Mamma Mía » Una anécdota del pasado

20 julio 2020

Una anécdota del pasado

Tenía poco más de veinte años, cuando una tarde, volviendo a casa desde la estación de tren, vi a un chico escandalosamente guapo, de los que nunca encuentras por casualidad, a menos que seas la protagonista de una novela. Y sentí el impulso de seguirle. Era rubio, con el pelo rizado, los labios carnosos, las facciones perfectas, un cuerpo atlético. Caminé tras él hasta que se subió en un jeep blanco. “Me gusta hasta su coche” pensé mientras volvía en dirección a mi casa.

Se lo conté a mi hermana mayor, que en aquella época conocía a todo el mundo y me dio un nombre. “No estoy segura, pero encaja con la descripción que me has dado. Está muy solicitado entre las chicas.”

Nunca he sido una atrevida en el amor, por lo menos no lo era entonces, podía vivir de amores platónicos hasta encontrar al que me correspondería y siempre sucedía. Así fue, me conformé con la idea de que un día quizás me lo hubiera encontrado otra vez. No pasaron muchos días antes de nuestro segundo encuentro. Una noche en la discoteca más en auge me lo presentaron, el chico con los dientes más blancos que había visto. Estaba literalmente enamorada. En aquella época los teléfonos móviles eran todavía exclusivos y para mayores, nada de intercambiar números y chatear, en aquella época se llamaba a casa de los padres, con vergüenza ajena y mucho respeto. Me soltó al oído su numero, el de su casa. Me costó un esfuerzo tremendo recordarlo de memoria durante toda la noche. Yo que escaseo de memoria, sin un bolígrafo y un papel dentro de la pochette para la discoteca, en una discoteca con música alta, con coctel que nublan las mejores intenciones y las mentes brillantes. Tuve que hacer tal esfuerzo para recordarlo, que no seguí disfrutando de la noche, solo me importaban los números y su orden.
Me quedé tranquila solo cuando los apunté en un papel antes de acostarme con una sonrisa de satisfacción.

Al día siguiente, marqué sobre las teclas los primeros números unas cuantas veces, antes de encontrar el coraje para componerlo por completo. El corazón me latía más rápido y carraspeé un par de veces mientras el tuu tuu del teléfono notificaba nuestro próximo encuentro.

Estoy en una carrera, mi cuerpo agachado en la posición de salida, el pie rozando el borde de la línea blanca, todo el cuerpo entregado a la tensión que precede al disparo. Bum.

“¿Hola?”

La voz de un hombre irrumpe en mi fantasía. Tiene que ser su padre.

“Buenas tarde”. Saludo educadamente y pregunto por su hijo.

“Quien le llama”.

“Laura”.

¿Se acordará de mi? De repente mi confianza, ganada a un alto precio, tiembla, me pregunto si no se ha tratado solo de una broma, o un gesto galante sin más, pienso que probablemente no se acuerda de mi, pues habrá dejado su numero a varias chicas esa misma noche. Me pongo nerviosa, convencida de que no ha sido buena idea llamar.

Tal vez cuelgo…

“Hola. ¡Te has acordado del número!”

Es él, también me aprendí su voz de memoria, por si a caso siguiera con el amor platónico, una voz ayuda.
Si tuviera que encontrar un defecto a este cumulo de perfección, diría que su voz no le hace justicia al resto, es demasiado aguda. Aun así me gusta.
Mantuvimos una conversación bastante larga y alegre y me pidió una cita. Volvió la confianza de golpe, la aproveché para pensar en que ponerme para la cita del sábado.
Era sábado por la noche, así que recorrí a la ayuda de mi hermano mayor para que me cubriera con nuestros padres. Salimos juntos de casa y acordamos una hora para quedar y subir a casa juntos.
La primera cita con el chico más guapo que hubiese visto fue perfecta como él, hubo buena onda entre nosotros, las horas se fueran corriendo y acabamos la noche con besos larguísimos y la promesa de otra cita.
Nos gustábamos, recíprocamente. Mucho. A veces me parecía imposible, sin embargo cuando estaba con él, percibía el mismo interés y ganas que me devoraban a mi misma.
Tuvimos unas citas más, pocas, se podrían contar con los dedos de dos manos, antes de que el chico perfecto desapareciera para siempre. Nunca supe el porqué, no me dijo nada, simplemente se inventó un par de excusas para no quedar más y poco a poco dejamos de hablar. Fue doloroso, lloré durante días mientras repasaba los recuerdos para averiguar donde me había equivocado, pues no entendía la razón del cambio repentino.
Años después volvió a buscarme, pero ya no me parecía tan guapo, ni me interesaba.

El otro día estaba tumbada en el sofá y me acordé de esta anécdota, nunca descubrí que pasó para que cambiara completamente de actitud. Pero de una cosa estoy convencida. Si un hombre no te busca, mejor olvidate de él.


3 Comentarios

  • 1. Irene  |  21 julio 2020 - 10:09

    Jajajaja!! Cuentas tan bien las historias que estaba yo con una copa al lado tuyo en la discoteca.

  • 2. Lorena  |  21 julio 2020 - 22:19

    Qué manera de escribir más atrapante y bonita tienes!! Y bravo por la frase final

  • 3. María José  |  27 julio 2020 - 17:38

    Curiosa historia, aunque de desenlace absurdo. Lo mejor la forma de contarla.

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