Mamma Mía

15 febrero 2021

Mejor si nadie llora

Tengo la sensación de que el ser humano nace equipado de impulsos naturales y que, desde el inicio y a lo largo de los años, ha sido educado para domesticarlos o reprimirlos.

Es un poco como echarle sal a una tarta para que esté menos dulce.

Un niño viene al mundo y lo primero que hace es llorar. Si a caso no lo hace, alguien del equipo medico procura darle una nalgadita para inducirle el lloro y comprobar así que el bebé está sano, receptivo, despierto…. en fin, que todo va según un protocolo que desconozco.
Fijaros como un dato relevante para el correcto funcionamiento del ser humano, luego se convierte en algo que intentamos impedir o incluso ocultar.

No llores.

¿Las cosas se obtienen llorando?

No hace falta llorar por eso.

Solo para dar algunos ejemplos.
(Y declararme culpable, no pretendo ser una madre ejemplar ni una mujer impecable, pero entiendo y veo mis errores. Escribo justo de ellos).

Un niñ@, al igual que un adulto, llora por alguna razón. A veces la razón es muy clara otras veces no lo es tanto, aun así, necesita llorar para liberarse de un peso o manifestar un malestar…. su interior se lo pide y su cuerpo se lo concede sin titubear.
Desafortunadamente ver o escuchar a alguien llorar, crea incomodidad, molestia, lástima… Conclusión: Mejor si nadie llora.

Quiero hacer un inciso, esta actitud siempre hace referencia a emociones consideradas “negativas”. Si el sujeto ríe a carcajadas nadie le va a decir que pare.

Parece que el hombre nace con instintos y que el entorno social hace lo posible para convencerle de que los instintos son cosas de los animales y no de los humanos.

Los animales no tienen inteligencia. No piensan.

Me gustaría preguntarles a los animales si son felices viviendo de instinto y con una consciencia simplificada 
Ahora en serio, sin hacer comparaciones con el mundo animal (estoy contenta de no ser un mono), a veces me siento humanamente censurada y me cuesta entender porque nos infligimos esta tortura.

Cualquier sentimiento que se sale de su medida políticamente correcta o del manual de instrucciones para buenas personas es punible. No solo por ajenos, nosotros mismos no los aceptamos.

Supongo que es inevitable, considerando que desde pequeños nos adiestran a diferenciar lo que se puede hacer y lo que no.
Los dibujos animados son la primera herramienta social que (sin darnos cuenta) manipula la mente de los pequeños. Les proporciona cánones y estereotipos, llevando al extremo tanto el mal como el bien.

Y luego las notas y los juicios en el colegio, que premian la colectividad en lugar que la individualidad, por simplificación.
Ni los padres nos salvamos, somos todos parte de un enorme perro que se muerde la cola, quien mas quien menos y la tendencia de esto se puede hacer, esto no se puede hacer prevalece.

Lo bueno es que la represión crea curiosidad, expansión y evasión. Salirse de la programación que nos afecta desde el primer día de vida es un buen ejercicio para la autoestima, también para hacerse preguntas, pero es una ilusión.

Miro a mi alrededor y veo personas siempre menos entusiastas de lo que hacen, más insatisfechas y puede que también menos felices y personalmente atribuyo la culpa a la desconfianza genérica hacía el genero humano y a la necesidad de estandarizarlo todo.
En lugar de usar tu propio instinto, se te enseña a confiar en alguien cuyo poder es saberlo todo de ti, más que tú mismo. Se te impone como vestir, como actuar, que estudiar, cuando procrear, quien amar, como educar, donde trabajar…
Resultado: nos exigíamos demasiado, nos machacamos, nos controlamos, nos exprimimos como limones para intentar alcanzar el modelo falso e hipócrita que nos enseñan e inevitablemente fallamos.
Fallamos porque ese modelo ideal no se parece a un humano.

La realidad es más compleja, intrigante, sutil, misteriosa… Estoy convencida que merece la pena ser libres.


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7 febrero 2021

Lo que tú ves como una copa de vino

Lo que tú ves como una copa de vino, para mi es el encuentro conmigo misma después de un día siendo materia que se plasma según necesidades y exigencias principalmente ajenas.

Una comunión bendecida por mi mano que sana y que peca en igual medida.

Mi frivolidad oxidada vuelve a brillar allí donde corre la linfa de Baco, proporcionándome una puerta atemporal para acceder a pasado y futuro y una ventana para mirar los recuerdos. Pero sobre todo para no olvidarME.

En algún momento he cambiado, ni siquiera lo he decidido, han sido desafortunadas coincidencias que se han ido depositando poco a poco y creando un cumulo de residuos, hasta afectar a mi comportamiento.

Un día debajo de la ducha el agua dibujaba mi silueta y si no fuera porque sigue fiel durante los años, hubiera pensado ser otra. Me he preguntado cuando he perdido la chispa que me distinguía, la que me permitía perderme y volver a encontrarme. Sobre la que siempre podía contar.

Mi coloreada versión se ha disipado, como los chorros de agua engullidos por el desagüe de la bañera, a cambio del producto que más encaja con la demanda del mercado.

Lo que tú ves como una copa de vino, para mi es una invitación, un tete-a-tete entre dos cascarrabias intencionadas a domesticarse, sin posibilidad. La forma más banal de decirle a mi “ser” vuelve a casa, aunque sea durante un rato.

Lo que tú ves como una copa de vino, para mi es la más básica compensación por derecho, la manera de frenar la inercia que empuja durante horas y una digna despedida del día.

Minimizar los gestos o simplificar las cosas es una cobardía que no puedo permitirme, significaría negar definitivamente lo que defiendo en mi interior.

Lo que tú ves como una copa de vino, son miles de detalles capturados y atrapados en un espacio seguro, son el caos de emociones que no encuentran espacio.

A veces me siento un paisaje desbordante de emociones al que nadie puede acceder sin malentender. Entonces desconecto por un momento. De todo, de todos y me concentro en mi.

Lo que tú ves como una copa de vino, es una copa de vino. Tienes que fijarte en la persona que sostiene la copa, porque si te fijas bien, puede que la veas de verdad.


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1 febrero 2021

“Celos” entre hermanos

Desde algunos meses la dinámica en mi casa es la siguiente:

Hermano mayor molesta hermano pequeño, hermano pequeño grita y llora (de frustración).

Desde algunos días la sobre citada dinámica ha tenido una pequeña variante:

Hermano mayor molesta hermano pequeño, hermano pequeño ha aprendido a defenderse.

Como:

Grita + intenta pegar al hermano mayor + llora a propósito para que los padres se enfaden con el hermano mayor.

Consecuencia:
Padres hartos, sin paciencia y con los nervios a flor de piel. Los gritos son insoportables cuando se trata de un tiempo extendido y afectan directamente al sistema nervioso. El constante desafío con los hijos agota tremendamente hasta llegar al punto de dudar sobre mi habilidad como madre. Por no hablar de los remordimientos que me atenazan tras una bronca épica o un castigo, que además no considero buena opción pero peco de exasperación.

Hace unos días hice comenté ese tema en IG y recibí muchos mensajes de madres en la misma, idéntica situación.

Nuestros hij@s son personas estupendas individualmente, pero algo cambia cuando se juntan. Se activa un mecanismo ¿“defensivo/agresivo”? por parte de un herman@ (en la mayoría de los casos parece ser el mayor, aunque a veces es el más pequeño en manifestar ese malestar).

No he tenido la ocasión de hablar con un experto sobre el tema, pero como madre he estado observando y reflexionando sobre esta reciente situación.

Comenzando desde el principio.
El hermano mayor aceptó sumisamente y de buen humor la llegada del hermano pequeño. Nos pareció incluso demasiado maduro para su edad. Tenía tres años y medio. Me atrevería a decir que lo llevé peor yo. El nacimiento del segundo me provocó cierta carga emocional, no me sentía preparada para desapegarme del mayor y me sentía culpable por ello.
Con el tiempo encontramos un equilibrio familiar bastante llevadero, a pesar de la revolución que causa la llegada de un nuevo miembro. El hijo mayor sentía cierta responsabilidad sobre su hermano pequeño y a la vez le procuraba ternura. Una relación digna de NO ser mencionada por su lógica y espontaneidad.

Me avisaron
De que los “celos” pertenece a una edad más madura y que suele llegar más tarde, o sea cuando hay competencia.
Y yo cada vez que me ponían en alerta, pensaba: “Ojalá que nada cambie para nosotros”.

Estoy segura de que habrán excepciones (pocas), pero nosotros no somos una de ellas.
En cuanto el pequeño empezó a hablar haciendo gracias a todo el mundo, a coger cualquier cosas, a capturar la atención como niño en lugar que como bebé (catalogado por el hermano mayor como ser inocuo, parecido a una mascota), ahí es cuando surgió el cambio y en lugar que un hermano, el bebé se convirtió en un adversario. En todos los campos.

No le culpo,
entiendo completamente la posición del mayor. De repente el inofensivo muñeco se convierte en un ladrón de mimos, un destructor de juguetes, un cazador de atenciones. Se adueña pertenencias de otro sin pedir permiso y con el visto bueno de mamá y papá.

Aprender de repente que MIO, se convierte en NUESTRO, es difícil.
Tiene todo el derecho a oponerse y claro, lo hace con las herramientas que tiene a su disposición.
Por otro lado los padres aunque entendemos, hacemos de todo para que haya armonía y para que el pequeño no se sienta amenazado, siendo la parte en desventaja.
Se crea entonces un conflicto; el hermano mayor sufre de frustración y los padres le culpan de no ser generoso, de no saber compartir, de portarse mal con su hermano pequeño.

¿Nos equivocamos?
Aunque me resulta más cómodo culpabilizar a los mayores, no creo que sea un error de los padres. Al fin y al cabo lo que todos queremos es estar bien juntos y que los niños estén felices y se quieran.
Las intenciones de los adultos son buenas, mejores que las de los niños, sin embargo los medios son peores.
Los niños al no saber procesar la información como nosotros, actúan de forma inconsciente, con frialdad o maldad si es lo que sienten, no tienen un filtro por donde pasar las emociones y la manifiestan en su estado primitivo.
Por otro lado, los padres, intentamos proteger a través de métodos más directos y que pueden resultar bruscos. Queremos educar y lo hacemos según nuestro criterio.

Ignórales
Me aconsejaron no darle importancia. Algunas veces he probado esta táctica pero con escaso resultado:

Situación: El mayor chincha y el pequeño se defiende a gritos agudos, de los que te rebotan dentro del tórax aunque estés a metros de distancia. Siguen hasta que uno de los dos llora, casi siempre el pequeño. La pantomima se repite, una, dos, tres veces… si no irrumpo puede durar toda la tarde.
Intento mantener la calma e ignorarles, adopto una postura pacifica; respiro e intento borrar de mi mente la imagen de estar en un ring repartiendo bofetones.
Al día siguiente espero que haya funcionado, pero vuelve a pasar lo mismo y otra vez intento no hacerles caso. Resulta que es imposible, me vienen a buscar, mendicantes de publico, así que finalmente pierdo la calma, la paz, la consideración y me convierto en una versión demoniaca de Shrek.

Lógicamente me arrepiento.
(¿Cuantas veces al día nos arrepentimos las madres?)
Cuanta intensidad… es un peso bastante grande para cargar con ello y cuando no podemos más, inevitablemente sale la peor versión de mamá, licita, pero a nadie le gusta, ni a nosotras mismas.

Espejo reflejo
Valoro la sinceridad en todos sus aspectos, por lo tanto no escondo mis emociones a mis hijos, intento filtrar si hace falta, pero no me importa que me vean triste, enfadada o preocupada si así es como me siento. No quiero darles una información falsa, prefiero que conozcan y reconozcan los sentimientos y las emociones y que se sientan libres de sentirlas, sin avergonzarse. Quiero que nos conozcamos profundamente y que me vean como un lugar seguro, donde ser libres.

He estado dándole vueltas y hablando con otros padres y resulta que la mayoría lo ha pasado con sus hijos, o lo está pasando. Hemos comprobado que la dinámica es símil o idéntica y que desaparece con el paso de los años.

Por esta razón, tranquilizo a las madres que me han escrito manifestando la preocupación de que esta situación se mantenga en el tiempo. Los niños tienen su recorrido y no es fácil ni para ellos, aprender a vivir es un trabajo y conlleva a luchas interiores.
En base a este pensamiento, he decidido no dramatizar el tema y de hablar con ellos para hacerles más conscientes. Por otro lado creo que es importante evitar “hacer duplicados” y favorecer intereses distintos. Aunque es más cómodo “matar dos pajaros de un tiro” a veces premia el separar, evitar la competencia en cualquier aspecto y estar atentos a equilibrar nuestra relación con ellos, de manera que ninguno se sienta privilegiado o desfavorecido.

He notado que desde que soy más cariñosa con el mayor, se porta mejor. Es posible que sintiera carencia y que nunca me lo dijo, tuve esta sensación porque siendo el pequeño muy afectuoso, las efusiones convergían más hacia él. Me di cuenta yo misma, que con el pequeño tenía una actitud más protectora y amorosa y probablemente sin querer herí los sentimientos del mayor.

A pesar de que la situación es universal, cada niño tiene sus necesidades, observarles y escucharles es la mejor manera de entenderles.


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25 enero 2021

La maternidad me hace pensar en un cielo nocturno, infinito y rebosante de estrellas

La maternidad me hace pensar en un cielo nocturno, infinito y rebosante de estrellas. Cada una de ellas representa un momento definitivo y relevante, a veces positivo, otras veces más sufrido. Pues la maternidad no es idílica, como no lo es ninguna relación, ni el amor. Aun así es bella tal y como es ese mantel salpicado de purpurina que nos envuelve por la noche.

Las madres vivimos en un constante vaivén de emociones que contrastan, ganas y rechazo, alegría y rabia, plenitud y frustración…. Somos una tribu con un propio lenguaje y que comparte ese extraño mundo fuera del tiempo, demasiado rápido y tremendamente lento a la vez.

Un tren que se precipita en el carril mientras en su interior impera el sosiego.

En este limbo agridulce estoy criando a mis criaturas, de puntillas y con todo el amor posible, consciente de mis limites y con expectativas terrenales.
La crianza es pura improvisación, un ejercicio sobre la marcha sin patrón absoluto ni margen de planificación. Es necesario salir de una imagen especifica, si la tenemos, y vivir según el instinto y lo que se nos presenta delante.

Es un acto altruista y generoso.

Sin embargo puede que algunas veces confundamos nuestras propias necesidades con las de nuestros hijos o pretendamos saber lo que es mejor para ellos.
Sin preguntárselo.
Sin escucharles cuando a su manera intentan demostrarlo.

Los hijos constituyen un puente entre el pasado y el futuro, se parecen a los sueños que silenciosamente juegan con el mundo invisible de adentro. Son pescadores de los que llamo “demonios interiores”, capaces de atraparlos uno a uno en un cubo de plástico amarillo. Y lo hacen presionándote.
Sin querer.
Sin saber.
Sin intenciones.
Con la misma delicadeza, que acompaña sus dóciles rasgos y la ingenuidad vivida del inconsciencia.

La maternidad es una gran oportunidad para renacer. Trazar una línea de comienzo, más consciente y menos pretenciosa y emprender un camino junto a nuestros hijos.

A ratos corriendo, a ratos agarrados de las manos, de vez en cuando parándose para descansar, cogiendo flores, resbalando, corriendo otra vez, caminando distanciados, sujetándose….

Observar

Escuchar

Sentir

Respetar

Perdonar

Y dejar que cada uno sea únicamente lo que quiera ser.


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18 enero 2021

Nueva semana.

Viernes.
La luz del móvil se enciende y apaga con una frecuencia que no supera los cinco segundos. Los he contado, ya que el móvil yace a mi lado y lo veo de reojo mientras intento concentrarme en escribir este post.
Son notificaciones de los chats del colegio, tengo una por cada hijo, o sea dos y ambos están a tope con el tema del cierre a causa de Filomena. Nos acabamos de enterar que se ha vuelto a posponer el regreso al colegio y en lugar que el lunes, se habla del miércoles.

El más rápido ha enviado el articulo del periódico diseminando el pánico y produciendo una ráfaga de mensajes incrédulos. Los primeros son comentarios varios sobre el tema, principalmente discrepancias y decepciones, la mayoría exponemos una opinión que no servirá de nada considerando que los hechos … hechos son. Algunos se proponen para ir personalmente a quitar la nieve. El tono del chat empieza a cambiar y poco a poco sale la verdad verdadera, que todos compartimos pero que nadie quiere ser el primero en admitirlo.

Llevamos un mes con los niños en casa y estamos a punto de colapsar, la paciencia se está agotando, las baterías se gastan más rápido que la de un I phone 7, probablemente hemos alcanzado la redención de nuestros pecados.

Yo ya no me dirijo a mis hijos sin gritar…
Yo me invento los castigos para que se queden unos minutos en sus habitaciones …
Y los memes, los gif, las emoticons empiezan a traficar entre los mensajes.

La noticia está confirmada y todos los propósitos se rompen en pedazos: empezar la rutina de deporte, las pequeñas obras en casa (desde que pasamos mucho tiempo en casa, nos ha dado para los cambios), el café con una amiga, que se ha convertido en el máximo evento, la compra histórica de la semana y sobre todo, más que cualquier cosa: el silencio.

Lunes
Llevo menos de dos horas despierta y necesito urgentemente el segundo café. Los niños se han peleado mientras sacaba la ropa del tendedero y me preparaba el primero. El salón se ha convertido en una gymkana que con destreza y el desayuno en las manos sobrepaso para llegar a la mesa, la cual está llena de piezas multicolores de lego que se convertirán en un algo-transformer dentro de poco, posiblemente al terminar el desayuno.
De vez en cuando me asusto por un grito de Orlando, grita mucho, demasiado para todos (me disculpo con los vecinos).
Mis hijos son independientes y tranquilos si están separados, sin embargo cuando están juntos, el mayor no para de molestar al pequeño y el pequeño no para de llorar. Esta es la principal razón por la que estoy deseando que vuelvan al colegio, para que puedan tener experiencias independientes y para que pueda yo descansar de esta “tortura”.
Me gustaría dedicar uno de los próximos post a este tema, el celo entre hermanos, pues en mi casa es ahora mismo lo más complicado de gestionar que tenemos.

Aprovecho para enseñaros un look en rojo y desearos una feliz semana.

Abrigo y pantalón de Longchamp. Zapatos de Prada (pero de hace unos años). Boslo de Longchamp.


Fotos de @romerodeluque


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15 enero 2021

Un nuevo día

Una señora rubia me persiguió anoche. Recuerdo perfectamente como la raya del cabello se repartía sobre su cabeza, pero no recuerdo en absoluto la razón de la persecución.
Estaba tremendamente asustada, escapar de alguien es muy agotador, también en sueños. Me desperté sudada, con la mandíbula cansada de apretar y perturbada. Aproveché para dar un vistazo a los niños.

De vuelta a la cama, intenté focalizar imágenes de otro tipo para olvidar a la mujer que todavía estaba muy presente en mi torpeza nocturna.

Llevo meses de pesadillas continuas y no es agradable, a pesar de que estoy acostumbrada ya que mis sueños suelen ser aterradores o sexuales desde que tengo memoria. Esta costumbre conlleva cierta pereza a la hora de levantarme, así que duermo hasta que mis hijos me despiertan, entre las ocho y cuarto y las ocho y media. Aparecen delante de mi cama con una impaciente urgencia de bajar al salón. A veces intento convencerles de que es pronto, pero la luz que entra desde la ventana, con las persianas rigurosamente levantadas, no les engaña:

“¡Mamá hay luz!”
¡¿Te has levantado sabiondo eh?

Orlando pide que le coja en brazos, bajamos al salón y yo vuelvo a subir para abrir las ventanas.
Ventilar es como el desayuno, no puede esperar, si no ventilo a los diez minutos de levantarme podría estar pensando en ello toda la mañana sin poder concentrarme. Necesito que entre aire nuevo y que salga el viejo; “un ritual de reencarnación de aire”.
A continuación hago las camas y estoy lista para mi mayor placer de la mañana: el café…. Que tomo rigurosamente de pie, la mayoría de las veces entre la cocina y el salón, mientras guardo la ropa del tendedero o saco los platos del lavavajillas. Estoy acostumbrada y no me molesta.
El desayuno es un acto dinámico para mi, sirvo a los demás mientras devoro al mío.

En mi casa yo sirvo, a parte servir para muchas cosas, también sirvo desayunos, almuerzos y cenas, meriendas y aperitivos…. Todo lo que va en platos o vasos digamos. Somos de estas familias anticuadas que me estoy empeñando en cambiar. Este hecho me ha convertido en una pesada, algo mandona y un poco desquiciada. Lo normal cuando quieres imponerte o cambiar las cosas.

Vivir con tres chicos es como volver a la universidad, me recuerda a cuando iba a casa de algunos compañeros para trabajar en los proyectos y no sabía donde sentarme para no coger enfermedades. Nunca pedía algo, ni siquiera un vaso de agua, por miedo.

Mi voluntad junto a mis manías obsesivas me producen cierto nivel de desgaste emotivo durante el día. Me acusan de ser demasiado maniática y no lo niego, me gusta que los productos en la estantería del baño tengan un criterio, lo mismo para los cajones y las estanterías. Pongo bolsita de lavanda donde está la ropa interior. Puedo justificarlo… También me gustan los nombres largos y algunos sabores de helado más que otros…. Son gustos y personalidad.

Y además soy el producto de mi madre:
Ese cambio se produce de manera inconsciente hasta que un día, ella habla a través de ti. La maternidad nos une y finalmente comprendes la frustración de una madre cuyas nalgas acaban mojadas cada vez que se sentaba en el wáter de su casa.

(Y a mi siempre me ha dado grima sentarme en un asiento calentado por el culo precedente al mío, bendita inocencia).

Miramos por la ventana la nieve derretirse sin prisa, las calles secundarias están todavía en estado salvaje y la mayoría de los servicios…. fuera de servicio, Filomena ha sido “apocalíptica”, para estar en línea con la moda 2020-21 y no decepcionar a los medios.
Empieza un día nuevo, sin colegio, sin silencio, sin derecho a hacer cosas que no sea dedicarse a ellos, ausente de ti misma.

Y aun así mañana se que lo veré con nostalgia.


Fotos de @romerodeluquefoto
Vestido de Longchamp.


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11 enero 2021

Filomena

Una bola de nieve cuanto más la alisas con las manos, más dura y helada se pone.

Hace muchos años, cada uno en su posición de ataque, convertíamos los copos relucientes de nieve en armas y las disparábamos, con toda la precisión concebida para cierta edad, contra la ventana de una vecina elegida sin intención previa.

¡Boomm!

Ella salía al balcón maldiciendo, mientras nosotros, camuflados como podíamos en la terraza de casa que parecía una jungla urbana, nos partíamos de la risa. Escondidos detrás de las plantas cubiertas con los plásticos para el frío, nos mirábamos con las lagrimas y el cuerpo convulso por la risa.

Mi hermano, que es el mayor, era el que tenía las ideas traviesas y nosotras fieles discípulas, le seguíamos sin titubear.

“Cuéntame otra mamá”. Me pide Leonardo antes de dormir.
“Mañana te cuento más, ahora duerme”.

Tengo muchas anécdotas con mis hermanos. Mi relación con ellos es de tal compañerismo y afecto que a parte ser hermanos, somos mejores amigos.

La nieve en mi casa nativa no es un hecho extraordinario, porque en el norte de Italia suele nevar en invierno aunque cada vez con menos frecuencia. Sin embargo despierta en todos nosotros el espíritu del “niño asombrado”, el que quiere reír, jugar y quedarse mirando el mundo alrededor como algo nuevo.
La nieve nos hechiza desde siempre. Somos sujetos fuertemente impresionables con la naturaleza y especialmente con lo que proviene del cielo.

“Acostúmbrales a mirar hacia arriba”. Mi padre me lo repite cada vez que hablamos, refiriéndose a sus nietos. Un doble sentido que pega con los míos. Mi familia y yo encajamos también en la elección de las palabras.

En la nieve hemos compartido momentos familiares realmente especiales. Recuerdo las cuatro justificaciones que mi madre rellenaba y firmaba para el colegio cuando mis padres nos llevaban a la montaña. Eras los únicos días que ellos tenían de vacaciones y no coincidían con las del colegio. Así que mis hermanos y yo regresábamos a clase una semana más tarde, satisfechos y morenos.
Y una vez yo volví casi con un ojo de menos por un accidente en trineo con mi hermana.
Ese día mi instinto generoso me avisó y por ello acordé con mi hermana una estrategia de emergencia antes de tirarnos. Estrategia a la que obviamente ella no hizo caso, así que tal como había visualizado en mi premonición, acabé contra un palo de madera, probablemente el único.
Fue la primera vez que vi a la nieve teñirse de rojo y la primera en que vi la cara de susto de mi padre mientras corría a toda prisa hacia mi. Una escena que si la pienso ahora me hace pensar en una película Western, no sé por qué… La sangre, mi padre que parecía un cowboy (aunque sin caballo) bajando con desenvoltura, pero de lado, la cuesta debajo de la montaña….
En cuanto a mí, era una niña pacifica en aquel periodo y no me enfadé con mi hermana. Además porque mis padres me compraron unas gafas de sol que quería .
Eran necesarias para cubrir el bulto morado que había ocupado el lugar de mi ojo derecho.

A parte de ser pacifica, era tímida y con buen gusto. Elegí el modelo Wayfarer de Rayban, pero con las lentes espejadas y de una atrevida mezcla de colores fluorescentes. Claramente fueron un exitazo entre mis compañeros, los profesores me permitían excepcionalmente tenerlas durante las clases y yo me sentía un ídolo.

Cuando empezó a nevar en el norte de Italia, durante las vacaciones, sentí aun más la nostalgia por no poder estar ahí con mi familia. Miraba las fotos de mis calles embancadas pensando cuanto lo hubiésemos disfrutado…

Quiero creer que cierta Filomena se conmovió con mis pensamientos y quiso hacerme un regalo especial.
En dos días vi al paisaje cambiar completamente. Subí a la terraza de mi casa y entré en un cuento. El espíritu del “niño asombrado” me visitó con una gloria tan ingenua que durante dos días olvidé el resto.

Hoy cuando he salido a la calle, parte de la nieve se habían convertido en hielo, las calles estaban casi desiertas, algunos caminaban con torpeza, mis hijos corrían, yo miraba las ramas caídas y pensaba: “¿Que nos espera ahora?”.


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5 enero 2021

Tenerife otra vez

Hace unos días una chica me preguntó por qué iba tanto a Tenerife, le expliqué que José es de Santa Cruz y por ello vamos mucho.
Esta vez, las restricciones y el clima no nos han permitido hacer mucho, pero nos hemos podido escapar dos días al Teide. Era mi espinita, pues todavía no había estado, a pesar que frecuento la isla desde hace años.
Ha merecido la pena, es un paisaje impresionante.
Mi consejo para los que deciden viajar a Tenerife es visitar el norte, la mayoría de los turistas se van al sur porque hace mejor tiempo. Cierto. En mi opinión, pero, el sur es menos especial ,los hoteles son los típicos hoteles turísticos y la playa no es ninguna belleza comparada con las del norte, salvajes y de arena negra. Lo que si quiero hacer en el sur es ir con un barco a ver cetáceos.

Os dejo algunas fotos del viaje a Tenerife y os deseo felices reyes.


Playa de las Gaviotas. Está a 15 min aproximadamente de Santa Cruz. No es grande y de arena negra.


Teide.


Hay diferentes senderos que se pueden hacer caminando, según gustos y tiempo. Se puede subir y bajar hasta la cima a través del teleférico o caminando. Nosotros no hemos subido, José notaba la altitud y preferimos hacer otros caminos.
Dormimos en el parador, en mi opinión no merece la pena en relación calidad/precio, mejor es hacer una excursión y quedarse solo para comer.


Leonardo no ha dejado de pintar durante las vacaciones 🙂


Pasta al forno con bechamel.


Parmigiana. PROMETO QUE OS PASO RECETA.


Playa de Almáciga.
Hay tres playas a pocos km de distancia, Taganana, Almáciga y Benijo, de momento mis preferidas de la isla. De arena negra y con olas… entre grandes y enormes.

 


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31 diciembre 2020

31-12-2020

Al toque de la medianoche, disfrazados como si fuera un carnaval de lo más atípico, brindamos por el año que empezaba. Acogíamos al 2020 felices e inconscientes de lo que nos iba tocar vivir.

31-12-2020
Es el último día de un año que la mayoría de nosotros quiere superar, un año que ha golpeado la colectividad pero no nos ha unido. Un año que ha herido, asombrado y que nos ha demostrado la impotencia humana ante misterios más grandes. Un año que se ha llevado vidas y que ha traído otras.

Básicamente un año que ha ofrecido verdaderamente a todos, la oportunidad de darnos cuenta de qué va la vida.

Las restricciones y en parte las ganas más apagadas, no nos dejarán celebrar con la misma euforia. Llegamos a final de año estremecidos y hartos de las nuevas condiciones sociales. Inevitables y oportunas.
Sin embargo algunos ven en el año por venir una nueva oportunidad de rescate y la legitimidad de recuperar lo que se ha perdido. Empezar por donde se había interrumpido la calma, el pasado marzo.

Personalmente no sé qué esperarme, me encantaría acoger un año diferente y mejor, pero si soy sincera no tengo la mínima expectativa sobre el 2021. Solo deseo ser fuerte lo necesario para superar los obstáculos que vendrán por delante y muchas ocasiones para celebrar momentos felices.

Este año para mi ha sido difícil pero no el más duro que he vivido, sin embargo por primera vez he sido participe de un drama colectivo en lugar de personal, que por un lado me ha enseñado la fragilidad, por el otro la equidad y la empatía , dos valores que reputo fundamentales para el crecimiento.

Así que brindo por lo aprendido durante un año complicado y por un nuevo año más ignoto de lo que nunca imaginaría y que espero que sea feliz, próspero de oportunidades y lleno de salud.

Feliz año nuevo a todos.


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26 diciembre 2020

Siempre

La noche de Navidad para algunos nos recuerda a nuestras raíces, la niñez despreocupada y la audacia en creer que todo es posible.
Será por ello que seguimos anhelándola y celebrándola, pues es como volver a creer en la magia. También por ello será que nos ha entristecido más que a otros no poder pasar la navidad “como siempre”.

Puede que “siempre” sea un adverbio muy utilizado (en mi caso en exceso) para expresar una condición que confunde, porque cuanto más se avanza en la vida, más nos damos cuenta de que casi nada es para siempre.

No lo son los hábitos, ni las tradiciones, no lo son las sabanas que la mayoría de las madres siguen guardando en cajones cuando nos vamos de casa, aunque se acerquen tremendamente a la inmortalidad, ni si quiera es para siempre la sopa que cada viernes se presentaba hostil en mi plato, a pesar de todo.

No lo son los “te quiero” librados en el aire a centenares, los novios presentados en familia, la regla, los gustos, las mascotas que siempre estarán en nuestro corazón. No lo son los veranos ni los inviernos, hasta el cabello no es para siempre.

Pretender que algo sea “como o para siempre” es inútil además que un desgasto de energía.

Así que he puesto todas mis buenas intenciones para no ser dramática y aceptar de buen grado la lejanía de mi familia durante estas fiestas, porque este año nefasto nos pide a todos un esfuerzo, a algunos más grande que a otros.
Soy parte de los privilegiados, con salud y huésped de una isla donde nunca hay invierno (aunque mucha calima estos días), tengo a mis hijos conmigo y puedo ver a través de sus ojos la descarada libertad con la que se sorprenden y ríen y creen y viven….
Es maravilloso poder contar con todo esto, es para agradecer profundamente y rezar fuertemente para que sea para siempre. Solamente esto. Que sea para siempre.

Mientras la pantalla marcaba Facetime, me he esforzado de verdad,
pero cuando ha aparecido mi mamá se me ha deformado la cara con la expresión “para abajo” que precede a las lágrimas y he llorado. Me han contado que había pasado lo mismo con el resto de la familia. Me he sentido bien, cerca de ellos, unidos una vez más a pesar de los kilómetros de distancia.

Si eres capaz de construir, con paciencia, empatía y con amor, puede que el adverbio “siempre” se escriba en tu vida con un “para” por delante.

Felices fiestas de corazón.


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