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5 marzo 2021

Entonces pensé que éramos como mis cartas

Cada día durante tu ausencia, me escabullía dentro del portal de tu edificio y subía las escaleras de dos en dos hasta la puerta de tu piso. A hurtadillas, como una gata que no quiere que nadie la note.
Una vez arriba, me sentaba delante de la puerta para recuperar el aliento mientras te imaginaba por el otro lado preparándote un café, o buscando algo en la estantería, con tu típica expresión concentrada, que convertías en una mueca divertida cada vez que me pillabas mirándote de lejos.

Me quedaba sentada nada más que un puñado de segundos, pues te confieso que me sentía miserable y que casi siempre me arrepentía de estar ahí. Matemáticamente en esa pausa vacilaba, pero finalmente repetía el mismo gesto del día anterior y del día siguiente.
Apoyaba el oído en la madera robusta, enmarcada como lo eran las puertas antiguas y fingía ser el sujeto de una pintura. Desde dentro no provenía ningún ruido. Tú no estabas, yacía el silencio y yo lo aprovechaba para hacer deslizar el sobre blanco con la fecha correspondiente, en la fisura entre la puerta y suelo.

Te contaba cosas; sensaciones, recuerdos… en raros casos te he dejado solo una foto o una frase, la mayoría eran buenas parrafadas. El flujo que se genera dentro del alma y que da vueltas por el cuerpo hasta llegar a las extremidades: cerebro, mano, boca, (me recuerda el nombre de la enfermedad “mano boca pies”, pero con otra secuencia) para que lo expulses y no se te quede dentro pudriéndose.

Era mi ejercicio cotidiano, como comer, correr y estudiar.

Había encontrado una antigua maquina de escribir a la que había atribuido como única función la de convertir mis emociones hacia ti en letras. Era un nuevo hábito, sagrado y necesario para sobrevivir a tu ausencia.
Cada noche, antes de salir a cenar o a la vuelta, sacaba la maquina, encajaba la hoja y escribía. A diferencia de los sobres todos iguales e impecables, las hojas en las que escribía eran random. No quería comprar un paquete de folios y prefería currarme la búsqueda, así que a veces me coincidían hojas corrientes de papel blanco, otras veces eran paginas de cuadernos, trozos de papel de envolver, cartón fino… incluso había conseguido escribir una carta sobre un papel de horno.
Sabía que este detalle te haría gracia.

Me preguntaba continuamente que opinarías sobre mi comportamiento, si lo aprobarías o no.
También había formulado diferentes escenarios de tu vuelta y de cuando te encontrarías el montón de sobres en la entrada del piso. Por cierto, quería que supieras que los había lanzados con fuerza por debajo de la puerta, para que no se quedasen todos amontonados. (Hubiera sido el colmo si hubieses tenido que llamar a los bomberos para entrar en casa y descubrir que la puerta no se abría a causa de mis cartas).
En mi escenario preferido, después del susto, te dejabas las maletas en el pasillo y con el abrigo todavía puesto, te sentabas en el suelo y empezabas a abrirlas una a una. Las primeras las leías asombrado, las siguientes con una sonrisa cómplice (que amo), las últimas tumbado en el sofá con una copa de vino tinto y unas ganas tremendas de llamarme.

Un día llegué a tu portal más tarde de lo habitual, a causa de un repentino contratiempo, que en aquel momento me había hecho enfadar. Todo había empezado de manera diferente, era el típico día en que todo se tuerce. El portal estaba cerrado y había tenido que esperar a que entrase alguien. Afortunadamente una chica con dos enormes maletas y la expresión simpática, se había bajado de un taxi justo delante de mi y me había abierto con su llave. Ella se subió en ascensor mientras que yo, como siempre, había ido brincando los escalones de dos en dos.

A veces la realidad supera a las expectativas por fantasía y cuando llegué a la quinta planta, tu puerta estaba abierta y la chica que me había abierto estaba arrastrando las enormes maletas dentro de tu piso. Había podido entrever parte del pasillo y mis cartas, todavía esparcidas por el suelo. De todos mis escenarios, habías elegido el que jamás imaginaría.
Bajé las cinco plantas corriendo, aguantándome la respiración hasta salir del portal, donde volví a respirar.
Corría viento, el aire me abofeteaba y a la vez el sol primaveral me calentaba. Había empezado a caminar rápidamente, intentando asimilar lo sucedido; lo bastante para entender, pero no lo suficiente para no poderlo olvidar.

Te habías ido, esta vez para siempre.

Durante el camino hacia mi casa, recordé como nos habíamos conocido, era un recuerdo lejano, me resultaba más fácil recordar nuestra relación, tres años participando el uno en la vida del otro.

Un día me llamaste para decirme que la inquilina del piso te había enviado cuarenta y seis cartas, entonces te conté toda la historia y reímos mucho. Me hablaste de tu viaje que se había convertido en estancia.
No habías vuelto, todavía seguías ahí y habías pasado por varios amores.

Entonces pensé que éramos como mis cartas; folios llenos de sentimientos y de esperanza, viajeros en búsqueda de alguien que nos descubriese. Destinados a unirnos durante un tiempo y luego a despedirnos, para seguir cada uno su propia aventura.


5 Comentarios

  • 1. PJM  |  5 marzo 2021 - 20:58

    Brutal!!!! Me encanta, lo he leído varias veces porque no puedo parar de leerlo. Que bonito escribes!!!

  • 2. lcaldarola  |  5 marzo 2021 - 21:38

    Ayyy gracias de corazón!!! Que ilusión me hace que me digas esto.

  • 3. Sandra  |  6 marzo 2021 - 07:13

    Para cuando otro libro? Me encanta como escribes y tu personalidad. Te sigo desde hace mucho pero ahora q soy mamá aún me gustas más

  • 4. María José  |  10 marzo 2021 - 13:42

    Que poético post, Laura, parece que fuera la parte de una novela de amor. Quizá en un futuro nos lo aclares, estás escribiendo otro libro? Talento tienes para ello.

  • 5. Mercedes  |  14 marzo 2021 - 08:05

    ….ME HAS HECHO LLORAR, LAURA

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