Mamma Mía » He conocido a alguien (1 parte)

21 julio 2019

He conocido a alguien (1 parte)

Estoy a punto de volar al sur de Cerdeña, donde parece que no tendré mucha conexión a internet…. así que aprovecharé para tomar un descanso  parcial de las redes sociales, seguiré publicando pero con menos frecuencia.
Como os dije por stories he empezado a escribir una historia que voy a publicar aquí en dos o tres post, una lectura para el verano.
Aquí empieza pero no termina… (Espero que os guste este formato veraniego del blog 🙂
Os mando un beso muy grande y os deseo felices vacaciones.

HE CONOCIDO A ALGUIEN.

Hace un calor sofocante, doy las gracias por el clima seco de Madrid porque si no mi tensión estaría por debajo de mis pies, a pesar de todos los cafés que me tomo. Cada vez que cojo a Orlando en brazos nuestro estrato superficial de la piel se queda pegado, el sudor crea atrito, somos la tirita y su papelito. El sol cociente me seca el sudor que me moja cara y cuerpo mientras camino hacia el campamento de verano de Leonardo. Los pasos parecen ralentizados también por el calor, o por mi sangre que hirviendo, parece estallar por mis venas. Leonardo está más sudado que yo, además el sudor se ha mezclado con la suciedad y si no fuera mi hijo, estaría atenta a no tocarlo. Además de sudado y sucio, está agotado, prefiere no contestar al rio de preguntas que le hago sobre su mañana en el campamento y pone la modalidad “apagado”. Seguimos caminando en silencio. Con el calor el asfalto parece vibrar, me recuerda el camino desde el colegio hasta mi casa, en los días sofocantes de finales de junio. Tenía más o menos trece años, solía volver a casa sola o con mis hermanas, pero cuando estaba con ellas bromeaba y jugaba durante todo el trayecto, mientras que si estaba sola, me fijaba en los detalles del cemento, en como reflejaban los rayos del sol en las rejas de los edificios, la mayoría bajitos y de tonalidades pasteles, escuchaba el sonido del silencio, interrumpido esporádicamente por un ruido que definiría como “veraniego” la charla de una cigala, el canto de un pajarito, el ruido del roce de los cubiertos con el plato… La gente se encerraba en casa, hacía demasiado calor y además era la hora del almuerzo. Disfrutaba de mi momento de soledad, ser la única persona en aquel camino me relajaba, me sentía participe del universo, podía hablar con él y escucharlo sin que nadie nos molestara. Durante el resto del día me veía absorbida por el frenesí humano. A pocos metros de casa ya percibía el alejarse de aquella sensación “metafísica”, miraba mis pasos hundirse en el hormigón, que en los tramos donde el sol no descansaba, perdía su dureza y se moldeaba como plastilina sobre la que pisaba: una huella de zapatos, el agujero de un tacón, la tira de una rueda. Con el dedo encima del timbre saludaba el universo y entraba otra vez en mi caótica vida.
Me pregunto si Leonardo percibirá la misma sensación, miro su pelo más rubio que nunca, brillar como oro. Camina mirando hacía abajo, le acaricio la cabeza con dulzura.
“¡Mamá mira!”
“¿Cosa?”
“Hay un teléfono ahí” Me contesta indicando un punto con el dedo.
Me acerco y veo un móvil bocabajo en el borde de la acera. Lo cojo y le doy un rápido vistazo, es nuevo y está encendido, compruebo si tiene un código de seguridad, lo tiene, como imaginaba.
“¿Que hacemos mamá, De quién será?
Miro a nuestro alrededor, no hay nadie. “Pues lo cogemos, antes o después alguien llamará y le contaremos que hemos encontrado el móvil”.
Meto el móvil en mi bolso de manera cautelosa, como si lo estuviera robando. Estoy haciendo lo correcto, sin embargo me pongo nerviosa, es una sensación inexplicable, pero no se va, está conectada con la presencia del móvil y sé que seguirá albergándome hasta que no encuentre a su dueño y se lo devuelva.
Desde que encontramos el teléfono, Leonardo se ha espabilado como por arte de magia y no para de hablar. Cuando llegamos a casa, todavía no he recibido ninguna llamada, evidentemente no se han dado cuenta todavía de la pérdida. Preparo algo rápido para comer, porque en media hora tenemos que recoger a Orlando. En verano mi plato preferido era la ensalada de arroz, mi madre la preparaba muy rica, con muchos ingredientes, había aceitunas verdes también, porque las negras no me gustaban, la cogía del plato y me ponía una por cada dedos, como si fueran uñas postizas o las extremidades de los dedos de E.T.
“Venga Laura, para de jugar y empieza a comer”, me animaba mi madre, sentada delante de mi. A mis hijos también les encanta la ensalada de arroz, pero Leonardo quita todas las aceitunas verdes “¡¿Las dejamos para Orlando, que le gustan mucho, vale mamá?!” Me dice con cara de pillo.

Sigue….


2 Comentarios

  • 1. MyriamGolalla  |  22 julio 2019 - 23:21

    Sigue escribiendo siempre

  • 2. María José  |  23 julio 2019 - 21:03

    Que buena idea, Laura, escribir un relato troceado en diferentes post. Me has dejado intrigada con ese teléfono encontrado, esperemos que no te traiga problemas, a la protagonista y, lo que sí tengo claro es que si perdiera un móvil me supondría una gran alegría que alguien como tú lo encontrara. Disfruta de tu verano familiar.

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