Mamma Mía

27 enero 2020

Mientras en Málaga

Hay noches mejores que otras, la del viernes pasado ha sido sin duda de las peores.
José y yo ingenuamente pensamos tener un momento para nosotros solos, hace tiempo que no compartimos aquella espontánea intimidad de pareja que los hijos te arrancan sin mucho decoro. Sin embargo las circunstancias nos privaron una vez más de nuestra oportunidad.
Orlando, que aguantó, bajo nuestro asombro, más o menos tres semanas sin enfermarse, tuvo una recaída tremenda que culminó el viernes pasado. Caímos rendidos los tres en nuestra cama, ya que Leonardo se quedó a casa de su tío. Eran poco más de las diez pero venía de una noche mala. El sueño se adueñó de mi cuerpo con una arrogancia que bien conozco y que hace que me duerma enfadada cada vez que estoy muy cansada. Durante las tres horas que se me concedió dormir, soñé con algo que olvidé en seguida. A partir de la 1.00, la noche se convirtió en un vaivén de lamentos, lloros, pañuelos, agua, pis, dibujos (la supervivencia va más allá de cualquier filosofía), Dalsy, reflexiones. Llegué a percibir ruidos desde la planta de abajo del piso, comprobamos que eran fruto de mi imaginación.
Deseé que llegara pronto la mañana y cuando finalmente llegó, quise posponerla.
La noche convierte todo en más sombrío, grave, enorme, si bien por la mañana seguía pensando que teníamos que ir a urgencia para que un pediatra visitara a Orlando.
Así que mientras mis amigos de camino a Málaga para los premios Goya, grababan stories en Instagram, yo me ponía un chándal para ir con mi hijo al Hospital.

La sala de espera estaba peor que la de hacienda un martes por la mañana. Las sillas no eran suficientes y mucha gente esperaba de pies, mientras los niños jugaban en el suelo.
El tren de influencers, actores y gente impecable dejaba la lluviosa Madrid, mientras el aglomerado de padres en “condiciones deseables” y que crecía cada minuto, fluía sin armonía por toda la habitación, manteniendo la mirada desconsolada y fija hacia la pantalla que marcaba los turnos de cada uno. Orlando y yo esperamos más de dos aburridas horas, durante las cuales pude hacer una comparación mental y bastante retórica entre “los que tienen hijos y los que no”.
Todos los que estábamos allí dentro teníamos sin duda peor cara, menos horas de sueño y una destreza excelente con los niños. No miento, deseé estar también en el tren de la alegría, pero a la vez me sentí en paz mirando a mi alrededor. Reconocí en cada padre y madre la conciencia de adulto que fue también niño, la que siento viva dentro de mi. El conocimiento construido con los sacrificios y la comprensión detrás de cada gesto dedicado a los propios hijos.
La realidad, cruda y densa, que con insolencia se manifestaba en la sala de espera de un hospital pediátrico, me pareció dramáticamente romántica.

El fin de semana se consumió con especial lentitud, casi asfixiante. No seguí los premios activamente, sinceramente no tuve la fuerza ni la voluntad. Aun así, la maternidad sigue siendo lo mejor que me ha pasado.


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20 enero 2020

Londres

No me gusta viajar en avión. En mi escala de “medio de transporte” sin duda ocupa la ultima posición. No es que no me guste en sí, tampoco le tengo pánico, pero nunca me subo en un avión con la misma tranquilidad de cuando bajo.

Los niños dormían cuando se encendieron las sígnalas de abrocharse los cinturones. Había turbulencia, lo notamos ya algunos minutos antes del aviso. Miré a José, que lo lleva siempre mejor que yo, a los señores de al lado que hablan y al azafato que me sonrió…. “Conmigo no cuela” pensé, se que deberías sonreírme también si nos estaríamos estrellando. Pero no es el caso. Solo es una turbulencia y es mejor acostumbrarse porque no nos deja tregua. Cuando faltan pocos metros al roce de las ruedas contra de la pista y el avión sigue a merced del viento, me pregunto si es posible aterrizar sobre una ala. En una película de acción probablemente si, en nuestro caso el avión vuelve a acelerar y a tomar cuota, otra vez estamos arriba. Durante unos segundos mis rezos se mezclan a unas palabrotas, que gracias a Dios el comandante interrumpe para avisar que a Madrid hay un viento muy fuerte y que no nos ha permitido aterrizar, así que vamos a dar un par de vueltas antes de volver a intentarlo. Bueno, ¡¿que subidón no?¡ Es justo lo que me apetecía escuchar… José no me mira, así que ya no se donde mirar, tengo una mano sudada encima de Orlando la otra ni me acuerdo de tenerla. Estoy poseída de una enorme ganas de poner mis pies en el suelo, familiar y seguro.

El viaje a Londres no fue por vacaciones, aunque lo alargamos de un día para aprovecharlo. Los niños participaron a una campaña de Zara kids y yo fue involucrada para el estilismo.
Alojamos en Shoreditch House, equivalente a un “Soho House” pero mantiene el nombre del barrio que lo hospeda. Conocí el club cuando iba a Berlín, pues José era socio y me enamoré, así que cuando estamos de viaje en una ciudad donde haya uno, intentamos quedarnos a dormir.
Os soy sincera, no es la mejor opción para ir con niños, pues al ser un club exclusivo hay reglas muy estrictas y hay algunas áreas donde los niños no pueden estar. Aun así me encanta.
Las habitaciones son pequeñas, pero bonitas y realmente dotadas de todos los conforts. Cualquier cosa te hayas olvidado, pues ahí está.

No puedo todavía enseñar nada sobre los días de shooting, hasta que no salga la campaña tengo que mantener el secreto, pero el jueves y viernes lo dedicamos principalmente al trabajo y dimos una vuelta por el barrio de Shoreditch, que está de moda para salir o ir a tomar algo.
El sábado quedamos con amigos en el Centro y paseamos por allí, mientras por la tarde fuimos al Tate Museum y a dar un paseo por London Bridge (donde hay unas vistas espectaculares). Cenamos con otros amigos, la comida no me gustó en ninguno de los sitio al que fuimos a ser sincera.
A las diez y media caímos redondos en la cama, ni la energía de Orlando pudo con ello.

Me gustaría poder pasaros más tips e información, pero la verdad es que no tuvimos suficiente tiempo para ver esta inmensa ciudad, que por cierto me ha encantado. Fue anteriormente una vez sola, en otra zona, pero recuerdo poco. Sobre todo estoy agradecida por haber podido disfrutar de este viaje con los niños, de que tengan la posibilidad de hacer experiencias como estas, de ver cosas diferentes, escuchar idiomas diferentes e aprender cada día a ser resilientes.

Os deseo una buena y ventosa semana.


Mi jersey es de Acne Studio. Las botas de House of Holland. Orlando lleva total look de Bobo Choses. Leonardo lleva look de Les Ecoliers. Zapatillas de una edición especial de Reebok  y The Animal Observatory.


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13 enero 2020

El tiempo lo cambia todo.

Había cosas que me hacían gracia, que me dejaban con la mirada tonta durante unos segundos y me parecían peculiares en él. Por ejemplo, cuando iba a Berlín a visitarle, José, solía prepararme para desayunar un zumo de naranja exprimido a mano, con sus propias manos. Me reía mucho.

De pequeña cualquier cosa que hacían mis padres me parecía bien, cualquier gesto suyo me parecía digno de un héroe, cualquier cosa que decían me parecía la adecuada. Sus besos eran mis preferidos y sus abrazos lo más anhelados.

Pasaron los días, los meses, los años y todas esas cosas cambiaron de ser graciosas a molestas, o inadecuadas, o sencillamente banales.
Los gestos perdieron su originalidad, las caras empezaron a repetirse, las novedades se convirtieron en rutina. El entusiasmo de los comienzos se afinó con el limar del tiempo.

El tiempo lo cambia todo.

Él, que por un lado nos cura las heridas y por el otro nos detiene en un limbo perezoso. Él, que nos hace sabios mientras nos forja la piel con arrugas y pliegues que aceptamos con dificultad. Él, que donde da, quita y donde quita, devuelve.

El tiempo ha cambiado los zumos de naranja, el sabor de los besos, el deseo, la mirada, la curiosidad. Te anima a huir de lo que has construido con amor y devoción. Solamente para cambiar y conquistar algo nuevo, diferente de lo que tienes. Así pues, volver a saborear el triunfo.

Entiendo que es la única forma de crecer y ser más fuertes, de superar el ego, de aprender…. Entiendo que tampoco vamos a cambiar la necesidad de emocionarse que tenemos. Entiendo que la vida es una lucha, más o menos dura, que hay periodos más o menos claros y que vacilar delante de ciertas situaciones es lo más natural. Entiendo que nos pasa a todos. Yo solo pido que José empiece a usar un exprimidor, porque en casa tenemos dos.

Me resulta difícil escribir en tono irónico, ligero, despegado. Me gusta el drama, siempre me ha gustado y además soy una apasionada de las preguntas sin respuestas. Pensaba darle otro rumbo, pero veo que no lo he conseguido, aunque el concepto es: todo cambia para volver a ser lo mismo. Una y otra vez.

El jueves nos vamos a Londres por un proyecto, no publicaré en el Blog pero os iré contando cosas y a la vuelta prepararé un post sobre el viaje.

Un abrazo y feliz semana.


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8 enero 2020

Mi familia no es una familia perfecta

Estas vacaciones han sido diferentes de todas las anteriores, más calladas y reflexivas, menos felices y caóticas, menos pasionales quizás.
Una mañana me desperté y me di cuenta de que mi familia no solo no es perfecta, si no que está muy lejana de la perfección. Durante años idealicé un modelo que no corresponde con la realidad, para no admitir que somos una familia como tantas o, en algún caso, puede que hasta peor. Preferí una familia ideal a la mía, a pesar de que mis padres nunca nos engañaron intentando aparentar perfectos. Necesité creer en algo más, una versión mejorada de la realidad.
He tardado tiempo para aceptar y perdonar mi hipocresía. La revelación llegó de rebote cuando tuve a mi propia familia. Se me abrió un mundo sobre lo que conlleva ser padre. Por fin tuve la posibilidad de mirar desde ambas perspectivas, y como madre estoy intentando rescatar a la hija decepcionada.

A pesar de ser consciente de mis límites y defectos, he buscado la perfección en los demás. He tenido la arrogancia de sentirme defraudada cada vez que no la he encontrado, mientras que hubiera sido más satisfactorio comprender que mis vacíos no son culpa de nadie, ni de mis padres ni míos, porque todos hemos actuado con el amor.

He deseado que mis padres fueran mejores padres, que mis novios fueran mejores novios, que mis notas en el colegio fueran más altas, que mis amigos fueran mejores personas. De manera egoísta, he exigido más a todos y también a mi misma, olvidando la humanidad que nos diferencia de las divinidades. Pues en el defecto veía la debilidad y en la debilidad veía el fracaso.
No ha sido fácil aceptar la equivocación, a pesar de la familiaridad entre nosotras y tampoco a ser menos pretenciosa, todavía me peleo con ello.
Me defino una persona espontánea y sincera, sin embargo me he mentido más de una vez para protegerme, pensando que la realidad, tal y como es, sería más peligrosa que mi versión decorada de ella.

Los años te curan de muchas tonterías y aunque esté solo a mitad de mi camino, me estoy haciendo una idea más fiel a lo que es la humanidad, ojalá un día pueda llegar a comprenderla y a amarla en lugar de condenarla.

Hijos no puedo prometeros ser la madre de vuestros sueños, pero os doy mi palabra de que jamás os mentiré o fingiré ser una persona diferente a la que soy realmente. Que jamás os esconderé mis debilidades ni maquillaré mis defectos para que no podáis verlos y así sentiros frustrados ante de los vuestros. Lucharé para que seáis capaces de aceptar los errores y las derrotas, porque serán muchas. Intentaré enseñaros ideales al alcance de la realidad, para que podáis volar alto sin quemaros con el fuego de las utopías.
Os decepcionaré miles de veces pero en cada una de ellas habré dado lo mejor de mi.

Con amor, mamá.


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2 enero 2020

¿Os acordáis cómo eran las vacaciones de Navidad sin hijos?

¿Os acordáis cómo eran las vacaciones de Navidad sin hijos?

Para empezar hay un factor clave que era la autonomía: las parejas no tenían compromisos familiares y cada uno hacia lo que le apetecía, si querían estar juntos lo estaban y si no cada uno hacía sus planes. Sin embargo cuando hay hijos, las vacaciones se reparten de manera equitativa entre las familias. Tus ganas pasan a segundo lugar junto a tus tradiciones. La adaptación es la primera cosa que cambia tras tener hijos, incluso cuando se trata de las vacaciones.

Con el paso de los años, las expectativas de un gigantesco árbol decorado y luminoso que domina el salón, a cuyos pies yacen infinitos paquetes de miles de colores y dimensiones, también se va suavizando. Los regalos en muchos casos los eliges tú mismo y te los compras. El árbol no importa que sea tan grande, incluso se puede sustituir por otra decoración más sencilla. Claramente hay personas con más espíritu navideño que yo, en mi caso he vuelto a hacer el árbol por mis hijos y aunque pasamos la navidad fuera, el 8 de diciembre montamos el árbol juntos.

Los regalos han vuelto a ser muchos debajo del árbol…. pero son todos suyos.

Noche vieja era una noche loca (sigue siéndolo para la mayoría de los jóvenes), luego pasó a ser una noche de fiesta con los amigos, luego una noche de cenas larguísimas, luego una noche de cenas cortas, hasta que llegar a la medianoche se convirtió en un reto, y si no fuera por los niños que parece que se hubieran tomado sustancias estupefacientes y están más animados que nadie, probablemente no lo conseguirías.

Las vacaciones han parado de ser vacaciones, se han convertido más bien en momentos familiares, para disfrutar juntos sin el estrés de los horarios o de las prisas. También son el momento donde más se discute, donde más nos enfadamos, donde más nos cansamos. Un periodo donde la belleza de estar juntos se mezcla con las ganas de que empiece el colegio.

Las vacaciones son un poco como la vida misma, como diría mi amiga Miri, agridulces.

He estado poco presente por aquí, supongo que vosotros también, hemos estado viajando y en unos días regresaremos en Madrid.
Orlando se ha roto un dedo jugando, es su forma de celebrar la llegada del año nuevo, con ímpetu.

Os mando un abrazo muy grande.


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26 diciembre 2019

Un lugar donde

Pensaba que la maternidad era una meta, que una vez logrado tener una familia, no necesitarías nada más. ¿Pero no es así verdad?

No se si meta o necesidades, sean más o menos, las palabras más apropiadas, estoy bastante confundida y terriblemente abstracta en mis pensamientos, aun así voy a intentar responder a esta pregunta que alguien me hizo hace unos días.
En mi caso la maternidad no fue una meta, incluso diría que nunca me he puesto realmente a pensar o planificar una meta, mi naturaleza favorece que las cosas se presenten y que yo esté preparadas para ellas. Estoy si, con esfuerzos y sacrificios, siempre.

Como hija he sido partícipe de una familia formada por miembros distintos el uno del otro, que en menor parte se han elegido, el resto se han encontrado. Es decir mis padres han elegido estar juntos y con su unión han generado cuatro hijos, entre los cuales estoy yo.
Como hija, me he despreocupado de crear o mantener armonía entre seis personas con características y gustos diferentes. He dejado esa difícil tarea a mis padres, yo solo me he dedicado a mi misma.
En mi segunda familia yo no soy hija, mi rol es de responsable, soy la madre. En este caso todo cambia, yo soy la que ha elegido y que ha generado, soy la que tiene que crear y mantener la armonía. Tarea complicadísima y que desconocía ya que nunca me preocupé por ello.

Aunque la maternidad no representa una meta, me he encontrado con ella en mi camino y me siento saciada. Sin embargo con el tiempo me he dado cuenta de que solo llena una parte de mí. A través de esta experiencia tremendamente real y viva, que me pone a prueba cada día y me hace vacilar, dudar, sentirme vulnerable o incapaz, estoy descubriendo que la fuerza, la respuesta, el pozo donde recurrir para seguir adelante, para ser feliz, eres tú misma. Y qué cualquier meta, por completa y próspera, no es suficiente sin la paz interior.

Si buscas la exhaustividad en la familia, en una relación, en la maternidad…. en cualquier cosa que dependa también de los demás en lugar que de ti, no la vas a encontrar.
Construye tu propia fortaleza en el interior, un lugar donde te sientas seguro, libre y feliz. Donde las personas entran y salgan, bastante sólido y flexible para que pueda vacilar sin romperse. Un lugar donde se queden tus creencias y valores sin prejuicios, donde no se le ocurra al miedo venir a buscarte, porque allí dentro está tu valentía y coraje.

Si hay un propósito por el año que viene, es leerme en lugar que solamente escribir 😉
Os deseo una feliz navidad.


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20 diciembre 2019

Feliz Navidad

Quisiera retrasar este momento. Lo hice pero ya no puedo evitarlo. He arrastrado tres maletas de diferentes tamaños y las he abierto en el suelo. Ocupan todo el espacio de la habitación y para llegar al armario tengo que pisar de puntillas los parches de suelo libre que quedan, como hacía de pequeña en el campo, evitando los charcos de lluvia.
Hacer las maletas me pone nerviosa y no solo el día en que me pongo manos a la obra, los días anteriores ya estoy pensando en qué llevar y haciendo listas en el móvil que no miraré. Me recuerda a cuando tenía que estudiar para un examen y mis amigas se iban de paseo ya que hacía un tiempo estupendo. Ni si quiera la idea del viaje me lo hace soportar mejor.

Esta semana me he despedido más que durante el año entero, de un amiga, de otra, de colegas, de los vecinos, de mi entrenador… Un abrazo, un beso, una palmada en el hombro, un mensaje, las promesas de nuevos planes a la vuelta, de nuevos encuentros, de viajes…. No me he ido y ya tengo ganas de volver para descubrir que vendrá después.

Las vacaciones siempre me han parecido una “síntesis mejorada de la vida”, empezando por las expectativas que cada uno confiadamente repone en ellas y por su vaivén de personas. Un incesante “reencuentro y despedida”, con sus glorias y dramas. Con sus paisajes y una nueva rutina que se sale de la cotidianidad.
Es la capacidad intrínseca en la naturaleza humana de adaptarse a la diversidad, aunque no nos damos cuenta pues aceptamos con entusiasmo un cambio despreocupado y a corto plazo.

Hoy me despido de vosotros, pero os seguiré contando cosas. Mañana nos vamos a Tenerife y en unos días a Italia.

Os deseo una muy feliz Navidad, sea donde sea, sea con quien sea.
Que podáis ganar a cualquier tristeza, amar a quien está con vosotros y asombraros de la vida.


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18 diciembre 2019

Así lo celebramos

La Navidad es la fiesta que más identifico con la familia, en Italia decimos “Natale con i tuoi, Pascua con chi vuoi” : Navidad con los tuyos, Pascua con quien quieras.
Sabéis lo que me gusta pasar el día de navidad con mi familia, ya os lo he contado muchas veces, pero también me gusta el periodo que precede al día de Navidad, envuelto en una magia especial, encendido de luces y alegremente decorado. Es cuando la ciudad me parece más viva que nunca, las calles están llenas de gente que compra regalos y que se reúnen para celebrar.

Nosotros aprovechamos para celebrar con una comida en casa, reparándonos del frío, a pesar del sol brillante que el sábado pasado nos regaló.
Os soy sincera, ya no tengo tanto tiempo para dedicar a los preparativos, pero hay algunas cosas que hacen de una reunión, una fiesta especial.

Las personas. Pocas y buenas, nosotros no tenemos familia en Madrid, pero estamos rodeados de amigos estupendos con los que siempre podemos contar.

La atmósfera. Navideña por supuesto, a parte del árbol de navidad, decidí crear un centro de mesa muy especial compuesto de una rama que decoré con bolas rojas y hojas de eucalipto. Luego la colgué del techo y el efecto es espectacular.

El vino. No es un secreto que me gusta mucho el vino.
Para mi es indispensable para acompañar a una rica comida, y aunque soy más de tinto, para las celebraciones navideñas veo más un buen blanco y un rosé para empezar. Como siempre he elegido los de Viña Esmeralda, porque tienen un sabor suave que queda bien con cualquier plato.

El panettone de mi pastelería, como buena tradición italiana. No hay Navidad sin él y nuestros comensales se han chupado los dedos.

La comida. También italiana, es lo que mejor se me da 😉 He preparado una pasta con calabaza y pecorino romano como plato principal y algunos entrantes. Por cuestiones de tiempo opto por platos sencillos y rápidos de hacer.

Los juegos. Los de mesa son nuestros fieles aliados, crean diversión y ahora que Leonardo ya participa, es el mejor plan en familia. Os recomiendo “código secreto” a nosotros nos encanta.

Según mi punto de vista no hace falta mucho más para una celebración digna de nota, la magia de la Navidad hace el resto.

Ya queda menos para las vacaciones, nosotros nos iremos el sábado. Os seguiré contando cosas, aunque con menos frecuencia.

Felices vacaciones.

 


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10 diciembre 2019

No hay Navidad que no desee estar ahí

La noche antes de la navidad, la que en España llamáis Nochebuena, nos reunimos todos para cenar. Hacemos el esfuerzo sobre todo porque es el cumpleaños del marido de mi hermana pequeña y también porque ya no hay muchas ocasiones para reunirnos, como lo era años atrás.
Abuelos, hijos, cuñados, nietos, cada uno deja su casilla y avanza sobre el tablero envuelto en el frío punzante y gloriosamente adornado de luces, para llegar a la meta: casa de mis padres.
La casa donde he crecido es un lugar que ya no me pertenece, sin embargo sigue conservando su espíritu acogedor y un montón de recuerdos felices que impregnan cada rincón, muebles y objetos. No estoy cómoda pero me gusta estar allí. Me gusta estar con mi familia, a pesar de que mi madre no se acuerda de la mitad de las cosas, a pesar de que mi padre está tan cansado que le cuesta mantener los ojos abiertos, a pesar de que estamos todos pendientes de que nuestros hijos no destrocen la casa, cosa que, además, casi nunca conseguimos. Aun así, no obstante la peculiaridad de la situación, la incapacidad de controlar los ruidos y de poner una mesa como Dios manda, la sensación de sentirme atrapada en un vórtice de caos desconsolador, no hay Navidad que no desee estar ahí con ellos.
Y quedarme mirando a las luces del árbol con mi madre cuando los niños se han dormido.
Y sentarme en los pies de la cama donde mi padre está acostado, para charlar un momento.
Y envolver los regalos, ponerle el nombre de quien lo recibirá y emocionarme pensando en todas las veces que mis padres han hecho lo mismo.
Y a mirar la luna y recordar cuando delante de la ventana del baño, nos juntábamos para mirarla, porque ahí estaba papá Noel sacando brillo a los regalos.
Y hablar con mis hermanos de tonterías que nos hacen reír a carcajadas.
Y jugar a la tómbola apostando dinero (sin luego ganar nunca).
Y comer más dulce de lo recomendable, gimiendo de placer con cada bocado.
Y saber que al día siguiente estaremos todavía juntos.
Y ver a mis hijos felices de estar en el que ha sido mi lugar durante años, el lugar que me ha visto crecer, que me ha acompañado durante mi camino hasta la que soy hoy.
Y probar aquella felicidad que solo las cosas sencillas y verdaderas son capaces de hacerte sentir.


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2 diciembre 2019

¿Qué hicieron papá y mamá para envejecer de un momento a otro?

El día de mi cumpleaños me levanté, como todos los días entre semana, a las siete y cuarto. La oscuridad de la noche aún envolvía la habitación y desde la ventana se filtraba una luz débil proveniente de alguna farola del patio. Un par de coches salieron del garaje, reconocí el ruido de la puerta de metal levantarse seguido de la pisada firme sobre el acelerador para subir la rampa. “Si ellos lo han hecho, puedo hacerlo yo también”, me decidí finalmente a salir del edredón, suave y cálido, que me tenía todavía de rehén. Fue entonces cuando pasó una cosa curiosa, tuve una espontanea erupción de llanto, un impulso natural de mi cuerpo, como si quisiera escupir. Es lo que hizo, escupió lagrimas calientes durante varios minutos, mientras yo no entendía la razón. Era el día de mi cumpleaños, mi subconsciente lo tenía apuntado y por cuanto mi actitud se creyese más lista, al final lo que está en el substrato de la conciencia, llegó a la orilla. No me he opuse. Encuentro cierto placer en el llorar y es maravillosamente liberador.
La sensación se fue difuminando con el paso de las horas, hasta desaparecer. Pero descubrí su proveniencia. El cumpleaños es una marca en la mapa de la vida.

Al día siguiente recibí este mensaje:

¿Qué hicieron papá y mamá para envejecer de un momento a otro?

Envejecieron…Nuestros padres envejecieron. Nadie nos había preparado para eso. Un bello día ellos pierden la compostura, se vuelven más vulnerables y adquieren unas manías “bobas”. Tienen muchos kilómetros andados y saben todo, y lo que no saben lo inventan.

Están cansados de cuidar de los otros y de servir de ejemplo: ahora llegó el momento de ser cuidados y mimados por nosotros. No hacen más planes a largo plazo, ahora se dedican a pequeñas aventuras como comer a escondidas todo lo que el médico les prohibió.

Tienen manchas en la piel. De repente están tristes. Pero no están caducos: están caducos los hijos, que rechazan aceptar el ciclo de la vida.

Es complicado aceptar que nuestros héroes y heroínas ya no están con el control de la situación. Están frágiles y un poco olvidadizos, tienen ese derecho, pero seguimos exigiendo de ellos la energía de una locomotora. No admitimos sus flaquezas, su tristeza.

Nos sentimos irritados y algunos llegamos a gritarles si se equivocan con el teléfono u otro equipo electrónico, y encima no tenemos paciencia para oír por milésima vez la misma historia que cuentan como si terminaran de haberla vivido.

En vez de aceptar con serenidad el hecho de que adoptan un ritmo más lento con el pasar de los años, simplemente nos irritamos por haber traicionado nuestra confianza, la confianza de que serían indestructibles, como los súper héroes.

Provocamos discusiones inútiles y nos irritamos con nuestra insistencia para que todo siga como siempre fue. Nuestra intolerancia solo puede ser miedo. Miedo de perderles, y miedo de perdernos, miedo de también dejar de ser lúcidos y joviales.

Con nuestros enojos, solo provocamos más tristeza a aquellos que un día solo procuraron darnos alegría. ¿Por qué no conseguimos ser un poco de lo que ellos fueron para nosotros?

¡Cuántas veces estos héroes y heroínas estuvieron noches enteras junto a nosotros, medicando, cuidando y midiendo fiebres! Y nos enfadamos cuando ellos se olvidan de tomar sus medicinas, y al pelear con ellos los dejamos llorando, tal cual criaturas que fuimos un día.

El tiempo nos enseña a sacar provecho de cada etapa de la vida, pero es difícil aceptar las etapas de los otros… más cuando los otros fueron nuestros pilares, aquellos para los cuales siempre podíamos volver y sabíamos que estarían con sus brazos abiertos y que ahora están dando señales de que un día irán a partir sin nosotros.

Hagamos por ellos hoy lo mejor, lo máximo que podemos para que mañana cuando ellos ya no estén más, podamos recordarlos con cariño, recordar sus sonrisas de alegría y no las lágrimas de tristeza que ellos hayan derramado por causa nuestra.

Al final, nuestros héroes de ayer, serán nuestros héroes eternamente.


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