Mamma Mía » Filomena

11 enero 2021

Filomena

Una bola de nieve cuanto más la alisas con las manos, más dura y helada se pone.

Hace muchos años, cada uno en su posición de ataque, convertíamos los copos relucientes de nieve en armas y las disparábamos, con toda la precisión concebida para cierta edad, contra la ventana de una vecina elegida sin intención previa.

¡Boomm!

Ella salía al balcón maldiciendo, mientras nosotros, camuflados como podíamos en la terraza de casa que parecía una jungla urbana, nos partíamos de la risa. Escondidos detrás de las plantas cubiertas con los plásticos para el frío, nos mirábamos con las lagrimas y el cuerpo convulso por la risa.

Mi hermano, que es el mayor, era el que tenía las ideas traviesas y nosotras fieles discípulas, le seguíamos sin titubear.

“Cuéntame otra mamá”. Me pide Leonardo antes de dormir.
“Mañana te cuento más, ahora duerme”.

Tengo muchas anécdotas con mis hermanos. Mi relación con ellos es de tal compañerismo y afecto que a parte ser hermanos, somos mejores amigos.

La nieve en mi casa nativa no es un hecho extraordinario, porque en el norte de Italia suele nevar en invierno aunque cada vez con menos frecuencia. Sin embargo despierta en todos nosotros el espíritu del “niño asombrado”, el que quiere reír, jugar y quedarse mirando el mundo alrededor como algo nuevo.
La nieve nos hechiza desde siempre. Somos sujetos fuertemente impresionables con la naturaleza y especialmente con lo que proviene del cielo.

“Acostúmbrales a mirar hacia arriba”. Mi padre me lo repite cada vez que hablamos, refiriéndose a sus nietos. Un doble sentido que pega con los míos. Mi familia y yo encajamos también en la elección de las palabras.

En la nieve hemos compartido momentos familiares realmente especiales. Recuerdo las cuatro justificaciones que mi madre rellenaba y firmaba para el colegio cuando mis padres nos llevaban a la montaña. Eras los únicos días que ellos tenían de vacaciones y no coincidían con las del colegio. Así que mis hermanos y yo regresábamos a clase una semana más tarde, satisfechos y morenos.
Y una vez yo volví casi con un ojo de menos por un accidente en trineo con mi hermana.
Ese día mi instinto generoso me avisó y por ello acordé con mi hermana una estrategia de emergencia antes de tirarnos. Estrategia a la que obviamente ella no hizo caso, así que tal como había visualizado en mi premonición, acabé contra un palo de madera, probablemente el único.
Fue la primera vez que vi a la nieve teñirse de rojo y la primera en que vi la cara de susto de mi padre mientras corría a toda prisa hacia mi. Una escena que si la pienso ahora me hace pensar en una película Western, no sé por qué… La sangre, mi padre que parecía un cowboy (aunque sin caballo) bajando con desenvoltura, pero de lado, la cuesta debajo de la montaña….
En cuanto a mí, era una niña pacifica en aquel periodo y no me enfadé con mi hermana. Además porque mis padres me compraron unas gafas de sol que quería .
Eran necesarias para cubrir el bulto morado que había ocupado el lugar de mi ojo derecho.

A parte de ser pacifica, era tímida y con buen gusto. Elegí el modelo Wayfarer de Rayban, pero con las lentes espejadas y de una atrevida mezcla de colores fluorescentes. Claramente fueron un exitazo entre mis compañeros, los profesores me permitían excepcionalmente tenerlas durante las clases y yo me sentía un ídolo.

Cuando empezó a nevar en el norte de Italia, durante las vacaciones, sentí aun más la nostalgia por no poder estar ahí con mi familia. Miraba las fotos de mis calles embancadas pensando cuanto lo hubiésemos disfrutado…

Quiero creer que cierta Filomena se conmovió con mis pensamientos y quiso hacerme un regalo especial.
En dos días vi al paisaje cambiar completamente. Subí a la terraza de mi casa y entré en un cuento. El espíritu del “niño asombrado” me visitó con una gloria tan ingenua que durante dos días olvidé el resto.

Hoy cuando he salido a la calle, parte de la nieve se habían convertido en hielo, las calles estaban casi desiertas, algunos caminaban con torpeza, mis hijos corrían, yo miraba las ramas caídas y pensaba: “¿Que nos espera ahora?”.


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