Mamma Mía

5 abril 2021

Toda la vida que no vivimos

Un día de lluvia. Escribía: 

Si no fuera porque el cuerpo me pide comida no me levantaría de la cama. El dormitorio es bastante más oscuro que el de mi casa, es un interior bajo y apenas filtra la luz. Orlando duerme beato a mi lado, sus piececitos apoyados en mi muslo derecho, me hacen cosquillas. Pienso en el café mientras escucho el ruido familiar de la lluvia que desde algunas horas moja el paisaje. El tiempo está más imprevisible que mi humor, ayer había un sol veraniego y hoy parece una mañana de Noviembre.
Calculo llevar despierta una hora y media, en la que no he hecho nada más que mirar los mensajes en el móvil, pensar en las últimas vacaciones en Cerdeña con mi familia, hace dos julios y admirar la belleza inocente de Orlando, que dormido, todavía preserva los rasgos de bebé, o por lo menos es lo que me parece. Necesito creerlo un poco más.
Me duele la mandíbula, como cada mañana desde hace unos meses. Es mi nuevo habito nocturno; un bruxismo, inesperado a estas alturas de mi vida, pero obvio por otro lado, considerando que en este último año mi cuerpo ha manifestado claramente su disconformidad. Además en perfecta sintonía con mi estado de ánimo.

Apunto en mi agenda mental: después de una Navidad sin Navidad, llega una Pascua que no sabe ni a huevo de chocolate con sorpresa, ni a primavera. Más bien me ha pillado con una obra en casa, razón por la que escribo desde otro piso.

Como decía, noto que mi cuerpo responde más lentamente de lo normal, debido a los cambios de hábitos que he adoptado desde el comienzo de la pandemia, supongo. Una vida menos social y de consecuencia menos dinámica, incluso demasiado sedentaria en mi opinión. Así que empiezo a notar algunos achaques típicos de una maquina que ha estado parada durante un tiempo.
Pero sobre todo, se me escapan las ganas de las manos, estoy conociendo por primera vez la “atrofia de la energía” y un poco de pereza, sobre todo ante la idea de empezar el día.

Sigue siendo muy raro y me resulta todavía complicado acostumbrarme a lo que está pasando, aunque ya no es una novedad, sigo anhelando volver al nivel anterior. Me siento atrapada en un tiempo que sigue adelante, pero sin dejarme vivirlo. Una parálisis atemporal donde un año pesa más que cuatro, donde no hay gracia ni riqueza, donde la vida se ha convertido en no vivir.

Como dice Alessandro Baricco, celebre escritor italiano, en un post :

¿Y de esta otra muerte cuando hablamos? La muerte trepadora, que no se ve. No hay decreto que la tenga en cuenta, no hay gráficos cotidianos, oficialmente no existe. Pero cada día, desde hace un año, ella está ahí: toda la vida que no vivimos, por no arriesgarse a morir.


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29 marzo 2021

Hasta que los candados sean ligeros y permitan correr. Corred.

Mi prima Pio es como una hermana para mí. Vivíamos en el mismo edificio y jugábamos juntas cada tarde, durante toda nuestra niñez. Yo fui la primera en dejar el nido y ella se despidió con una carta que me entregó personalmente, de madrugada, al portal de casa mientras el taxista guardaba mis maletas en el maletero.
En aquella época los cambios daban miedo, el desapegue de la familia me creaba cierta tristeza, no era de esas personas que tienen a los padres muy encima, tenía mi espacio, mi libertad y disfrutaba de mi familia, tal cual.

Además, era bastante tímida y responsable a pesar de todo, me preocupaba más el dormir sola que disfrutar de las fiesta que podría montarme en mi nuevo piso.
No era consciente de la necesidad intrínseca humana de estar solos. Pero con el tiempo lo descubrí.

Pio se marchó a Londres pocos días después. Fui a verla una sola vez, al siguiente año. Yo, mientras, me había mudado en Milán, donde me quedé hasta irme a Madrid.

Pio vino a verme muchas veces a Madrid, cada vez que José se iba de viaje y también en otras ocasiones.
Mi prima tiene un año menos que yo, no tiene hijos y viaja por el mundo como y cuando le da la gana.
Es mi alter ego: yo tengo dos hijos pequeños, el colegio, la gestión de una familia…etc. Un candado que, de vez en cuando, te da acceso a la libertad (vigilada).
Hoy caminaba por la calle, intercambiando eternas notas vocales con ella. Me comentó sus viajes planificados dentro de un par de años, y pensé: que suerte poder viajar.

Navegar por el Mundo, recorrerlo de arriba a abajo. Descubrir sus colores, olores, tradiciones. Ver la historia con los propios ojos, conocer gente y más gente y más gente, escuchar idiomas, mirarse con personas desconocidas y lejanas. Vibrar junto a la naturaleza. Inhalar la libertad por la nariz y vaciarse por completo para poder aprender cosas nuevas. Ser constantemente un libro en blanco. Saciar la curiosidad y asombrarse miles de veces por las maravillas que forman parte de nuestro planeta. Las que muchos no hemos visto o que hemos visto a medias.

Años atrás viajaba bastante por trabajo, también por placer (menos) y todavía me alimento de esos recuerdos. Pero como decía, la vida te va poniendo candados a medida que nos hacemos mayores y las responsabilidades muchas veces no encajan con el personaje libre y desenfadado que guardamos dentro.

He vuelto a casa y no puedo pensar a otra cosa, mirando por la ventana las nubes blancas cruzar el cielo azul, he deseado tanto volar que he tenido la necesidad de escribirlo.
Como madre, como mujer: ex niña y futura vieja, me gustaría gritarlo fuerte:

A mis hijos, a los muy jóvenes, (porque todavía me siento identificada en esta categoría) a los que no tienen hijos pequeños o alguien que cuidar, a los que pueden y hasta que puedan.
Hasta que los candados sean ligeros y permitan correr. Corred. Ir a la izquierda y a la derecha, arriba y abajo, donde el dedo apunte en el mapa, donde os lo susurren los sueños. Viajad y descubrid lo que los otros no pueden, viajad para contar lo que otros no saben, para que la existencia se enriquezca de todo lo que esta vida ofrece y luego, a medida que los candados se hagan más pesado y más numerosos, recordareis cuando volabais.

Sin parar.


Foto de Deborah Torres. @ouh.mamma


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21 marzo 2021

Ese cuerpo

Cada vez que me apetece publicar, en mi propia galería de Instagram, una foto que me retrata menos vestida o en una pose que puede resultar provocante o atrevida, titubeo. Me detengo, injustamente, porque me disgusta que se me pueda interpretar erróneamente. Simplemente porque pensarlo o incluso comentarlo, es derecho de todos. A pesar de que seamos desconocidos – incluso entre conocidos –  y que nadie puede cambiar algo con su juicio como si de una varita mágica que apunta se tratase.
Sin embargo, todo suma sin quererlo y una foto absolutamente común, una entre millones de fotos parecidas o iguales, en “mi caso”, podría sorprender o desconcertar.
Porque no es exactamente lo que se espera de una mujer próxima a los cuarenta y encima madre.

Los gestos que salen de la convención de una forma mentís simple y árida suelen ser mirados con desconfianza y exigen una explicación.
Pues un mero “me apetece” no vale.

Igual que no nos valía el: “porque sí” o “porque lo digo yo” de nuestras madres.

El juego lleva a la incomoda necesidad de justificarse. Una mirada que sutilmente te invita a una autocritica, como si el tiempo y los hijos detuviesen cualquier acto femenino o sexual que te perteneciese y que ya no. Porque en un momento dado de tu vida, esas son cosas que ya no las deberías hacer.

Cosas como:

Desnudarte y sentir a través de tu cuerpo, ofrecerlo a quien te apetece, disfrutar de él. A pesar de las cicatrices de una cesárea, de unos pechos menos turgentes o de unas curvas demás que te recuerdan que ese mismo cuerpo, durante meses, ha sido el lugar que ha acogido una vida. Una maquina perfecta de procreación y una puerta hacia el mundo.
Ese cuerpo que es el templo de tu alma y que generosamente se ha puesto a disposición, transformándose, de la gestación de un ser hasta entonces desconocido.
Un cuerpo que ha florecido sangrando. El símbolo más humano de la vida misma.
Un cuerpo que merecería ser bandera, en lugar que algo que ocultar y que debería ser mirado con amor y respeto. Siempre.


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15 marzo 2021

A las jóvenes mujeres

El otro día leí un post de una mamá italiana cuyo blog se llama “Una mamma Green” y pensé que sería bonito traducirlo y compartirlo con vosotras.

Appello alle giovani donne. (Una mamma green).

Pide una cerveza ligera, si lo deseas. Un vino espumoso, un Cosmopolitan como Carrie Bradshow, o una Coca Zero. Pero si tienes ganas de un tinto fuerte, de una cerveza triple, de un Whisky… Pues, no pienses ni por un momento que sean cosas que las mujeres no toman.

Hazte tatuar una pluma, si te gusta. Una mariposa estilizada, un hada que revoletea, un diente de león que esparce sus semillas en el viento. Pero si prefieres a un drakar de veinte centímetros, una calavera, un lobo feroz, no te atrevas a renunciar pues “no son sujetos femeninos”.

No des por sentado tener que ser multitasking. Hacer cien cosas contemporáneamente no es una actitud, sino a menudo es simplemente la única opción. Lo harían los hombres – lo hacen también los hombres – a falta de alternativas.

Enfádate hasta que te toque vivir en un mundo en el que los colegios estén llenos de profesoras, pero los rectorados universitarios rebosan de profesores. En el que las cocinas caseras están llenas de cocineras, pero los restaurantes estrellados rebosan de chef hombres. En el que las facultades de medicina están llenas de estudiantes brillantes, pero los repartos de cirugía y cardiología rebozan de hombres. En el que la gestión de las familias pesa prevalentemente sobre las madres, pero la administración de las empresas, de las instituciones publicas, de los medios queda firmemente en manos de los hombres.

Tiñe tu pelo del matiz que te gusta. Pero déjalos blancos o grises sin remordimientos, si te apetece. Largos o cortos, rizados o lisos. Sin sentirte en la obligación de justificarlos con un maquillaje importante o joyas lujosas. Tiñe tu pelo o no, líberamente. Como haría cualquier hombre canoso.

Come sano, quédate en forma, preserva tu salud como puedas. Pero para de creer, por favor, a quien se obstina en contar que solo los delgados son sanos, que solo los delgados son guapos. Pues si no eres delgada, evidentemente, eres vaga, débil, sin fuerza de voluntad. Cada cuerpo está bien, pero finalmente un cuerpo delgado “es mejor”.

No des por sentado que haya un hijo en tu destino. La plenitud de la vida no pasa por la maternidad, no necesariamente. Siempre ha sido así para los hombres, no existe alguna razón biológica por lo que no tenga que valer lo mismo para las mujeres.

No te avergüences de tus lagrimas, pero no des por sentado tener que llorar si o si. Llama a las menstruaciones con su nombre. Es un endometrio que se escama obedeciendo a un flujo de hormonas: nada diferente de un parpado que pestañea, de un diafragma que se levanta y se baja durante la respiración. Sangre nueva que fluye fuera de tu cuerpo: nada de sucio, nada de inmundo, nada de infecto o de algún modo inoportuno.

No pienses nunca que tu placer pueda ser una variable auxiliar. Que el placer físico sea un privilegio para pocas, una suerte ocasional o quizás una verdad para callar con pudor y retención. Tienes un cuerpo que puede vibrar, si aprendes a conocerlo y a darle lo que desea. Y gozar, en el pleno respeto de ti misma, es un derecho al que estás llamada a ejercer.

Siéntete libre de maquillarte, aunque solo sea para ir a tirar la basura. Regálate el más complejo de los cuidados faciales, pasa tu tiempo libre a mejorar tu rutina de belleza, si eso te hace sentir bien. Pero no te dejes convencer de que necesitas maquillaje, pintauñas y tacones para no ser “descuidada”.  Y que “no te quieres lo suficiente” si no te gusta untarte de cremas o ir al centro estético. Si te sientes perfectamente cómoda con un chándal y zapatillas.

El respeto de nosotros y de los demás, la dignidad y el supuesto decoro no tienen nada (nada!) que ver con el aspecto exterior.

Cuídate de quien te dice que “una buena madre” no puede ausentarse muchas horas por trabajo, que tiene que saber hacer una masa casera y hacer esculturas con el azúcar glas. Que nunca tiene que enfadarse. El mundo está lleno de padres ejemplares que trabajan todo el día sin ningún remordimiento, que nunca han amasado un bizcocho y que pierden la paciencia sin crucificarse por ello: ¿Por que debería ser diferente para las mujeres?

No des por descontado que acudir a un niño, llevarle al pediatra, hablar con sus profesores o prepararle la comida sean, en el fondo, tareas exclusivamente femeninas.

No des por descontado que, como mujer, tú estés más predispuesta a cuidar, organizar, recordar. Y quizás incluso a consolar, mimar, perdonar. No es así, en el modo más absoluto. Solo es que, a los hombres, estas cosas, antes nadie se las exigía. Nadie se las enseñaba. Estudia, lee, viaja. Alimenta cada día tu curiosidad, pues es la única manera de ser libre.

Se lo que eres, porque eres tú. No porque eres una mujer o porque no eres un hombre. Se lo que eres, cualquier cosa que ello signifique. Sin miedo, sin vergüenza, sin cadenas.


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5 marzo 2021

Entonces pensé que éramos como mis cartas

Cada día durante tu ausencia, me escabullía dentro del portal de tu edificio y subía las escaleras de dos en dos hasta la puerta de tu piso. A hurtadillas, como una gata que no quiere que nadie la note.
Una vez arriba, me sentaba delante de la puerta para recuperar el aliento mientras te imaginaba por el otro lado preparándote un café, o buscando algo en la estantería, con tu típica expresión concentrada, que convertías en una mueca divertida cada vez que me pillabas mirándote de lejos.

Me quedaba sentada nada más que un puñado de segundos, pues te confieso que me sentía miserable y que casi siempre me arrepentía de estar ahí. Matemáticamente en esa pausa vacilaba, pero finalmente repetía el mismo gesto del día anterior y del día siguiente.
Apoyaba el oído en la madera robusta, enmarcada como lo eran las puertas antiguas y fingía ser el sujeto de una pintura. Desde dentro no provenía ningún ruido. Tú no estabas, yacía el silencio y yo lo aprovechaba para hacer deslizar el sobre blanco con la fecha correspondiente, en la fisura entre la puerta y suelo.

Te contaba cosas; sensaciones, recuerdos… en raros casos te he dejado solo una foto o una frase, la mayoría eran buenas parrafadas. El flujo que se genera dentro del alma y que da vueltas por el cuerpo hasta llegar a las extremidades: cerebro, mano, boca, (me recuerda el nombre de la enfermedad “mano boca pies”, pero con otra secuencia) para que lo expulses y no se te quede dentro pudriéndose.

Era mi ejercicio cotidiano, como comer, correr y estudiar.

Había encontrado una antigua maquina de escribir a la que había atribuido como única función la de convertir mis emociones hacia ti en letras. Era un nuevo hábito, sagrado y necesario para sobrevivir a tu ausencia.
Cada noche, antes de salir a cenar o a la vuelta, sacaba la maquina, encajaba la hoja y escribía. A diferencia de los sobres todos iguales e impecables, las hojas en las que escribía eran random. No quería comprar un paquete de folios y prefería currarme la búsqueda, así que a veces me coincidían hojas corrientes de papel blanco, otras veces eran paginas de cuadernos, trozos de papel de envolver, cartón fino… incluso había conseguido escribir una carta sobre un papel de horno.
Sabía que este detalle te haría gracia.

Me preguntaba continuamente que opinarías sobre mi comportamiento, si lo aprobarías o no.
También había formulado diferentes escenarios de tu vuelta y de cuando te encontrarías el montón de sobres en la entrada del piso. Por cierto, quería que supieras que los había lanzados con fuerza por debajo de la puerta, para que no se quedasen todos amontonados. (Hubiera sido el colmo si hubieses tenido que llamar a los bomberos para entrar en casa y descubrir que la puerta no se abría a causa de mis cartas).
En mi escenario preferido, después del susto, te dejabas las maletas en el pasillo y con el abrigo todavía puesto, te sentabas en el suelo y empezabas a abrirlas una a una. Las primeras las leías asombrado, las siguientes con una sonrisa cómplice (que amo), las últimas tumbado en el sofá con una copa de vino tinto y unas ganas tremendas de llamarme.

Un día llegué a tu portal más tarde de lo habitual, a causa de un repentino contratiempo, que en aquel momento me había hecho enfadar. Todo había empezado de manera diferente, era el típico día en que todo se tuerce. El portal estaba cerrado y había tenido que esperar a que entrase alguien. Afortunadamente una chica con dos enormes maletas y la expresión simpática, se había bajado de un taxi justo delante de mi y me había abierto con su llave. Ella se subió en ascensor mientras que yo, como siempre, había ido brincando los escalones de dos en dos.

A veces la realidad supera a las expectativas por fantasía y cuando llegué a la quinta planta, tu puerta estaba abierta y la chica que me había abierto estaba arrastrando las enormes maletas dentro de tu piso. Había podido entrever parte del pasillo y mis cartas, todavía esparcidas por el suelo. De todos mis escenarios, habías elegido el que jamás imaginaría.
Bajé las cinco plantas corriendo, aguantándome la respiración hasta salir del portal, donde volví a respirar.
Corría viento, el aire me abofeteaba y a la vez el sol primaveral me calentaba. Había empezado a caminar rápidamente, intentando asimilar lo sucedido; lo bastante para entender, pero no lo suficiente para no poderlo olvidar.

Te habías ido, esta vez para siempre.

Durante el camino hacia mi casa, recordé como nos habíamos conocido, era un recuerdo lejano, me resultaba más fácil recordar nuestra relación, tres años participando el uno en la vida del otro.

Un día me llamaste para decirme que la inquilina del piso te había enviado cuarenta y seis cartas, entonces te conté toda la historia y reímos mucho. Me hablaste de tu viaje que se había convertido en estancia.
No habías vuelto, todavía seguías ahí y habías pasado por varios amores.

Entonces pensé que éramos como mis cartas; folios llenos de sentimientos y de esperanza, viajeros en búsqueda de alguien que nos descubriese. Destinados a unirnos durante un tiempo y luego a despedirnos, para seguir cada uno su propia aventura.


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1 marzo 2021

SE LLAMA CALMA

Echo de menos la sensación del viento que sopla con fuerza en dirección opuesta a la mía, librándome el pelo en el aire, como la melena de un caballo que corre salvaje.
Pisar la arena cuando ya no está caliente y observar el destello del mar encrespado, sabiendo que en pocos segundos estaré inmergida en su agua, observando un espectacular atardecer.

Extraño la libertad que se desprende en estos gestos, el bienestar que te genera la comunión con la naturaleza y el silencio.

Nunca he valorado tanto el silencio como ahora, este lugar inaccesible al mundo exterior. Colchón suave en cuyas curvas rebotan los ruidos innecesarios: noticias, palabras que sobran, falsas intenciones, estúpidos compromisos, superficialidad, que comúnmente abundan.

En el silencio es fácil escucharse, sin la contaminación exterior no hay indecisión, solo lo que necesitas.
He llegado a una edad que me permite respetarme a mí misma, he ganado cierta confianza y experiencia para que no haya otros que opinen o piensen por mí.
Y no me apetece conformarme, no me interesa encajar a la fuerza, no quiero fingir para halagar a otro.

Deseo sentir la brisa soplar en mi rostro cada día de mi vida y alejar cualquier cosa que lo impida. Quedarme solo con lo importante para mí.

La vida te ofrece la posibilidad de amar y algunas veces ser correspondido, en este caso, voy a intentar no equivocarme.
El  «pecado» más tonto que alguien puede hacer es asemejarse a alguien diferente.

Foto de @romerodeluquefoto

SE LLAMA CALMA (Dalai Lama)

Se llama calma y me costó muchas tormentas.
Se llama calma y cuando desaparece…. salgo otra vez a su búsqueda.
Se llama calma y me enseña a respirar, a pensar y repensar.

Se llama calma y cuando la locura la tienta se desatan vientos bravos que cuestan dominar.

Se llama calma y llega con los años cuando la ambición de joven, la lengua suelta y la panza fría dan lugar a más silencios y más sabiduría.

Se llama calma cuando se aprende bien a amar, cuando el egoísmo da lugar al dar y el inconformismo se desvanece para abrir corazón y alma entregándose enteros a quien quiera recibir y dar.

Se llama calma cuando la amistad es tan sincera que se caen todas las máscaras y todo se puede contar.

Se llama calma y el mundo la evade, la ignora, inventando guerras que nunca nadie va a ganar.

Se llama calma cuando el silencio se disfruta, cuando los ruidos no son solo música y locura sino el viento, los pájaros, la buena compañía o el ruido del mar.

Se llama calma y con nada se paga, no hay moneda de ningún color que pueda cubrir su valor cuando se hace realidad.

Se llama calma y me costó muchas tormentas y las transitaría mil veces más hasta volverla a encontrar.

Se llama calma, la disfruto, la respeto y no la quiero soltar…


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22 febrero 2021

El lugar donde se recoge toda la inocencia

Mi método de medición del crecimiento de mis hijos son sus pies. El lugar donde se recoge toda la inocencia, junto a las pelusas de los calcetines.

Hay algo en las facciones redondeadas y perfectas de estas extremidades que produce un exceso de ternura. Ahí donde se asoma la fragilidad y se afirma la independencia.

Es su parte del cuerpo que más echo de menos a medida que se estiran, y aun manteniendo el tamaño de niños, no es el imán donde gravitan todos los besos. Tienen el presentimiento de la madurez y de la despedida cualquier día tras las vacaciones de verano.

Sus pies son los guardianes en carne y hueso de la vida y las madres lo percibimos desde que los tenemos. Cada vez que sonamos una melodía al pasar el pulgar sobre cada uno de sus maravillosos dedos. Cada vez que emocionadas se los besamos, cada vez durante el cambio del pañal, nos los apoyamos en la cara para hacerles reír.

Los pies de los niños son santos,
también con la “porquería” atrapada debajo de los dedos cerrados cuando son bebes,
también cuando desatan miles de pelusas en el agua de la ducha,
también cuando están sudados y los calcetines solo se quitan al revés.

Hasta el día, que la ternura se enfría un poco y los besos resultan incomodos. Cuando ya no hace falta agacharse para atar a los cordones antes de salir de casa y en el zapatero no caben todos los pares de antes.

Todavía cada vez que miro los pies a mis hijos siento la dulzura poseerme el alma y pienso:

Deseo que crezcáis libres.
Sin embargo, no sé como podré miraros correr en la dirección opuesta a la mía.
Ahora siempre volvéis a mis brazos, ahora soy vuestra casa. Todavía nos queda tiempo antes de la carrera hacia el otro lado. Pero el tiempo huye y no hay manera de agarrarse a él, solo podemos aprovecharlo y no olvidar esos piececitos que nos hicieron una sola persona feliz.


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15 febrero 2021

Mejor si nadie llora

Tengo la sensación de que el ser humano nace equipado de impulsos naturales y que, desde el inicio y a lo largo de los años, ha sido educado para domesticarlos o reprimirlos.

Es un poco como echarle sal a una tarta para que esté menos dulce.

Un niño viene al mundo y lo primero que hace es llorar. Si a caso no lo hace, alguien del equipo medico procura darle una nalgadita para inducirle el lloro y comprobar así que el bebé está sano, receptivo, despierto…. en fin, que todo va según un protocolo que desconozco.
Fijaros como un dato relevante para el correcto funcionamiento del ser humano, luego se convierte en algo que intentamos impedir o incluso ocultar.

No llores.

¿Las cosas se obtienen llorando?

No hace falta llorar por eso.

Solo para dar algunos ejemplos.
(Y declararme culpable, no pretendo ser una madre ejemplar ni una mujer impecable, pero entiendo y veo mis errores. Escribo justo de ellos).

Un niñ@, al igual que un adulto, llora por alguna razón. A veces la razón es muy clara otras veces no lo es tanto, aun así, necesita llorar para liberarse de un peso o manifestar un malestar…. su interior se lo pide y su cuerpo se lo concede sin titubear.
Desafortunadamente ver o escuchar a alguien llorar, crea incomodidad, molestia, lástima… Conclusión: Mejor si nadie llora.

Quiero hacer un inciso, esta actitud siempre hace referencia a emociones consideradas “negativas”. Si el sujeto ríe a carcajadas nadie le va a decir que pare.

Parece que el hombre nace con instintos y que el entorno social hace lo posible para convencerle de que los instintos son cosas de los animales y no de los humanos.

Los animales no tienen inteligencia. No piensan.

Me gustaría preguntarles a los animales si son felices viviendo de instinto y con una consciencia simplificada 
Ahora en serio, sin hacer comparaciones con el mundo animal (estoy contenta de no ser un mono), a veces me siento humanamente censurada y me cuesta entender porque nos infligimos esta tortura.

Cualquier sentimiento que se sale de su medida políticamente correcta o del manual de instrucciones para buenas personas es punible. No solo por ajenos, nosotros mismos no los aceptamos.

Supongo que es inevitable, considerando que desde pequeños nos adiestran a diferenciar lo que se puede hacer y lo que no.
Los dibujos animados son la primera herramienta social que (sin darnos cuenta) manipula la mente de los pequeños. Les proporciona cánones y estereotipos, llevando al extremo tanto el mal como el bien.

Y luego las notas y los juicios en el colegio, que premian la colectividad en lugar que la individualidad, por simplificación.
Ni los padres nos salvamos, somos todos parte de un enorme perro que se muerde la cola, quien mas quien menos y la tendencia de esto se puede hacer, esto no se puede hacer prevalece.

Lo bueno es que la represión crea curiosidad, expansión y evasión. Salirse de la programación que nos afecta desde el primer día de vida es un buen ejercicio para la autoestima, también para hacerse preguntas, pero es una ilusión.

Miro a mi alrededor y veo personas siempre menos entusiastas de lo que hacen, más insatisfechas y puede que también menos felices y personalmente atribuyo la culpa a la desconfianza genérica hacía el genero humano y a la necesidad de estandarizarlo todo.
En lugar de usar tu propio instinto, se te enseña a confiar en alguien cuyo poder es saberlo todo de ti, más que tú mismo. Se te impone como vestir, como actuar, que estudiar, cuando procrear, quien amar, como educar, donde trabajar…
Resultado: nos exigíamos demasiado, nos machacamos, nos controlamos, nos exprimimos como limones para intentar alcanzar el modelo falso e hipócrita que nos enseñan e inevitablemente fallamos.
Fallamos porque ese modelo ideal no se parece a un humano.

La realidad es más compleja, intrigante, sutil, misteriosa… Estoy convencida que merece la pena ser libres.


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7 febrero 2021

Lo que tú ves como una copa de vino

Lo que tú ves como una copa de vino, para mi es el encuentro conmigo misma después de un día siendo materia que se plasma según necesidades y exigencias principalmente ajenas.

Una comunión bendecida por mi mano que sana y que peca en igual medida.

Mi frivolidad oxidada vuelve a brillar allí donde corre la linfa de Baco, proporcionándome una puerta atemporal para acceder a pasado y futuro y una ventana para mirar los recuerdos. Pero sobre todo para no olvidarME.

En algún momento he cambiado, ni siquiera lo he decidido, han sido desafortunadas coincidencias que se han ido depositando poco a poco y creando un cumulo de residuos, hasta afectar a mi comportamiento.

Un día debajo de la ducha el agua dibujaba mi silueta y si no fuera porque sigue fiel durante los años, hubiera pensado ser otra. Me he preguntado cuando he perdido la chispa que me distinguía, la que me permitía perderme y volver a encontrarme. Sobre la que siempre podía contar.

Mi coloreada versión se ha disipado, como los chorros de agua engullidos por el desagüe de la bañera, a cambio del producto que más encaja con la demanda del mercado.

Lo que tú ves como una copa de vino, para mi es una invitación, un tete-a-tete entre dos cascarrabias intencionadas a domesticarse, sin posibilidad. La forma más banal de decirle a mi “ser” vuelve a casa, aunque sea durante un rato.

Lo que tú ves como una copa de vino, para mi es la más básica compensación por derecho, la manera de frenar la inercia que empuja durante horas y una digna despedida del día.

Minimizar los gestos o simplificar las cosas es una cobardía que no puedo permitirme, significaría negar definitivamente lo que defiendo en mi interior.

Lo que tú ves como una copa de vino, son miles de detalles capturados y atrapados en un espacio seguro, son el caos de emociones que no encuentran espacio.

A veces me siento un paisaje desbordante de emociones al que nadie puede acceder sin malentender. Entonces desconecto por un momento. De todo, de todos y me concentro en mi.

Lo que tú ves como una copa de vino, es una copa de vino. Tienes que fijarte en la persona que sostiene la copa, porque si te fijas bien, puede que la veas de verdad.


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1 febrero 2021

«Celos» entre hermanos

Desde algunos meses la dinámica en mi casa es la siguiente:

Hermano mayor molesta hermano pequeño, hermano pequeño grita y llora (de frustración).

Desde algunos días la sobre citada dinámica ha tenido una pequeña variante:

Hermano mayor molesta hermano pequeño, hermano pequeño ha aprendido a defenderse.

Como:

Grita + intenta pegar al hermano mayor + llora a propósito para que los padres se enfaden con el hermano mayor.

Consecuencia:
Padres hartos, sin paciencia y con los nervios a flor de piel. Los gritos son insoportables cuando se trata de un tiempo extendido y afectan directamente al sistema nervioso. El constante desafío con los hijos agota tremendamente hasta llegar al punto de dudar sobre mi habilidad como madre. Por no hablar de los remordimientos que me atenazan tras una bronca épica o un castigo, que además no considero buena opción pero peco de exasperación.

Hace unos días hice comenté ese tema en IG y recibí muchos mensajes de madres en la misma, idéntica situación.

Nuestros hij@s son personas estupendas individualmente, pero algo cambia cuando se juntan. Se activa un mecanismo ¿“defensivo/agresivo”? por parte de un herman@ (en la mayoría de los casos parece ser el mayor, aunque a veces es el más pequeño en manifestar ese malestar).

No he tenido la ocasión de hablar con un experto sobre el tema, pero como madre he estado observando y reflexionando sobre esta reciente situación.

Comenzando desde el principio.
El hermano mayor aceptó sumisamente y de buen humor la llegada del hermano pequeño. Nos pareció incluso demasiado maduro para su edad. Tenía tres años y medio. Me atrevería a decir que lo llevé peor yo. El nacimiento del segundo me provocó cierta carga emocional, no me sentía preparada para desapegarme del mayor y me sentía culpable por ello.
Con el tiempo encontramos un equilibrio familiar bastante llevadero, a pesar de la revolución que causa la llegada de un nuevo miembro. El hijo mayor sentía cierta responsabilidad sobre su hermano pequeño y a la vez le procuraba ternura. Una relación digna de NO ser mencionada por su lógica y espontaneidad.

Me avisaron
De que los «celos» pertenece a una edad más madura y que suele llegar más tarde, o sea cuando hay competencia.
Y yo cada vez que me ponían en alerta, pensaba: “Ojalá que nada cambie para nosotros”.

Estoy segura de que habrán excepciones (pocas), pero nosotros no somos una de ellas.
En cuanto el pequeño empezó a hablar haciendo gracias a todo el mundo, a coger cualquier cosas, a capturar la atención como niño en lugar que como bebé (catalogado por el hermano mayor como ser inocuo, parecido a una mascota), ahí es cuando surgió el cambio y en lugar que un hermano, el bebé se convirtió en un adversario. En todos los campos.

No le culpo,
entiendo completamente la posición del mayor. De repente el inofensivo muñeco se convierte en un ladrón de mimos, un destructor de juguetes, un cazador de atenciones. Se adueña pertenencias de otro sin pedir permiso y con el visto bueno de mamá y papá.

Aprender de repente que MIO, se convierte en NUESTRO, es difícil.
Tiene todo el derecho a oponerse y claro, lo hace con las herramientas que tiene a su disposición.
Por otro lado los padres aunque entendemos, hacemos de todo para que haya armonía y para que el pequeño no se sienta amenazado, siendo la parte en desventaja.
Se crea entonces un conflicto; el hermano mayor sufre de frustración y los padres le culpan de no ser generoso, de no saber compartir, de portarse mal con su hermano pequeño.

¿Nos equivocamos?
Aunque me resulta más cómodo culpabilizar a los mayores, no creo que sea un error de los padres. Al fin y al cabo lo que todos queremos es estar bien juntos y que los niños estén felices y se quieran.
Las intenciones de los adultos son buenas, mejores que las de los niños, sin embargo los medios son peores.
Los niños al no saber procesar la información como nosotros, actúan de forma inconsciente, con frialdad o maldad si es lo que sienten, no tienen un filtro por donde pasar las emociones y la manifiestan en su estado primitivo.
Por otro lado, los padres, intentamos proteger a través de métodos más directos y que pueden resultar bruscos. Queremos educar y lo hacemos según nuestro criterio.

Ignórales
Me aconsejaron no darle importancia. Algunas veces he probado esta táctica pero con escaso resultado:

Situación: El mayor chincha y el pequeño se defiende a gritos agudos, de los que te rebotan dentro del tórax aunque estés a metros de distancia. Siguen hasta que uno de los dos llora, casi siempre el pequeño. La pantomima se repite, una, dos, tres veces… si no irrumpo puede durar toda la tarde.
Intento mantener la calma e ignorarles, adopto una postura pacifica; respiro e intento borrar de mi mente la imagen de estar en un ring repartiendo bofetones.
Al día siguiente espero que haya funcionado, pero vuelve a pasar lo mismo y otra vez intento no hacerles caso. Resulta que es imposible, me vienen a buscar, mendicantes de publico, así que finalmente pierdo la calma, la paz, la consideración y me convierto en una versión demoniaca de Shrek.

Lógicamente me arrepiento.
(¿Cuantas veces al día nos arrepentimos las madres?)
Cuanta intensidad… es un peso bastante grande para cargar con ello y cuando no podemos más, inevitablemente sale la peor versión de mamá, licita, pero a nadie le gusta, ni a nosotras mismas.

Espejo reflejo
Valoro la sinceridad en todos sus aspectos, por lo tanto no escondo mis emociones a mis hijos, intento filtrar si hace falta, pero no me importa que me vean triste, enfadada o preocupada si así es como me siento. No quiero darles una información falsa, prefiero que conozcan y reconozcan los sentimientos y las emociones y que se sientan libres de sentirlas, sin avergonzarse. Quiero que nos conozcamos profundamente y que me vean como un lugar seguro, donde ser libres.

He estado dándole vueltas y hablando con otros padres y resulta que la mayoría lo ha pasado con sus hijos, o lo está pasando. Hemos comprobado que la dinámica es símil o idéntica y que desaparece con el paso de los años.

Por esta razón, tranquilizo a las madres que me han escrito manifestando la preocupación de que esta situación se mantenga en el tiempo. Los niños tienen su recorrido y no es fácil ni para ellos, aprender a vivir es un trabajo y conlleva a luchas interiores.
En base a este pensamiento, he decidido no dramatizar el tema y de hablar con ellos para hacerles más conscientes. Por otro lado creo que es importante evitar “hacer duplicados” y favorecer intereses distintos. Aunque es más cómodo “matar dos pajaros de un tiro” a veces premia el separar, evitar la competencia en cualquier aspecto y estar atentos a equilibrar nuestra relación con ellos, de manera que ninguno se sienta privilegiado o desfavorecido.

He notado que desde que soy más cariñosa con el mayor, se porta mejor. Es posible que sintiera carencia y que nunca me lo dijo, tuve esta sensación porque siendo el pequeño muy afectuoso, las efusiones convergían más hacia él. Me di cuenta yo misma, que con el pequeño tenía una actitud más protectora y amorosa y probablemente sin querer herí los sentimientos del mayor.

A pesar de que la situación es universal, cada niño tiene sus necesidades, observarles y escucharles es la mejor manera de entenderles.


4 ComentariosEnviado por: lcaldarola

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