Mamma Mía » Mientras tanto sueño

23 abril 2020

Mientras tanto sueño

Sé que todos los padres, un día y otro han fantaseado sobre cómo sería esta cuarentena sin hijos. Para mi sería sobre todo silenciosa, echo de menos el silencio o incluso escuchar una canción de fondo. En casa con los niños, si quiero escuchar una canción estoy obligada a subir el volumen al máximo, para que el audio sobresalga de sus chillidos, hasta que la vecina golpea tres veces en la pared.
Nunca me lo explicaron, pero lo supe desde que me pasó por primera vez en mi casa de Milán. Escuché tres golpes venir desde el suelo, entendí que era el vecino de la planta de abajo, probablemente con el mango de la escoba. Me pareció tan ridícula la imagen de un señor dando golpes al techo con la escoba, que me sentí fatal, culpable de la desaliñada postura de un hombre enojado por mis tacones. Desde aquel momento lo tuve en cuenta y los golpes jamás volvieron a pedir silencio.

La vecina nos toca los mismos tres golpes, como si dos o cuatros significasen otra cosa. Cuando sucede, intento callar a los niños como puedo, incluso tapándoles la boca con la mano. Me pone muy nerviosa la idea de molestar la tranquilidad de otros, encima con lo cuidadosa que ha sido mi madre en educarme con los modales de una persona respetuosa. Sin embargo los niños no entienden. No entienden porque les pido continuamente portarse bien, ¿Cómo es portarse bien entonces? ¡Ni que hubiese nacido adulta! Ni que no fuese yo la dueña de aquel guiño desafiante a mi madre cuando me reprochaba de no saltar en el sofá.
Yo era peor que mis hijos y ahora peor que mi madre.

La cuarentena saca las debilidades, el animal interior que al ser domesticado se queda quieto, pero en situaciones de “fuerza mayor” es imposible contener. Las bestias de mis hijos llevan unos días correteando por la casa y amenazando la paz de la mía. ¡Con todos los esfuerzos que he hecho por domesticarla, que poco le fue suficiente para que volviese en cautividad!

Así que tengo a varias bestias que nos acompañan durante el día y la mía a veces también durante la noche. A ratos encontramos un acuerdo y compartimos minutos de tranquilidad y armonía. Nunca coinciden con las tareas del colegio. Otro tema caliente….
Soy consciente de mi conducta poco admirable en el colegio, de no haber tenido suficiente hambre de conocimiento durante aquellos años y de haber salido con las amigas en lugar que estudiar para los examen, pero aun así, no justifico el peso que se me viene encima cuando pienso en las tareas que TENEMOS que hacer.
Mi parte consiste en manejar tabletas y ordenador, imprimir hojas, descargar aplicaciones y archivos, acordarme de password y códigos, compartir documentos etc…. cosas que se me dan fatal.
Acabamos ambos exhaustos pero a él le quedan las ganas de quien está libre después de un castigo, listo para derramar la energía reprimida durante las dos horas precedentes.

Mientras que para mi, lo que queda del día es una sucesión de tareas domesticas y familiares a un ritmo tirano y de exasperantes golpes esponjosos de piececitos impacientes que parecen amasar al sofá como si fuera la masa de un pan. Miro de reojo como los pies se levantan en el aire para volver a ahogarse en los cojines, produciendo un pequeño y casi imperceptible crack, la marca del destino de un sofá que pronto dejará su funcionalidad y se convertirá en un voluminoso objeto del cual deshacerse.

Si la casa es un templo, nosotros somos blasfemos. No queda un solo objeto librado de la barbarie de mis hijos.
Jamás cubriré un sofá con una tela o la mesa con un mantel de protección, madre, pero ahora te entiendo.
Mis hermanos y yo rompimos un precioso candelero del salón jugando a futbol pues no te hicimos caso cuando nos avisate que el salón no era un campo de futbol. Una noche pintamos las paredes, incluso con dibujos de hojas de cannabis (me avergüenzo por ello aunque sigue haciéndome gracia).
Me considero un pésimo ejemplo de conducta entre los 10 y 20 años pero mis hijos no lo saben, su experiencia se basa en mi conducta actual, que dentro de sus posibilidades es ejemplar (a parte de alguna palabrota que se me escapa en este periodo). Espero que los genes tengan en cuenta de mis esfuerzos.

Parece que en unos días tendremos la posibilidad de pasear a nuestros hijos, después de los perros se han acordado que también los niños necesitan estirar las piernas, ver la luz sin una ventana de por medio y respirar aire fresco. Llevo en casa desde el primer día de confinamiento, no he salido ni a por la compra, no he pisado una acera desde hace tanto que me va a parecer rarísimo, le tengo respeto a esta situación, casi miedo. No me va salir tan natural bajar a la calle, aunque lo haré, saldré con mis hijos, por turnos, para dar la vuelta de la manzana y comentar sobre las calles vacías, el silencio, los arboles florecidos, el aire que sabe un poco más a limpio, las sorpresas de la vida. De su belleza, a veces obvia, otras oculta detrás de las incertidumbres.


1 comentario

  • 1. María José  |  25 abril 2020 - 19:35

    Se está haciendo muy largo este confinamiento y con niños aún más, estamos atravesando una etapa jamás vivida. Quien nos iba a decir que esas películas de virus y ciencia ficción iban a hacerse realidad. No queda otra que sobrellevarlo estoicamente pensando que es una situación pasajera. Pensar que somos unos afortunados a los que no les falta nada en un mundo tan injusto y desigual.

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