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24 octubre 2019

Envejecer

Hace unos días comenté por stories que empezaba a verme mayor y algunas de vosotras me habéis sugerido escribir sobre ello.
Así que aquí estoy, para desentrañar este tema que no preocupa pero afecta.

Envejecer.

“Abuela no quiero ponerme vieja”. Se quejaba mi hermana mirándose en el espejo.
“Entonces quieres morir joven”. Le contestaba mi abuela.

La vejez es inevitable y por mucho que se intente disimularla o contrastarla llega puntual. Es un dato existencial, la manecilla del péndulo antes de que toque la hora.
Tengo casi treinta y siete años (26 Noviembre), estoy en la faja media del recorrido de una vida humana: he sido una bebé, luego una niña, una adolescente, una joven y finalmente una mujer. La gente desconocida se dirige a mi con “usted” o “señora”, sobre todo si voy acompañada de mis hijos. Me estoy haciendo mayor.

Los años nunca han sido un problema para mí, tampoco lo son ahora pensándolo bien, de hecho no volvería atrás aunque pudiera. ¿Para que?
Tengo claro que quiero experimentar la vida en el sentido más amplio posible y la vejez es una parte importante de la existencia; es el sendero que se lleva toda la experiencia de los años anteriores y se ilumina en su estado final. La vejez es el culmen del conocimiento, cuando nos hacemos más sabios y estamos preparados para despedirnos de la vida. Es fundamental hacerse viejos, deberíamos desearlo.

Esto no significa que no me permita el lujo de sentir la inquietud, provocada por el paso de la juventud a la edad mayor. La despedida de los años del “brilli brilli” es tan difícil como dejar al propio hijo el primer día de colegio.
Que lo aceptes o no, los años te perseguirán con su peso y no podrás ignorarlos. Yo esto lo sabía, lo que desconocía es que hay un día en el que te los entregan de golpe, una caja que no podrás rechazar, es para ti y el mensajero no tiene intención de irse sin que la hayas recogido.
Así que te llevas el paquete al salón, te sientas cómoda y respiras hondo, vacilas unos instantes porque sabes que es para siempre, y finalmente abres la caja.
Lo primero que coges es la mapa de los años que despacio distribuyes por el rostro y el cuerpo. Una vez terminado, buscas atentamente lo que todavía te gusta de tu aspecto, hasta encontrarlo y notar que es menos atractivo que antes. Te observas con más atención y te das cuenta de cuanto has crecido, de que tus ojos han visto muchas cosas y tus manos descubierto muchas otras. El cambio de tu piel, que durante la juventud se ha estirado, para luego volver lentamente a arrugarse otra vez.
Entiendes que la belleza deslumbrante que nos acompaña al comienzo de la vida nos abandona con el paso de los años.
Pero en la caja hay más cosas por sacar: la confianza, la autoestima, la resiliencia, el conocimiento, la comprensión, la destreza, la habilidad, la aptitud, la fuerza son solo algunas de las infinitas y pequeñas joyas que encuentras. Todas encajan con el mapa de los años y hacen que no tengas miedo de tu aspecto diferente.
Con una nueva expresión que te marca el rostro, más dura y cansada pero más intensa y profunda, sigues descubriendo el contenido de la caja.
Encuentras el circulo de la vida y es lo que más duele, el circulo se apoya en el corazón y a través de ello puedes sentirlo todo: el cansancio de vivir en los ojos de tus abuelos antes de morir, el desmoronarse de la inmortalidad de tus padres que habías construido cuando eras pequeña y con ella el dolor de la orfandad, el momento en el que a tu vez dejarás a tus hijos, la soledad, la despedida de la vida.
El mensaje de la caja es: Nada es eterno.

Y a mi todo esto me hace llorar a carcajadas, en el espejo veo las primeras arrugas, pero sobre todo veo lo que me ha dejado, lo que me dejará, lo que dejaré.

(No hay moraleja en esta historia que os he contado, pero necesitaba explicarlo bien).


Foto de Javier Biosca por Cortefield.


6 Comentarios

  • 1. Susana  |  24 octubre 2019 - 21:27

    Preciosa e inteligente manera de interpretar esas arrugas. Gracias.

  • 2. Yolanda  |  25 octubre 2019 - 13:23

    Que gran verdad todo lo que dices, nada es eterno , auque la mayoria de las veces quisieramos que las personas que queremos lo fueran y en cambio ese miedo a perderles o a perdernos a nosotros mismos desapareciera. Me encanta como escribes y lo que escribes. Gracias!!!!!

  • 3. maite  |  25 octubre 2019 - 13:25

    duro pero magnificamente explicado. Realmente es una gozada leerte. Siento decirte que dentro de unos 10 años el cambio es realmente significativo, creo que te has adelantado y que aún no has notado cambios fisicos importantes ) disfrutad mucho en cada etapa!!besos 😉

  • 4. Ani Ote  |  29 octubre 2019 - 09:45

    Para mi la Juventud y la belleza están sobrevaloradas.La vida es mucho más grande q eso

  • 5. María José  |  29 octubre 2019 - 14:03

    Bonita e interesante interpretación, Laura, del inexorable paso de los años. Solo una persona con gran sensibilidad es capaz de darse cuenta de ello. Sin duda que la madurez, además de las arrugas, nos trae cosas buenas, se valora más lo realmente importante, el aspecto físico lo es pero no lo único, mantenerse dignamente sin recurrir a excesos estéticos también es una prueba de madurez. Disfrutar de las cosas pequeñas, del día a día, para mí, es la manifestación de una gran riqueza interior.

  • 6. Anna  |  30 octubre 2019 - 13:40

    Me he sentido identificada en tu artículo. Con 48 años recién cumplidos veo cómo cada vez tengo más experiencia y menos miedo a mañana pero veo que mi cuerpo ya no responde a mis exigencias. Puedo sentir cómo mi cuerpo envejece día a día y cómo mi falda cada vez gana centímetros. No hay remedio al paso del tiempo. Pero lo que peor llevo es ver cómo, y lo cuentas brevemente, ha desaparecido de mi vida mi pilar fundamental, mi madre muerta recientemente por un cáncer; y eso ha hecho desmoronarse todas las ideas preconcebidas sobre mi universo… y plantearme cosas antes impensables para mi, e intentar vivir todo como si fuera lo último que vas a vivir….

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