Mamma Mía » Ven a vivir conmigo

3 noviembre 2020

Ven a vivir conmigo

Texto de Michela Murgia. Republica.it

“Cara no reconocida”, me dice el móvil cuando intento desbloquearlo con el reconocimiento facial. Como él, yo también con la mascarilla no reconozco a las personas. La pérdida de familiaridad es uno de los efectos colaterales más pesados de esta pandemia: todo se hace amenazantemente extraño. El hecho de que el virus sea por transmisión afectiva nos está obligando a redefinir el concepto de intimidad y en el próximo y previsible confinamiento tendrá la extrema consecuencia de obligarnos a elegir quien queremos tener la garantía de considerar “vecino” también por la ley.
Tendremos que pensárnoslo solos, puesto que el gobierno ya ha demostrado  tener en la cabeza una idea de la sociedad (italiana) que no es la real. Lo ha hecho durante el primero lockdown, cuando en cierto punto hemos recibido el permiso de frecuentar solo la categoría misteriosa y aleatoria de “familiares”, una palabra que para millones de personas no significa nada desde hace años. En Milán el 45% de los núcleos familiares está compuesto de una sola persona y en Roma el porcentaje sube al 52% Según los datos Istat, las familias unipersonales ya son un tercio del total y los singles por elección o por caso representan el 35% de los dueños de casas. Las relaciones han cambiado, sin embargo las instituciones siguen fingiendo que la sociedad (italiana) esté fundada sobre la familia compuesta de una pareja con hijos. Una de las muchas personas que en estos días ha acusado mal el golpe del cierre de teatros y cines ha escrito en las redes sociales: “Me gustaría que parasen de proponer una representación monocorde de la vida que presupone la existencia de una familia clásica y que ata a esta nuestra felicidad, el bienestar y la realización de las necesidades individuales y sociales esenciales a la existencia.
Para los que no tienen esa familia , la privación de la “socialidad”, del cine los jueves, del teatro los domingos, del deporte en compañía es dolorosa pues  justo en ello consiste sus vidas”.
Es por ello que los amigos solteros o sin hijos a mi alrededor, ahora se encierran en círculos de seis personas que hacen el pacto de frecuentarse solo entre ellos. Memores de la angustia solitaria del primer lockdown, después del cierre de los lugares sociales y del toque de queda, muchos están haciendo aparecer en los salones los poufs hinchables y los sofás-cama, proponiéndose convivencias solidales y cualquier cosa que pueda generar protectoras familiaridades temporáneas.
No es suficiente protegerse del virus, tenemos que proteger también nuestra capacidad de relación. La velocidad del contagio ahora no nos deja ninguna posibilidad: si queremos vivir y hacer vivir estamos obligados al confinamiento. Aun así podemos cumplir el acto creativo de transformar en físicas las emotividades cercanas y decidir que el confinamiento no significa soledad. Si podéis, pedid a una persona querida de evaluar una convivencia amistosa de un mes. Elegimos una cara cotidiana, una sola, que nos conserve viva la capacidad de reconocer a todos los demás.


1 comentario

  • 1. María José  |  10 noviembre 2020 - 19:06

    Curioso tu post de hoy, Laura. Se que la sociedad está cambiando y que la familia tradicional (matrimonio con varios hijos) no es la única pero, lo cierto, es que no me había parado a pensar en ello. El ser humano es sociable por naturaleza y esta pandemia nos está obligando a no poder reunirnos con las personas que nos apetezca, al menos, no como antes. Personalmente, tengo tantas distracciones que me es imposible aburrirme, me encanta leer, ver una película……Me dan realmente pena de las personas mayores para las que está situación si es especialmente dura.

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