Mamma Mía

29 noviembre 2020

Bizcocho “Camilla”

Este fin de semana ha sido especial porque ha venido de vacaciones un conejito que se quedará dos semanas con nosotros. Mimmo es de un amigo que se ha ido de viaje y lo vamos a cuidar hasta que vuelva. Mimmo no es su nombre pero nos gusta llamarle así, además le queda perfecto.

Para celebrar su llegada he preparado un bizcocho de zanahoria y aquí os paso la receta.

En Italia la llamamos Camilla.


Ingredientes x 8 personas.

Zanahorias 250 gr
Harina 00 300 gr
Harina de Almendras 120 gr
Zumo de Naranja 150 gr
Azúcar 200 gr
Huevos 110 gr
Aceite de semillas 100 gr
Ralladura de 1 naranja
Levadura 16 gr
Aroma de Vanilla 0,5 cucharita


Preparación:

Lavar y cortar en trocitos las zanahorias y triturarlas finemente con un termomix.
En una cacerola poner el azúcar, los huevos y el aroma de vainilla y batir con una batidora. Añadir el aceite y la ralladura de naranja. Seguir batiendo el compuesto.
Añadir las zanahorias. Trabajar el compuesto hasta obtener una crema homogénea. Añadir la harina con la levadura.
Incorporar la harina de almendras y el zumo de naranja.
Untar el molde y vertir el compuesto*.
Poner en el horno precalentado, durante treinta minutos aproximadamente.

EL TIEMPO DE COCCION VARÍA SEGUN LA TIPOLOGIA DE HORNO Y DE MOLDE.

*Lo ideal sería un molde en forma de cúpula, en este caso se debería untar con aceite y harina y la cocción duraría más tiempo, una hora aproximadamente.


He polvoreado el bizcocho con azúcar glass.

Buen provecho.


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26 noviembre 2020

Cumpleaños Feliz

El día de mi cumpleaños, al despertar siempre había un regalo que me esperaba en algún punto de la casa. En la mesilla de noche, encima del zapatero, en el sillón de la cocina…. Mamá lo compraba y por la noche lo envolvía cuidadosamente con papel de regalo. Con el paso de los años, habilidades como la “investigación”/lógica…. Me dieron las suficientes pistas como para notar que el papel a menudo coincidía con el de la pastelería. El color marrón inapropiado para un regalo y mi apellido repetido simétricamente en color crema, no me dejaron duda. El descubrimiento me dejó indiferente, solo me importaba el contenido. Encima me he dado cuenta de que he heredado la fanfarronería de mi madre al hacer los paquetes, podría envolver un regalo con papel higiénico si fuese lo único que tengo en casa, pero siempre con creatividad y buenas intenciones.

Una vez preparado el regalo, lo dejaba donde al día siguiente lo encontraría. O tal vez estremecida de cansancio se lo olvidaba en algún sitio y por ello cada año lo encontraba en un sitio diferente. Nunca se lo he preguntado.

Luego me iba al colegio y mamá a trabajar.

Mi padre era el ultimo en felicitarme y siempre porque alguien se lo había soplado, pues él no se acordaba ni del suyo. No por escasa memoria, ni por falta de ilusión, más bien por un tema de desinterés. No me lo tomaba mal, lo aceptaba porque era parte de su forma de ser. Cuando llegaba desde el trabajo, me cogía en brazos y me tiraba de las orejas tantas veces como años que cumplía.
Una tradición italiana que jamás llegué a comprender y si se lo permitía a mi padre, era solo por el hecho de serlo. No podía imaginar nada más vergonzoso que a un adulto casi desconocido, tirarte de las orejas. En otras circunstancias sería considerado una especie de maltrato, mientras el día del cumpleaños se convertía en un gesto lícito.
Y podía suceder en cualquier sitio, en la misma calle mientras paseaba tranquilamente, por ejemplo. Una voz te chillaba desde la otra acera: “¡Ven aquí cumpleañera!” Y se esperaba a que te acercases, como si fuera lógico, en lugar que una explicita humillación delante de tus amigos.

¿A quien se le ocurrió esta chorrada? Lo buscaré en internet y os lo contaré.

Después de felicitarme papá sacaba la tarta hecha con todo y el mismo amor que aplicaba en cada creación de repostería, pero con muchas decoraciones, mi nombre en chocolate y las velas.
Los abuelos, los tíos y primos más cercanos – en todos los sentidos, pues vivían en el mismo edificio- se juntaban para el ritual de la tarta.
Se cantaba Cumpleaños Feliz, se apagaban las velas, se comía la tarta, los mayores bebían moscato, hasta la hora de acostarse.

Mis padres me educaron en la sencillez, tal vez pecando de demasiada humildad pero era feliz, no me hacia falta nada más. Mi cumpleaños era un día diferente y me gustaba ser la protagonista.

Solo más tarde descubrí las celebraciones a lo grande, los cumpleaños que parecen bodas, las exageraciones, la megalomanía, la abundancia. Nunca me sentí identificada, pero participé en el teatro. Mis cumpleaños acabaron en manos de personas con actitud menos modesta que la de mis padres, la mayoría de las veces eran novios con grandes proyectos y pocas probabilidades.

Más regalos, más caros, más velas, más besos, más gente, más años…. Entonces me confundí. Confundí el concepto de prioridad y de importancia.

Pasé de ser la protagonista a la reina, lo disfruté, sabiendo que era un día o una noche y que al día siguiente volvería a ser yo. Libre de una corona pesada y de un trono incomodo.

Hoy cumplo treinta y ocho años, Leonardo ha venido a felicitarme a la cama, con besos y abrazos, su hermano se ha despertado enfadado. José me ha dejado treinta y ocho notitas pegadas en la mesa del comedor. Me he acordado de los primeros cumpleaños celebrados juntos.
Poco a poco me llegan mensajes de felicitación de familiares y amigos. Se que mis padres serán los últimos. Ahora que mi mamá no recuerda las fechas, serán mis hermanos quién se los recuerde a los dos.
No hay ningún regalo esperándome en algún punto de la casa, envuelto en el papel de la pastelería.
Me estoy haciendo mayor, mis prioridades han cambiado, el interés en esta fecha pierde consistencia, puede que sea lo que le pasó a mi papá.

Es jueves, se parece al anterior y posiblemente al próximo, si no fuera para la lluvia que nunca me ha gustado, me recordaría al día que dejé el hospital con Leonardo recién nacido en mis brazos. Mi padre vino a buscarnos con el coche al hospital, hacia un sol maravilloso y fue mi primer cumpleaños como mamá.

Le dije a José que ya no me despierto con la ilusión de un día especial, hace unos años pasó algo que me hizo entender que cualquier día es especial si todo va bien.

Hoy celebro un día más de vida.

Para que todos los días sean mi cumpleaños y mi cumpleaños todos los días.


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23 noviembre 2020

Tan cerca

Dedicado a quienes infravaloran las relaciones, a cuán difícil es estar juntos y seguir amándose cuando ya no parece una prioridad.

Dedicado a lo que fuimos.

 

TAN CERCA

Hemos estado tan cerca hasta perder los confines que garantizan el fin de uno y el comienzo del otro. Nuestros cuerpos han estado pegados en una única figura, fundidos al unísono a cualquier hora. No hemos sido capaces de saciar el hambre de besos una mañana de frío. Las ganas nos han devorado los propósito, robado la compostura, despertado por la noche.
He estado hablándote sin proferir palabra, mirándote para verme a mi misma. Nos hemos sentido invencibles, capaces de derrotar cualquier cosa que se interpusiese entre nosotros. Lo hemos hecho, hemos ganado una y otra vez y hemos celebrado nuestra bravuconería.
Nos hemos amado minuto a minuto y llenado cada ausencia con llamadas y mensajes. Hemos soñado con nuestro futuro, bromeado sobre los nombre de nuestros hijos. Nos hemos enfadado para hacer la paz.
Hemos sido lo más importante el uno para el otro, el mejor plan del día. He sentido las mariposas en el estomago cuando te he visto, cuando me has rozado. Hemos compartido vino, chistes, ropa, cama, casa….

Hemos sido cómplices. Tremendamente Bonnie and Clyde. Dos colores complementarios, dos sabores que coinciden, dos tramas que se entrelazan. Hemos hecho lo correcto, dejando a libertad penetrar nuestras emociones y a la llama guiar nuestros corazones.

Nos hemos amado bien.

A veces parece un sueño. Si no fuera por el dolor que mantiene activo mi cuerpo. Si no fuera que cada cosa me recuerda a nosotros. Si los recuerdos desvaneciesen junto a tu presencia sería fácil creer que no hayas existido nunca y que nuestra relación fuera solo fruto de una imaginación.

Sin embargo la silla donde te sentabas está vacía y nadie comparte conmigo la copa de vino, antes de cenar.
La cama es demasiado grande y soy incapaz de ocupar el lado que te pertenece, pues todavía es tuyo.

Las sumas siempre dan un resultado más alto, pero en las relaciones pasa algo extraño, en las relaciones las sumas restan. Cada brecha, da igual las dimensiones, se depositan en un almacén que se va llenando. Algunos almacenes son más grandes, otros tienen un encargado de limpieza, en cualquier caso siempre que llegue una brecha, algo pasa en la superficie.

Como las sustancias recorren al cuerpo a través de la sangre, los sentimientos siguen los impulsos que llegan desde el almacén.

Y poco a poco las mariposas vuelan a otra parte… Los pensamientos se encierran…  Las palabras se silencian… Las ausencias se convierten en oxígeno… Los planes cambian… Las prioridades cambian… Los besos escasean… Los deseos son descontados… Las peticiones se empoderan… Las necesidades confunden. Y el amor se cansa.

Así fue como de amantes nos convertimos en dos desconocidos.


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16 noviembre 2020

Una fragilidad generosa

Desde que hay menos distracciones me he convertido en una atenta observadora de la vida dentro casa, me fijo en todos aquellos detalles que componen nuestros días y que normalmente pasan desapercibidos.
La inmovilidad exterior refleja dentro de casa algo nuevo cada día. Y lo noto. Soy un ojo despierto y una mano que apunta momentos en una libreta.

Lo cotidiano se ha desproporcionado creando una lectura macroscópica de todo lo que me rodea; miro, escucho, siento y pienso con un sentido más. He desarrollado un interés que me recuerda al de los niños, como si volviese a vivir desde el principio, concentrada en lo que está pasando ahora.

Especialmente detengo la atención en mis hijos.

Cuando la noche cubre la ciudad y los niños callan, el cubo de plexiglás relleno de ratones de peluche se enciende. La mínima incidencia de su luz sobre los objetos crea un juego de sombras que transforma el paisaje de toda la habitación. Observo el cambio y luego las siluetas de mis hijos, estiradas dentro de pijamas ajustados, que solo pocos meses atrás les quedaban grandes. Es asombrosa la velocidad con la que un cuerpo crece, con sus órganos y huesos, todo con una proporción didascálica.
Capturo la imagen de sus piececitos, que todavía conservan dimensiones entrañables y cuyos deditos sudorosos son trampas para pelusas de calcetines.
Que no crezcan pienso, son un cofre de ternura que desatan ganas de besos en cualquier madre.

Las tardes son teatro de monólogos a dos voces durante los juegos solitarios. Cada uno ocupa su espacio del salón. Las piernas dobladas bajo el peso del cuerpecito, el flequillo oscila a ritmo del respiro, las manos se levantan rítmicamente en el aire sosteniendo algo con los dedos que supuestamente debería volar. Sonidos indescifrables y levemente babosos rompen los monólogos y preceden la solicitud de compañía. “¿Mamá juegas conmigo?”
Distraída me siento en el suelo y me dejo involucrar en la actividad.

Por la mañana concentrándome en sus pasos es más fácil desenfocar el carnaval de mascarillas de cada forma y color a mi alrededor y olvidar lo que me suscita pena. Pasos pequeños y seguros hacia una dirección aprendida de memoria, no se detienen ni en la puerta, para despedirse de mi mirada.
Mi colegio estaba a cincos minutos andado de casa, mi madre se despedía en la puerta de casa, mi padre ya estaba trabajando. Iba con mis hermanos y mi prima, repartidos en dos filas como soldaditos con mochilas demasiado pesadas, rompíamos las filas para cruzar la calle y la recomponíamos en la otra cera con diferente orden. Nos saludábamos al entrar y quedábamos a la salida para volver a casa.

Acojo a los besos como bendiciones a tiempo determinado. Son frecuentes y descarados al principio, por ello sin querer se disfrutan a medias pues hay abundancia. Sin embargo con los años se hacen más castos y cada vez más apresurados. Son las manecillas del reloj que indica el paso del tiempo. Así que un beso vale cien mil. Es un consuelo para mi que ellos desconocen, lo he descubierto ahora que soy madre y deduzco la añoranza futura de ciertas efusiones. Ahora que reconozco el remordimiento de haber dejado a la madurez quitarme la espontaneidad de ciertos gestos.

Este extraño periodo me hace ser la autora de un dibujo enriquecido de detalles y estoy descubriendo una fragilidad generosa.
Hay muchos puntos por unir antes de crear una figura misteriosa. Tal vez nos pasamos la vida uniendo puntos para adivinar que hay cuando la línea llegue al último punto. Tal vez.


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9 noviembre 2020

Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo…

He hecho pan, por primera vez. Tenía un paquete de levadura para pan sin estrenar y necesitaba una distracción para mi dolor de muela. En la indicaciones, detrás del paquete parecía extremadamente sencillo, me ha sonado a trampa, pues meses atrás ya me había peleado con una masa para brioche, pero he decidido probarlo igualmente.
He mezclado los ingredientes, puede que le haya puesto un poco más de agua – tengo la extraña costumbre de no seguir las recetas al pie de la letra, las leo y las interiorizo confiando en mi instinto, cosa que no siempre funciona – . De todas forma, la pelota entre mis mano tenía un aspecto prometedor.
La levitación también me había parecido estar dentro del los parámetros de un éxito sin pretensiones.
He decidido que podía presumir de estar preparando pan para el desayuno y he enseñado la masa en levitación a la familia.

La noche no ha sido de las mejores, a las 3.00 en punto me he despertado con un dolor insoportable en la boca, me he tragado un Nolotil retorciéndome por su tremenda amargura y he esperado sentada en la cama a que su efecto se empoderara de mi cerebro, comandando al resto del cuerpo de olvidar el dolor. He vuelto a dormir y he sudado mucho.

Por la mañana me encanta airear las habitaciones, a pesar del frio, a pesar de la lluvia. Mi madre lo hacia, abría las cortinas y las ventanas por completo. En invierno se nota el fresco entrar y me da una sensación de limpieza que amo. Una vez completado el ritual, me he hecho una ducha ardiente y he bajado a hornear mi criatura.

El café frio no sabe igual, a menos que sea el café con hielo que me pido en verano. El café enfriado es la negación del café, es un placer al que se le quita el componente “placer”, aun así no soy capaz de sustituirlo por otra cosa y me lo tomo mientras el pan se va dorando.
Cuando lo saco del horno nos reunimos a su alrededor, mirándolo enfriar, como el café desaparecido dentro de mi garganta. Orlando lo toca continuamente, está muy interesado en probarlo.
El hecho de que pueda cortarlo con el cuchillo pequeño me da esperanzas, no está para tirar. El pan se deja seccionar sin muchas protestas. Encarna a la perfección mi expectativas: la costra incluso las supera, el interior es compacto, extremadamente compacto, como me lo imaginaba, mañana probablemente será para tirar. La levitación es un como una relación de amor, si no la pillas con ganas no va a funcionar. Necesita entrega, atención, cuidado…. Amor, interés… Me seguiré enfocando en mi relación y dejaré de hacer pan, después de mi primer intento.

Me preparo otro café para enfriar, fuera chispea, los niños llevan una hora jugando a mi alrededor. Enciendo una vela – he entrado en una etapa “VELAS PERFUMADAS” que me está produciendo mucho placer y que va a durar bastante considerando la cantidad de velas acumuladas durante mi periodo “sin velas”.
El conjunto de música jazz de fondo y de la vela con olor de canela, crea inmediatamente una atmósfera navideña que me transmite paz.
Los niños irrumpen de vez en cuando en la átmosfera, como la mano que frota en un cristal empañado. No me molesta, son parte de la magia navideña de un lunes de puente.
Por favor que siga el día tan sencillamente bonito. Por favor.


He imaginado que dentro de mi pan hubieran tres frases escritas en un papelito, como el de las galletas chinas.
Os dedico las tres frases.

“Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo…
mira para atrás, para todo el día recorrido,
para las cumbres y las montañas,
para el largo y sinuoso camino que atravesó entre selvas y pueblos,
y ve hacia adelante un océano tan extenso,
que entrar en él es nada más que desaparecer para siempre.
Pero no existe otra manera.
El río no puede volver.
Nadie puede volver.
Volver es imposible en la existencia.
El río precisa arriesgarse y entrar al océano.
Solamente al entrar en él, el miedo desaparecerá,
porque apenas en ese momento,
sabrá que no se trata de desaparecer en él,
sino volverse océano”
Khalil Gilbran.

El árbol está delante de la ventana del salón. Lo interrogo cada mañana: “¿Que hay de nuevo hoy’?” La contestación llega sin vacilar, llevada por centenas de hojas: “Todo”.
Christian_bobin

Cuando la tempestad se acabe, probablemente no sepas ni tú, como la has atravesado y has salido vivo.
Haruki Murakami



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3 noviembre 2020

Ven a vivir conmigo

Texto de Michela Murgia. Republica.it

“Cara no reconocida”, me dice el móvil cuando intento desbloquearlo con el reconocimiento facial. Como él, yo también con la mascarilla no reconozco a las personas. La pérdida de familiaridad es uno de los efectos colaterales más pesados de esta pandemia: todo se hace amenazantemente extraño. El hecho de que el virus sea por transmisión afectiva nos está obligando a redefinir el concepto de intimidad y en el próximo y previsible confinamiento tendrá la extrema consecuencia de obligarnos a elegir quien queremos tener la garantía de considerar “vecino” también por la ley.
Tendremos que pensárnoslo solos, puesto que el gobierno ya ha demostrado  tener en la cabeza una idea de la sociedad (italiana) que no es la real. Lo ha hecho durante el primero lockdown, cuando en cierto punto hemos recibido el permiso de frecuentar solo la categoría misteriosa y aleatoria de “familiares”, una palabra que para millones de personas no significa nada desde hace años. En Milán el 45% de los núcleos familiares está compuesto de una sola persona y en Roma el porcentaje sube al 52% Según los datos Istat, las familias unipersonales ya son un tercio del total y los singles por elección o por caso representan el 35% de los dueños de casas. Las relaciones han cambiado, sin embargo las instituciones siguen fingiendo que la sociedad (italiana) esté fundada sobre la familia compuesta de una pareja con hijos. Una de las muchas personas que en estos días ha acusado mal el golpe del cierre de teatros y cines ha escrito en las redes sociales: “Me gustaría que parasen de proponer una representación monocorde de la vida que presupone la existencia de una familia clásica y que ata a esta nuestra felicidad, el bienestar y la realización de las necesidades individuales y sociales esenciales a la existencia.
Para los que no tienen esa familia , la privación de la “socialidad”, del cine los jueves, del teatro los domingos, del deporte en compañía es dolorosa pues  justo en ello consiste sus vidas”.
Es por ello que los amigos solteros o sin hijos a mi alrededor, ahora se encierran en círculos de seis personas que hacen el pacto de frecuentarse solo entre ellos. Memores de la angustia solitaria del primer lockdown, después del cierre de los lugares sociales y del toque de queda, muchos están haciendo aparecer en los salones los poufs hinchables y los sofás-cama, proponiéndose convivencias solidales y cualquier cosa que pueda generar protectoras familiaridades temporáneas.
No es suficiente protegerse del virus, tenemos que proteger también nuestra capacidad de relación. La velocidad del contagio ahora no nos deja ninguna posibilidad: si queremos vivir y hacer vivir estamos obligados al confinamiento. Aun así podemos cumplir el acto creativo de transformar en físicas las emotividades cercanas y decidir que el confinamiento no significa soledad. Si podéis, pedid a una persona querida de evaluar una convivencia amistosa de un mes. Elegimos una cara cotidiana, una sola, que nos conserve viva la capacidad de reconocer a todos los demás.


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26 octubre 2020

Si, el amor basta

Un día le reproché a mi padre no haber estado lo suficientemente presente, me refería principalmente a un “estar” físico. Pues mis padres trabajaban todo el día y por ello pasaban poco tiempo con nosotros.
Recurrí a palabras fuertes para dramatizar el concepto y con la intención de herir. Después de un silencio, mi padre me pidió perdón y dijo:
“Pensaba que el amor bastaría”.
La relación con mis padres es sincera y respetuosa, estamos muy unidos, toda nuestra familia lo está. No tenemos secretos, nos conocemos, nos entendemos y nos apoyamos sin juzgarnos. Tenemos un fuerte apego fundamentado en la libertad, mis padres encarnan lo que decía Holding Carter “Solamente dos legados duraderos podemos aspirar a dejar a nuestros hijos, uno: raíces, el otro: alas”.
Así que nos han acompañado y luego nos han dejado libres, de ser lo que queríamos, de ir donde deseamos.
Sin embargo he extrañado su presencia en ciertos momentos de mi vida, me hubiera gustado que me acompañasen más, aun sabiendo que no podían.

La frase que me dijo aquel día no cambió los hechos, pero me hizo entender, ver las cosas desde su perspectiva en lugar que desde la mía. Los limites de un padre ante las necesidades de un hijo. Me sentí más ligera, incluso pensando en mi camino como madre.
Comprendí que mis padres me habían enseñado la vida con honestidad, los limites y errores. Somos tus padres y te amamos, esto no significa que no te fallaremos, que no nos equivocaremos, que sermos lo que tu deseas.

Estuve luchando con la idealización de una familia impecable y la frustración de no replicar mis vacíos con mis hijos. Ansiosa de personificar un modelo de madre perfecta.
Hasta que mi padre aquel día sentado en el sofá tapizado amarillo, me dio otra lección, cuando me dijo que pensaba que el amor bastaría.

Si, el amor basta.

Y la verdad, pues es la única cosa capaz de derrotar al miedo, de liberar y crear a personas empáticas. Lo que he aprendido de mis padres no depende de las horas que me han dedicado, sino de los valores que me han transmitido.
De su sinceridad en mostrarme que a veces no han estado a la altura de mis expectativas, probablemente yo tampoco he sido siempre una hija modelo. Y por ello los admiro, por haberme dado raíces solidas y alas ligeras.

Teresa de Calcuta decía: “Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida”.


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22 octubre 2020

La sopa del viernes

Cada viernes mi abuela materna cocinaba una sopa de legumbres y verduras. La cantidad de legumbres debía de ser mayor respecto a las verduras, porque recuerdo que era de color marrón. También recuerdo que había muchas alubias, culpables de nuestras quejas. Lo bautizamos “il minestrone del venerdí” – La sopa del viernes, pues no había viernes sin sopa, ni sopa sin viernes.
Supongo que el habito de cocinar las mismas recetas en días específicos era común en esa época y más en las familias de campo. La tradición de dicha sopa pasó de generaciones, hasta la mía, la cual le puso fin.

Hoy parece haber empezado el otoño, no por fecha, sino que tras el verano, es el primer día cuya composición: lluvia, gris y aire fresco, es digna de un taller otoñal del colegio. Con hojas y castañas que los niños pegan sobre cartón con pegamento licuado.
He vuelto a casa pronto, sorprendentemente no había trafico a excepción del tramo que llega a la puerta de la escuela. Ahí, en pocos metros, se concentra una aglomeración de gente cuya intención es cumplir el distanciamiento social, pero el “déficit urbanístico” lo complica todo.

He pedido una playlist de música jazz a Alexa y me he preparado una taza de chocolate caliente, me pareció mejor opción que una tercera taza de café.
Entonces recuerdo que cualquier cosa que ingiero, ya sea solida o liquida, hace que el dolor de la muela sea más fuerte, así que me coloco en el sofá de cuclillas, con la cabeza apretada en un cojín y dejo a la mente galopar libremente… La comida, el post, aquel mail, la brioche de mi pastelería, la pastelería, mi familia, el tiempo, navidad, la ropa oscura para lavar, la revisión del coche, el titulo de una película francesa, el libro que no consigo acabar, una cara, el año pasado, la canción que canta Orlando…. El ordenador sin memoria, yo sin memoria, el patio de mi casa, los juegos, mi abuela que nos lanzaba chicles desde la ventana, mi abuelo, la sopa del viernes…. ¡LA SOPA DEL VIERNES!

Mi mente desde siempre, es incapaz de descansar, es otro órgano, impalpable y un poco chiflado, que origina unos pensamientos tras otros, muchas veces sin lógica aparente.
Así, esta mañana me he acordado de mi discrepancia con la tradición del viernes y de todas las veces que se lo dije a mi abuela, sin preocuparme de ofenderla. Era niña, no entendía. Pero ahora que he crecido, no sé qué daría por poder volver a sentarme a esa mesa un viernes al medio día y disfrutar de la sopa, piropear a mi abuela y darle la gracia, sabiendo que un día me acordaría de ella con las lagrimas en los ojos.

A veces las intenciones son más importantes que el resultado, la dedición y el amor con el que se hace una cosa es el verdadero éxito, la satisfacción personal que no siempre coinciden con el reconocimiento colectivo. Mi abuela sabía que un día la apreciaría.

Ai miei nonni, una parte importante del mio passato e che rimarrá sempre con me.


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19 octubre 2020

La luz de la tarde en Octubre… (en mi salón)

La luz de la tarde en Octubre es de una belleza poética, filtra polvorosa por la ventana iluminando los objetos con dulzura. Es capaz de transformar completamente la atmosfera de una habitación. Me recuerda a la escena interior de una pintura Romántica.
Acurrucada en la silla, revestida con terciopelo azul aguamarina, acabo de un sorbo mi café caliente y apoyo la taza encima de la mesa. Desafío a un rayo de sol, como hacía de pequeña, cuando miraba fijamente al sol para ver si era capaz de mantener los ojos abiertos. Una vez más pierdo. La bella luz de Octubre, todavía lleva un sendero del verano que la empodera y te obliga a cerrar los ojos.
La dejo envolverme, percibo su calor sobre la piel y me siento en paz. Sé que durará poco, porque los días son un atasco de tareas y compromisos, pero no quiero perderla. Es ahora, aquí… Un instante sencillo y mágico que disfruto como se hace con las cosas sinceras de la vida.

Como una canción que suena de fondo mientras se acerca el atardecer. El perfume de una vela que ilumina la mesa de cristal. Las caricias suaves de los pies con las sabanas calurosas por la mañana. Un fruto jugoso en una mañana de calor.

Es asombroso como “nuestra estructura” está construida para sentir, antes que cualquier otra cosa y cada parte, es un engranaje perfecto para
Ver
Escuchar
Oler
Saborear
Tocar.

Tenemos cincos sentidos que nos permiten hacerlo todo, herramientas súper potentes, gracias a las cuales somos capaces de sentir con cada parte de nosotros mismos. Los sentidos nos guían y por ello hay que protegerlos, seguir usándolos todos, constantemente. Lo mejor que hacemos siempre, es porque hemos recurrido a uno (o más) de nuestros sentidos. No dejemos que la pereza o que la digitalización nos alejen de lo que nos hace únicos.

Os dejo algunas fotos del salón con las últimas modificaciones.
Buen comienzo de semana.

 

 


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12 octubre 2020

La incomprensión

La incomprensión

Es el tumor de una relación.

Peor que el desamor, que fugaz no deja secuelas, que hace su deber con frialdad y luego se marcha.

La incomprensión deteriora lentamente, como el tiempo hace con las cosas.
Araña al corazón, como el viento hace con las rocas, hasta cambiarles la forma, para siempre.
Esparce lagrimas, escupe rabia, crea inseguridad. Debería estar prohibida, como las armas, porque es peligrosa.
Actúa en el tiempo, dosificando su veneno y ocultando su amenaza. Hasta cuando ya no haya arreglo. Entonces presumida se manifiesta, para asestar el último golpe, con el que derrota.

El remordimiento, la conciencia, los errores ya lejanos, la rabia y a veces el odio.

La maldita incomprensión lo destroza todo. Porque es enemiga del amor.
Crea barreras siempre más largas, muros siempre más espesos, puertas cerradas con llave…. Mutila a la empatía.

Las parejas, pero también las otras relaciones humanas, pueden funcionar solo si hay tolerancia y comprensión, si se acepta la relación como el encuentro entre personas únicas en el mundo.
A priori no tenemos nada igual, solo muchas cosas parecidas, una especialmente: la humanidad. Por lo tanto, entenderse es un trabajo difícil y mantener la armonía es un sacrificio diario. Aceptar al prójimo no es descontado, no nacemos tolerantes y preparados para que las relaciones con las que nos embarcamos sean un éxito, nadie nos prepara para ello.
Venimos al mundo y nos adaptamos. Esta es la verdadera capacidad humana, la adaptación.

Todo el resto es aprendizaje.

Aprendemos a leer y a escribir desde pequeños, aprendemos idiomas para poder contactar con el resto del mundo, para abatir las fronteras, para que la incomprensión verbal no sea un problema. Aprendemos a distinguir el bien del mal y como consecuencia a comportarnos. Aprendemos la estructura de una sociedad, posiblemente aprendemos también a respetarla. Aprendemos como viajar y ver lugares lejanos. Aprendemos nuestros deberes, nuestros derechos (no significa que tengamos la posibilidad de avalarnos de ellos). Aprendemos las reglas que nos imponen.

Aprendemos, pero no significa que comprendemos. Para comprender hay que olvidar todo lo que se ha aprendido y empezar a amar como niños.


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