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30 enero 2020

Los que encuentren el amor. Cuídenlo

Los caprichos son demanda de atención.

No lo digo solo como madre, lo afirmo como hija y mujer. Todavía tengo mis momentos caprichosos y sé bien que son una táctica grosera de pedir atención.

Cuando por la mañana, aún antes de ir al colegio, Orlando está enfadado y llora, grita y lanzas los juguetes, no es porque se haya levantado con el pie izquierdo, seguramente sea porque, por las prisas de llegar tarde, no le he dedicado un momento de mimos al despertar. En lugar de ponerme nerviosa por su comportamiento, si paro un momento y me siento con él en el sofá, inmediatamente todo para y vuelve el silencio. Mientras él disfruta de las atenciones que le hacían falta. Orlando tiene solo dos años y medio, necesita sentirse protegido desde que abre los ojos, saber que yo estoy allí y que le quiero.

Todos nos levantamos mejor si alguien nos hace una caricia o nos dedica un saludo especial, es demasiado sencillo como para no hacerlo.

Cuando por la noche nos acostamos los tres en la cama, hay días en los que estoy más cansada (físicamente o mentalmente) y como consecuencia tengo menos paciencia, estos días es cuando los niños tardan más en dormirse, puesto que no les acaricio el pelo, ni le cuento anécdotas de cuando era pequeña y me pongo a contestar a los mensajes en el móvil. Estoy agotada y tan solo deseo tomarme una copa de vino y hablar con José o ver una serie o leer. Sin embargo si me armo de paciencia y me pongo en su lugar, soy capaz de darle lo que ellos necesitan en ese momento y mágicamente hacer que se duerman más rápidamente y felices.

Se trata de un periodo que acabará en unos años y cuando llegue el día en el que sean suficientemente mayores, como para no necesitarme, me lo dirán, puede que incluso me rechacen (espero que no).

Cuando estoy con ellos y tengo cosas que hacer o no les considero porque estoy pensando en mis cosas, la lían parda. Así que paso de no hacerles caso a convertirme en una histérica con la bronca en el cañón. La verdad es que conozco la solución: jugar con ellos media hora, les dejaría satisfechos y yo luego tendría tiempo para mi. Lo sé porque lo he probado, porque hay días buenos también, (la mayoría afortunadamente).

Cada vez que he estado o estoy menos dispuesta, menos afectuosa o más nerviosa, mis hijos son “hijos peores”.

Ser madre es un acto de gran generosidad pues se trata de anteponer a tus necesidades, las de otra persona. No significa en absoluto cambiar y dejar de ser los que somos, tanto menos dejar de apasionarnos, de divertirnos, de hacer el amor, de viciarnos, para encerrarnos en un papel que al fin y al cabo nos parecerá oprimente.

Los hijos no quitan, los hijos dan. Pero lo hacen a su manera, con la torpeza y la indulgencia de niño, con los lloros, las rabietas y las babas.

Leí una frase que me gustó mucho, decía:

“Los que encuentren el amor. Cuídenlo”.

El amor no es solo entre una pareja, el amor está en lo que hacemos, en las relaciones con nuestros padres y con nuestros hijos, está en nuestro interior. Me atrevería a decir que todos lo hemos encontrado, de maneras diferentes y propia, pero cuidarlo es el verdadero reto. Las cosas que más merecen la pena son las que requieren el cien por cien de nosotros, siempre y en cualquier caso. Pero no siempre estamos dispuestos o en condiciones de darlo. Como para todo, hay que ejercitarse, entrenar y aprender.

“Los que encuentren el amor. Cuídenlo”.

 

 


1 comentario

  • 1. María José  |  2 febrero 2020 - 19:10

    Sin duda, Laura, que hay muchas clases de amor y, sin duda también, que el más desinteresado es el de madre o padre hacia sus hijos. Difiero en algunas cosas contigo, contarle un cuento a los niños cuando se van a dormir es tradicional y muy reconfortante para ellos, estarse demasiado rato acariciandolos quizá no sea tan bueno, les crea un hábito difícil de mantener y que ellos siempre exigirán. Puede que aquello de “en el término medio está la virtud” puede ser bastante real.

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