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16 julio 2018

Ir y volver

Una casa acostumbrada a la presencia de un niño, si él no está, se hace muy silenciosa.
Mi casa sin mis hijos es una casa vacía, se le nota un sabor de tristeza en su placidez. Me recuerda a un cuadro metafísico pero sin objetos que se deshacen o relojes deformados y con aquella atemporalidad que me produce una cierta ansiedad. Hay algo premonitorio en la ausencia y es lo que me pone triste cuando me quedo sola en mi casa.
En el momento en que ellos se van es como si se fueran para siempre y hasta que no vuelvo a colocar un tiempo a las cosas, se quedan simplemente abandonadas. La cama de Leonardo demasiado grande y sin huellas de su cuerpo y toda la habitación, ordenada, sin pistas de su bárbaro pasaje, me producen un chapuzón al corazón cada vez que paso por delante, luego pienso que se trata solo de unos días y vuelven paz y armonía.

Han pasado once días y uno solo desde que Leonardo ha vuelto. En veinticuatro horas todo está otra vez desordenado y caótico, pero lo echaba de menos, tenía unas ganas locas de volver a abrazarle, oler su piel, darle besos en todos lados, escuchar su aguda voz decir mamma.
Ha sido la primera vez que nos separamos (excepto en casos de fuerza mayor como cuando he dado a luz y tuve que quedarme en el hospital, o cuando Orlando tuvo la neumonía), porque hasta ahora sentía que no era el momento, que ambos hubiéramos sufrido la separación, mientras que esta vez estábamos listos, así que cuando José me lo propuso, dije que sí.

Efectivamente Leonardo estuvo muy bien en la casa de sus abuelos de Tenerife y yo volví a ser madre de uno (vaya diferencia!!). No solo no me arrepiento, creo que para él ha sido una experiencia enriquecedora, para espabilar y también pasar tiempo con los abuelos, que son una parte importante de la familia. Yo quería mucho a los míos, a veces hablo con ellos y les pido ayuda desde allí arriba. Les echo de menos.
Cada etapa llega en su momento adecuado, nuestro desapego empezó con la llegada de Orlando, no voy a mentir contando que fue fácil, he sufrido, llorado, me he enfadado conmigo misma y sobre todo lo he extrañado mucho, pero poco a poco lo hemos aceptado, Leonardo ha sido muy maduro en todo el proceso y se ha independizado muchísimo. A pesar de la nostalgia que a veces me tiene atrapada en los recuerdos, estoy plenamente satisfecha de ver a un niño feliz, Leonardo lo es. Esto significa que lo hicimos bien, que hemos tomado las justas decisiones. Y además estoy aprendiendo a dejarle libre, estoy poniendo las bases para el futuro, porque el vínculo entre padres e hijos se fortalece en la libertad.

Bienvenido a tu casa, Leonardo.

PD: me ha dado una cantidad de besos por toda la cara y abrazos decorados de una gigante sonrisa. Un regalo para el corazón.


2 Comentarios

  • 1. Margot  |  16 julio 2018 - 15:35

    ¡Qué importante es disfrutar de los abuelos! Un beso.

  • 2. María José  |  16 julio 2018 - 19:18

    Sin duda, Laura, que los niños llenan la casa, no te dejan casi respirar y apenas tienes un momento para ti pero cuando no los tienes los añoras. Quizá los padres somos excesivamente protectores pero es inevitable. Seguro que estos días para ti han sido más relajados y Leonardo lo habrá pasado estupendamente con sus abuelos que lo habrán mimado y cuidado con todo su cariño. Muy bonitas las fotos.

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