que precede un día y hacerlo memorable.
Devolver la dignidad a las cosas desapercibidas, pues son más importantes aunque menos bulliciosas. Esos momentos que engañan con su aspecto sincero y sencillo pero son verdaderos oasis de tranquilidad.
Y lo bien que sienta la tranquilidad, no te das cuenta hasta que algo la amenaza.

Para mi los días de lluvia eran un verdadero coñazo, ¿te acuerdas? Era la primera pregunta que le hacía a mamá cuando nos despertaba.
La lluvia lo cambiaba todo, la silueta de la ciudad, mi humor, la ropa, mi pelo que se encrespaba sin arreglo. Un día de lluvia era un día malo para mi, porque así lo veía y lo convertía en lo que mi pensamiento proyectaba.

Años más tarde, la lluvia rompía en la ventana recortada dentro de la pared azul claro. En la habitación del hospital, sentada en la esquina de la cama donde descansaba mamá, miraba las gotas acabar su trayectoria y entendía que la lluvia no era mala en comparación con lo que había dentro de la habitación.
Entonces me había dado pena haber malgastado los días de lluvia con mi humor de mierda.

Los eventos tienen un comienzo y un fin. Lo de mi madre también había acabado dentro de dos paréntesis en la larga la línea recta.

Una última cosa y te dejo.

Al fin y al cabo, considerando que la vida no es más de lo que sucede día tras día. Una ducha caliente, los pasos sobre el asfalto de la calle, una comida, el camino hasta el colegio….
Aunque sea por un solo detalle, un gesto, una risa compartida, un abrazo, un examen que gira entre los pupitres para copiar, una pizza en familia, una carrera con tu hijo, un hombro sobre el que apoyarse, una mano para agarrar, un beso, un intercambio de opiniones, una mirada fugaz….

Aunque sea un instante solamente y aparentemente insignificante, si lo sabes leer, si lo piensas a posteriori con otra edad, cuando la vida ya pesa, puede que pienses:
Que bonito que nos hayamos encontrado en esta vida.


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18 septiembre 2020

La ingratitud de los hijos.

En Italia el colegio empezaba a las 8.00 en punto, así que mamá nos despertaba una hora abundante antes, cada mañana. Recuerdo que levantaba las persianas para dejar entrar la luz del día y luego apoyaba una mano sobre mis nalgas y me oscilaba lentamente de un lado al otro, como un masaje, hasta que abriese los ojos. Ese dulce balanceo me hacía el despertar menos traumático.
Repetía el mismo gesto con mis hermanas y luego iba a despertar a mi hermano. Cada mañana durante los años del colegio, mi madre nos despertó. Sin excepción.
También preparó cuatro desayunos, nos ayudó a vestir, nos calentó el baño con una estufa cuando el radiador no nos parecía suficiente en invierno, nos deseó buen día y nos besó en la puerta de casa.
Recuerdo su perfume a musgo blanco y jabón, al acercarse.
Cuando salíamos y la casa se volvía silenciosa, abría todas las ventanas para ventilar, ordenaba los restos del desayuno y se arreglaba para ir a trabajar.
Me la imagino con su peculiar prisa y cuidado a la vez, se subía las medias y se ponía la falda de tubo. La que conjuntada con una camisa fluida, es el “uniforme” con el que pintaría a mi madre.

Su forma de ser, incansablemente disponible nos ha permitido “aprovecharla” de día y de noche sin demasiados escrúpulos, a cualquier hora había una razón por la que chillar “mamma”.

También cuando nos hicimos mayores. Cuando durante mi oscuro periodo de ataques de pánico, la despertaba de improvisto por la noche, pues estaba convencida de que “me iba a morir” y ella me llevaba al salón, me tumbaba en un sillón y me abrazaba hasta que paraba de temblar. Cada noche durante un año se despertó y se quedó conmigo lo necesario. Mi necesario, pues sé que ella moría de sueño y de cansancio, porque no paraba, nunca.

El día en que perdí el tapón mucoso estábamos juntas en casa. Corrí a la cocina a decírselo, exactamente como hice la primera vez en la que se me mancharon las braguitas de sangre y me hice “signorina” (señorita) como me dijo ella.
Por la noche cuando las contracciones me doblaban y el resto del mundo dormía, ella se quedó sentada en una silla, animándome porque dijo: “sé por lo que estás pasando”. Compartimos un momento que nunca olvidaré, antes de saludarla con una sonrisa mojada de lagrimas, para de dirigirme al hospital con José y mis hermanas.

Desde aquel día, las despedidas en la puerta de casa fueron muchas, todas acompañadas de ininterrumpidas lágrimas. La más dolorosa la recuerdo con un niño demasiado pequeño en mis brazos y una maleta demasiado grande.

Sin embargo hay una despedida que nunca llegamos a celebrar con lagrimas y abrazos. Fue la transición de mi mamá a una nueva mamá.
Nunca imaginaría que pudiese pasarme algo así. Sé que las personas no cambian, lo he comprobado. Seguimos cometiendo los mismo errores, seguimos teniendo los defectos con los que hemos nacido, por mucho que intentemos mejorar. Pero mi mamá sí cambió. Un día se enfermó, de repente, típico de la vida cuando quiere ser cabrona.
Estuvo luchando durante un año, con uñas y dientes y nosotros a su lado. Lo logró, porque ella es una fuerza abominable. Pero su sonrisa cambió, sus abrazos se redujeron, sus mimos desaparecieron, a veces sin darse cuenta, simplemente por olvido. Su uniforme cambió, su cuerpo cambió, sus maneras…. Entonces nosotros, yo, sin querer hice unos pasos hacia atrás y luego siguieron otros pasos, y paré de pedirle cosas, paré de contarle cosas…. Paré de ser la misma hija, como ella paró de ser la misma madre. Me enfadé, no se con quién, pero me enfadé, todavía me sucede.

El otro día mientras me masajeaban los pies en la cabina de un centro de belleza, durante otro momento privilegiado de mi vida, lloré. Pensé en ella y me entró nostalgia en las entrañas. Pensé que aquel mansaje se lo merecía ella más que yo, que desde hace mucho no le doy los besos que ella me dio a mi durante muchos años, que no me quedo a escucharla cuando está triste o deprimida, como ella hizo conmigo cada vez que rompía con un novio.

Porque los hijos cogen, piden y esperan. Los hijos necesitan. Siguen necesitando también de mayores, y los padres siguen dando, preocupándose y ocupándose de ellos, también cuando son mayores. Es una relación escrita en las estrellas.
Por mi egoísmo “de hija” no soy capaz de corresponder el amor de mi mamá en la misma proporción, no soy capaz de devolver algo de todo lo que ella me ha dado.
Me consuela saber que lo viviré un día en mi propia piel y ese día, otra vez, me sentiré tan cerca de ella. Mamá.

Se dice que los niños son un milagro, pero poco se dice sobre el valor de las madres. Únicas.


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14 septiembre 2020

La familia es un pilar que en el tiempo se ha adueñado de detalles

El agua caliente, a pesar de que fuese verano, abierta en la modalidad “fuente” de la ducha, se derramaba sobre todo mi cuerpo en un denso mapa de gotas, que en caída libre creaba decenas de caminos entrelazados y sin salida.
Como de costumbre me perdí un rato estudiando las formas que tomaban vida entre las vetas del mármol, animales, cuerpos, caras obscenas, cuernos, orejas de conejos con rasgos de anciano…. En el techo una reciente mancha de humedad, ha revelado el cuerpo de una mujer embarazada.
Me di la vuelta dejando la cabeza libre, colgar hacia abajo. Di un rápido vistazo a mis pies, de un tono más oscuro por el sol y con las uñas pintadas de verde bosque. El único verde que tolero, sin la esperanza del verde claro, sin la vulgaridad del verde ácido, ni la tristeza del verde militar.
El agua esta vez me aplastaba el pelo de la nuca, dividiéndolo en dos grandes mechones que pesaban a los lados de mi rostro. En esta posición alcanzo un nivel de relajación casi perfecta y a veces es cuando pienso en cosas.

La revelación ha venido cuando todavía mojada y desnuda, me miraba al espejo mientras frotaba el pelo con una toalla. Por cierto es preferible no hacerlo, la forma correcta para secar el pelo es taponándolo con la toalla.
Me imaginé a las familias, a las mías, a las de mis amigos, a las que veo fuera del colegio, a las del parque, de la calle…. y se me ocurrió una comparación muy sencilla: los vaqueros Levi’s. Míticos para cualquier generación. Un concepto, aún siendo comercial, tan interiorizado como es la familia.
Una tal vastedad de modelos que para recordarlos, se llaman como matriculas, 501, 511, 527, 545….
Cada modelo, aunque sean de material parecido, casi idéntico, tienen pequeños detalles que les hacen diferentes. Como las familias, a pesar de la similitudes por definición, son diferentes las una de las otras.
Como cada cuerpo se adapta mejor a un modelo de levi’s, así cada familia tiene su propio código interno que desde fuera puede ser difícil descifrar.

La familia es un pilar que en el tiempo se ha adueñado de detalles, una costura diferente, una silueta más corta, larga, ancha….., un corte, un bolsillo….
Con el paso del tiempo las modas han modificado los vaqueros, así como la sociedad se ha modificado, originando nuevas tipologías familiares.
Ninguna menos valiosa que las otras, ninguna mejor que otra, solo diferentes.

Me acerco al espejo, miro el diastema que con los años se ha acercado ligeramente, recuerdo cuando de jovencita, una agencia de moda me había propuesto cerrármelo y yo no entendí el porqué; nunca había visto en un defecto, algo negativo. Para mi el diastema era como un nombre, una característica sin la que no hubiera sido yo, como la cicatriz que tengo en la mano, como los “párpados caídos”…. Recordé cuando el arte clásico me parecía el único arte, hasta que un día me di cuenta de que habían códigos trasversales que hacían las cosas interesantes. Cuando empecé a ver de verdad, descubrí que la apariencia da igual, que el resto también. Porque lo que cuenta, al final, es lo que te llevas contigo.

Vestido y bolso de Longchamp. Sandalias de Avec Moderation.


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8 septiembre 2020

Mi hermano

A mi hermano nunca le he dedicado un post, ni escrito una carta, sin embargo es una persona imprescindible en mi vida.

Le extraño de una manera plácida y constante. La despedida tras nuestras vacaciones me ha costado más que otras veces. Con un nudo en la garganta, cuyo sabor entre ácido y metálico, precede al llanto, mientras los largos brazos de un hombre de un metro y noventa abundante, me abrazaba.

Mi hermano es extrovertido e alegre, nunca se queja de nada y siempre le queda una sonrisa de repuesto, a parte de la que tiene constantemente estampada en su cara.
Está siempre de buen humor, pero tiene una característica. Sabéis los “culanes de chocolate”, que te sorprenden por su corazón de chocolate caliente una vez que rompe la coraza de pastel? Mi hermano también preserva una sorpresa en su interior, una conciencia silenciosa y que nunca reclama. La cosa peculiar de las personas como él, es que a veces no las recuerdas con exactitud. Me explico mejor, en muchos recuerdos del pasado, no recuerdo donde estaba mi hermano, a pesar de que se que siempre estábamos juntos, tengo unos huecos temporales de su presencia en mi vida.

Esas personas, sencillas y solemnes son como presencias intangibles.

A posteriori me lastima no tener mas vividos todos los momentos pasado juntos, aún así siempre he percibido su presencia en mi vida, su apoyo cada vez que lo necesito y su amor de hermano mayor, más cómplice que responsable, como a mi me gusta y como está en nuestras cuerdas.

Para mi es un hermano especial, como le decía a él: Mi hermano preferido. Y le añoro, mucho.

 

 


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3 septiembre 2020

La maternidad es un himno de la vida

Ya he tratado este tema en el pasado, pero quisiera volver a comentarlo, aprovechando que los niños se han dormido a una hora decente. El primer intento de vuelta a la rutina ha funcionado. Pero creo que dejaré la pagina abierta y volveré mañana, ahora voy a bajar para pasar un rato “de adultos” con José y arreglar los restos de un día caótico.

Hace unos días estaba comentando con unas amigas sobre un blog de maternidad, donde un grupo de madres, evidentemente agotadas, se desahogaban a través de comentarios algo sarcásticos sobre sus hijos.
Hace unos años me hubiera tomado mal esos comentario, incluso es posible que me hubiera enfadado. Para mi ser madre era lo mejor que me había pasado (sigue siéndolo), estaba enamorada de mi hijo y emocionada por sentir la explosión de un amor por encima de todo. Quien me lee desde el primer año de Mamma Mia, recordará que mis posts hablaban de lo maravilloso que es la maternidad.
Efectivamente Leonardo era un niño mediamente bueno y fue la razón por la que superé el primer año en Madrid sin depresión.

Con el paso de los años empezó a gustarme mi vida en Madrid y me sentí preparada para volver a ser madre.
Cuando tuve a mi segundo hijo, cambió mi perspectiva de la maternidad, todo lo que había sentido seguía existiendo dentro de mi, sin embargo nuevas emociones iban haciéndose hueco: la irritación por la falta de sueño, el estrés por no llegar a todo, la insatisfacción por no ser lo que quería, la frustración por las incomprensiones con la pareja….
Ser madre una segunda vez me puso a prueba duramente. Afortunadamente los niños se hacen mayores y la vida vuelve a recolocarse en el sitio en el que la había dejado. Aunque siendo madre, para el resto de tu vida.

Nunca planeé mi vida de mayor como madre, no me imaginaba una familia, me veía libre viajando por el mundo. Evidentemente la vida tenia otros planes para mi ☺
Tuve hijos relativamente joven por nuestra época, el primero con treinta años. Así que no llegué a sentir el ridículo peso de la edad que “marca el estado fértil de una mujer”, nadie llegó a decirme que se me “pasaba el arroz” o que iba a “vestir Santos”
No he llegado a sentirme fuera de lugar cuando a mi alrededor ya se habla solo de hijos….
Afortunadamente tampoco he vivido la discriminación en el trabajo, o la frustración de la imposibilidad de conciliar vida familiar y trabajo.

Aún así he pasado momentos duros en los que no he sido una madre ejemplar, (lo demuestra el hecho de que mis hijos se han aprendido solo palabrotas italianas ajaaaj).
La maternidad te lleva a los limites, pero aun más la sociedad con sus “valores” e idealizaciones, difíciles de alcanzar o incluso inaccesibles. La presión que ejerce ha llegado a manipular los comportamientos humanos y las relaciones. Cada vez más conflictivas y aumentado distanciamiento e intolerancia.
Las opiniones se han convertido en criticas, verdaderos ataques morales que están causando una “auto censura” magistral, de la que la mayoría ni se da cuenta.

Su reflejo en la maternidad ha sido drástico, desde la procreación a casi un obstáculo en la vida de muchas mujeres.

Finalmente os diré que defiendo la maternidad, pero concienciada;
Los hijos no arreglan las relaciones de pareja que no funcionan, no mejoran las condiciones sociales, no son aptos para aliviar el tedio.
La maternidad es una cosa seria. Tal vez lo más serio en una vida. La responsabilidad más grande que pueda tener un ser humano.

Los hijos son lo más valioso que tenemos y por ello es necesario cuidarles con devoción. Tener hijos no es mejor o peor, no es una obligación ni una falta. La maternidad es un himno de la vida, si quieres únete.


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31 agosto 2020

Regreso a Madrid

Hemos regresado a Madrid tras unas vacaciones inesperadas y muy agradecidas. La famosa vuelta al cole está a la vuelta de la esquina, esta vez más titubeante que nunca.
Hace un par de meses decidimos no renunciar a las vacaciones y empezamos a viajar por España y luego a Italia. Entonces me sentía más o menos consciente de la situación y algo menos preocupada, sin embargo la vuelta parece una nueva etapa a la merced de las olas.

Anteriormente las incertidumbres incumbían con otro peso, marginadas tal vez por el entusiasmo natural de la vida. En esta “nueva época” estamos sometidos a una mayor inestabilidad y obligados a creer en una existencia con muchos enigmas y menos lógica. Un proceso que para muchos requerirá tiempo para asimilarlo, para otros será más asequible.
En cualquier caso nos da mucho en lo que pensar.

Recuerdo septiembre como el mes de los cumpleaños y de los reencuentros con los amigos tras las vacaciones en familia.
De la vuelta al colegio con la piel morena y las asignaturas olvidadas.
De los diarios nuevos, con las páginas blancas para rellenar.
De la vuelta al trabajo, con ganas.
El trampolín para lanzarse en nuevos proyectos.
El mes para extrañar los amores del verano.
El comienzo de un año nuevo.

Septiembre era para mi un mes de amor y odio, positivo y negativo, pero algo real y concreto. Sin embargo esta vez lo acojo como un salto al vacío, un momento de transición sin una meta clara, un oráculo del que espero respuestas.

He disfrutado del verano y estoy profundamente agradecida por ello. Por otro lado estoy preocupada y no puedo parar de imaginar como será Septiembre, y Octubre, y los meses siguientes.
¿Los niños volverán al colegio? ¿Las oficinas volverán a llenarse, los transportes públicos serán seguros, los viajes seguirán estando al alcance de todos?
¿Como evolucionarán nuestras vidas? ¿Celebraremos la navidad con nuestras familias y amigos?

Siento acercarse la hipótesis de un nuevo confinamiento, o algo parecido y tengo la (espero que sea equivocada) sensación de que los daños económicos, morales y psicológicos, causados por la pandemia de esta Primavera, todavía no nos han afectado al 100% más bien nos queda un buen trozo de tarta por comer.
Son suposiciones sin fundamento, una reflexión personal que quiero compartir porque me interesa saber vuestro puntos de vista.

Voy a publicar las memorias de nuestras ultimas vacaciones, en Tenerife.

Espero que hayáis podido disfrutar del verano y que tengais un rico “patrimonio de recuerdos” para que el invierno sea más llevadero.


Playa de Taganana.


El Bollullo.


Santa Cruz de Tenerife.


Playa

 


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20 agosto 2020

Este verano

El verano 2020 lo recordaremos siempre como el del Covid y el de los rebrotes, de las mascarillas obligatorias y de la distancia social. Será el primer verano de la nueva normalidad.
Un verano que nos ha enseñado el misterio y la vulnerabilidad de los planes a largo plazo.
Un verano que puso negro sobre blanco a las leyes de la naturaleza y que nos reveló la capacidad humana de adaptarse a cualquier situación y pasar página.

No quiero olvidar nada de este verano, recordar las cosas malas para aprender de ellas y celebrar las buenas, porque de esto va la vida.

Este verano he conocido Ibiza, me he enamorado de una isla que nos ha regalado momentos felices en familia y con los amigos.

Este verano he vivido los reencuentros con las mismas ganas de la primera vez.

Este verano he disfrutado de las comidas con vistas al mar y de las copas de vino blanco, Viña Esmeralda entre mis preferidos, junto a mis amigos.

Este verano he jugado a las cartas como nunca y además he ganado cada partida ajajaj

Este verano he viajado con mi familia a la montaña, hemos paseado entre paisajes increíbles y dormido debajo del edredón en pleno agosto.

Este verano he pasado más tiempo con José y los niños y no obstante ha habido días interminables y agotadores; me he dado cuenta de que hemos creado un momento único y memorable, que recordaremos para siempre con nostalgia. Será el verano que nos unió más que nunca.

Este verano es un verano diferente pero si lo pensáis bien, las cosas están en constante evolución y nada sigue igual, nosotros cambiamos, nuestro alrededor cambia, si las cosas se quedarán iguales, si los momentos bonitos se repitiesen una y otra vez, acabarían siendo menos especiales.

Os propongo un brindis para este verano, con el deseo de que pase lo que pase, seamos personas felices.
Levantemos las copas, la mía es el blanco de Viña Esmeralda, aromático, fresco y además vegano y brindemos por nosotros.

Aprovecho también para animaros a compartir una historia especial de verano con amigos. La mejor de cada semana ganará una ilustración de la historia contada, que llegará además de en digital, en print junto con un pack con 2 botellas de Viña Esmeralda (blanco y rosé) para seguir creando historias inolvidables. Podéis participar al concurso también a través de la cuenta @vinaesmeralda en Instagram.


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