Mamma Mía » Una fragilidad generosa

16 noviembre 2020

Una fragilidad generosa

Desde que hay menos distracciones me he convertido en una atenta observadora de la vida dentro casa, me fijo en todos aquellos detalles que componen nuestros días y que normalmente pasan desapercibidos.
La inmovilidad exterior refleja dentro de casa algo nuevo cada día. Y lo noto. Soy un ojo despierto y una mano que apunta momentos en una libreta.

Lo cotidiano se ha desproporcionado creando una lectura macroscópica de todo lo que me rodea; miro, escucho, siento y pienso con un sentido más. He desarrollado un interés que me recuerda al de los niños, como si volviese a vivir desde el principio, concentrada en lo que está pasando ahora.

Especialmente detengo la atención en mis hijos.

Cuando la noche cubre la ciudad y los niños callan, el cubo de plexiglás relleno de ratones de peluche se enciende. La mínima incidencia de su luz sobre los objetos crea un juego de sombras que transforma el paisaje de toda la habitación. Observo el cambio y luego las siluetas de mis hijos, estiradas dentro de pijamas ajustados, que solo pocos meses atrás les quedaban grandes. Es asombrosa la velocidad con la que un cuerpo crece, con sus órganos y huesos, todo con una proporción didascálica.
Capturo la imagen de sus piececitos, que todavía conservan dimensiones entrañables y cuyos deditos sudorosos son trampas para pelusas de calcetines.
Que no crezcan pienso, son un cofre de ternura que desatan ganas de besos en cualquier madre.

Las tardes son teatro de monólogos a dos voces durante los juegos solitarios. Cada uno ocupa su espacio del salón. Las piernas dobladas bajo el peso del cuerpecito, el flequillo oscila a ritmo del respiro, las manos se levantan rítmicamente en el aire sosteniendo algo con los dedos que supuestamente debería volar. Sonidos indescifrables y levemente babosos rompen los monólogos y preceden la solicitud de compañía. “¿Mamá juegas conmigo?”
Distraída me siento en el suelo y me dejo involucrar en la actividad.

Por la mañana concentrándome en sus pasos es más fácil desenfocar el carnaval de mascarillas de cada forma y color a mi alrededor y olvidar lo que me suscita pena. Pasos pequeños y seguros hacia una dirección aprendida de memoria, no se detienen ni en la puerta, para despedirse de mi mirada.
Mi colegio estaba a cincos minutos andado de casa, mi madre se despedía en la puerta de casa, mi padre ya estaba trabajando. Iba con mis hermanos y mi prima, repartidos en dos filas como soldaditos con mochilas demasiado pesadas, rompíamos las filas para cruzar la calle y la recomponíamos en la otra cera con diferente orden. Nos saludábamos al entrar y quedábamos a la salida para volver a casa.

Acojo a los besos como bendiciones a tiempo determinado. Son frecuentes y descarados al principio, por ello sin querer se disfrutan a medias pues hay abundancia. Sin embargo con los años se hacen más castos y cada vez más apresurados. Son las manecillas del reloj que indica el paso del tiempo. Así que un beso vale cien mil. Es un consuelo para mi que ellos desconocen, lo he descubierto ahora que soy madre y deduzco la añoranza futura de ciertas efusiones. Ahora que reconozco el remordimiento de haber dejado a la madurez quitarme la espontaneidad de ciertos gestos.

Este extraño periodo me hace ser la autora de un dibujo enriquecido de detalles y estoy descubriendo una fragilidad generosa.
Hay muchos puntos por unir antes de crear una figura misteriosa. Tal vez nos pasamos la vida uniendo puntos para adivinar que hay cuando la línea llegue al último punto. Tal vez.


1 comentario

  • 1. Patricia  |  24 noviembre 2020 - 16:57

    Qué bonitos tus pequeños y tu forma de escribir llega al corazón.

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