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11 marzo 2019

Menos es más

Tengo un “problema” que creo la mayoría de las mujeres comparte conmigo. Me afecciono a las cosas, a pesar de su valor comercial y de su función. Las cosas materiales para mi tienen un valor afectivo y me puedo poner muy triste al tirar algo o si lo pierdo. Tengo una colección de objetos inutilizados que no he tirado porque me recuerdan un momento o una persona, deshacerme de ellos es como tirar un recuerdo, cerrar una ventana de mi pasado. A la misma vez, me enfado conmigo misma por no ser coherente: soy consciente de que las cosas materiales no son importantes y que los recuerdos son pare de mi, sin embargo no soy capaz de tirar las pulseras del hospital de cuando han nacido mis hijos o el peluche preferido de Leonardo, que él con la sabiduría de niño, lo ha olvidado, mientras que yo, con la nostalgia de una madre, lo tengo guardado en un armario.
Necesito hacer un constante “trabajo emocional” para no crear un mausoleo innecesario en mi casa.
Deshacerse de estas cosas me cuesta un esfuerzo bastante grande que solo logro hacerlo donando o regalando, puesto que así siento que así seguirán viviendo.

Hay una segunda colección, la que voy a llamar “¿Y si lo necesitara de nuevo?”, de cosas inutilizadas que no tiro porque pienso que un día podrían servirme y que llevan meses ocupando un sitio, a la espera de un uso que nunca llegará.
De esta segunda colección es en parte culpable mi madre, una manía que a su vez heredó de la suya, mi abuela.
El culmine de esta manía se manifiesta en un cajón de la cocina exclusivamentee dedicado a las bolsas: de basura, de la compra, de plástico y de tela, decenas de bolsas de todo tipo, cuidadosamente dobladas para ocupar menos espacio. Mi madre no tira nada y es capaz de darle infinitas vidas a cada cosa, hasta que el mismo objeto se autodestruya por demasiada explotación.

Principalmente esta mentalidad viene del hecho, que la generación de mi madre todavía no era victima del “consumismo rápido” como lo somos nosotros. La publicidad estaba regularizada, mientras ahora hay publicidad en todas partes.
Antes la gente compraba principalmente por necesidad y pocas veces por vicio, además las cosas duraban muchísimo, años, por su calidad y por la mentalidad de “conservar”. La sociedad estaba basada en un consumo controlado y consciente.

Con el tiempo el consumismo ha ido evolucionando y potenciando, hasta actualmente explotar y crear un verdadero fenómeno de compradores compulsivos. Debido principalmente a la fácil accesibilidad de los productos, por costes y por comodidad y rapidez de compra.
Se está creando una sociedad basada en un modelo efímero que tiene sus raíces en el “estatus simbol” y que se realiza a través del poseer.
La gente compra a precios rebajados, consume rápidamente y se deshace (en la mayoría de los casos) o acumula, antes de comprar otra vez.
Desde un punto de vista ambiental es aun más grave que desde un punto de vista moral. La frenesí del consumismo impacta negativamente en nuestro planeta y afecta a nuestra vidas más de lo nos que imaginamos. (el precio de algunas cosas es tan bajo, que cuesta más reciclarlo que comprarlo nuevo).

Hace unos días vi un documental The Minimalism en Netflix que habla sobre este tema, nada que ya no sepamos, pero igualmente hace reflexionar sobre las cosas que son verdaderamente importantes, o mejor, sobre la manipulación de la sociedad en la que vivimos, que nos anima a comprar, haciéndonos creer que necesitamos siempre más, algo nuevo cada vez, para estar a la moda, para ser mejores, para sentirnos parte de algo, para ser felices. Mientras que ninguna cosa material llena los vacíos dentro de nosotros, ni nos hace verdaderamente felices.
Es cierto que no sería capaz de cambiar drásticamente mi forma de vivir, a pesar de que comparto plenamente esta filosofía de vida, pero quiero empeñarme en hacer compras más consientes y útiles, a aprender a utilizarlas y aprovecharlas y de consecuencia a acumular menos en casa. Por supuesto seguir donando.
Creo que todos nos beneficiaríamos de ello, nuestros hijos, nuestro planeta, nuestro interior.


3 Comentarios

  • 1. Patricia  |  12 marzo 2019 - 01:34

    Hola Laura, gracias por transmitir y escribir así , la verdad que con cualquier tema, nos llegas bastante… en este caso me he identificado mucho contigo, a mi me pasa igual, tengo ropa en el armario desde que tenía menos de 20 años, que ya ni me cabe, pero por cariño a los momentos a los que me recuerdan, me cuesta deshacerme de ella… y también me pasa con cosas de mis hijos, de 5 y de casi 2 años… incluso tengo guardados los test positivos de ellos!!
    Con ganas de leer tu libro!!
    Un saludo

  • 2. Ana  |  12 marzo 2019 - 14:22

    Jajajajajajajaaaaa!! Justo eso mismo me estaba ocurriendo ahora1 HA perdido ayer el niño pequeño un mordedor y, aunque tiene tres mas, me ha dado tanta pena por tenerle apego que ya estaba buscando otro igual en amazon. Menos mas que he tropezado antes tu post y ya estoy “elaborando el duelo por el mordedor”.

  • 3. María José  |  14 marzo 2019 - 14:45

    A mí, Laura, también me cuesta desprenderme de las cosas, aún conservo recuerdos del nacimiento de mis hijos, se que no sirven para nada pero no puedo tirarlos. Es cierto que desde todos los ámbitos nos están incitando al consumismo y caemos en esa trampa, prueba de ello es que tenemos los armarios repletos y no cabe un alfiler, en
    mi defensa diré que, al menos, procuro hacer mis compras en rebajas y ahorrarme algún dinero. En España hay poca cultura del reciclaje, tenemos que avanzar poco a poco, yo cada día soy más consciente de la importancia que ése tiene y actuó en consecuencia.

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